MÚSICA EN IMÁGENES DE 1933 A 1980

Entender la revolución que supuso para el ser humano poder ver imágenes surgidas de una máquina y estampadas sobre una lona es algo que aún sigue fascinando. Una sensación inquietante comparable a la que produce tomar un avión, charlar por teléfono o la ingenua contemplación de una cerilla llameante.

El descubrimiento que hizo posible la magia cinematográfica se lo debemos a los hermanos Lumière. El cinematógrafo. Concebido para asombro del mundo en 1895. Desde entonces, solo la imaginación supuso un límite, un obstáculo que el propio ingenio acabaría eliminando.

Desde el raquítico cine mudo en blanco y negro, hasta la tridimensional exuberancia multicolor de nuestros días, se ha contado la historia del mundo y del Universo, del ser humano y no humano, de los sentimientos y las emociones. Las imágenes se abrieron a las palabras y éstas a la música.

Los sellos discográficos y los estudios de cine se saludaron cariñosamente a principios del siglo XX y el paso de los años los hizo inseparables, no solo por sus urgencias económicas, sino también por la necesidad de un profundo testimonio humano que ha requerido de la difícil comprensión del público.

La indolencia de los primeros consumidores terminó convirtiéndose en éxtasis. El talento, esa aptitud resbaladiza que debe al capricho su naturaleza, tuvo la culpa. Las destrezas de un puñado de músicos y cineastas dispuestos a cualquier cosa por expresar sus vivencias hicieron de estos artes un sueño hecho realidad.

La simbiosis entre el cine y la música llegó por primera vez en 1933, y el honor de tan fabuloso enlace lo tuvo un enorme gorila que secuestraba chicas guapas para subirlas a enormes rascacielos en el nombre del amor. ¿No es acaso eso lo que haríamos todos? King Kong, de Max Steiner, fue la primera película que aportó una composición musical completamente adaptada a las vivencias acaecidas en un largometraje. Desde entonces, los dos artes, se han entendido tan bien que ya nos es impensable ver una película sin su característico enfoque musical, y si no que levante la mano aquel que sea capaz de no silbar a B.J. Thomas en un día de lluvia.

LOS PRIMEROS AÑOS.

Las primeras dos décadas del siglo XX vieron nacer la industria del cine y la música. Los grandes estudios emergentes: Paramount, Warner Brothers, Metro Goldwyn-Mayer, Columbia, 20th Century Fox o RKO, se formaron junto a Polydor, Sony, Warner, Motown o Universal Music. Siendo ésta última la que se llevara el gato al agua construyendo los míticos Universal Studios en Hollywood. La legendaria meca de los sueños.

Cuatro producciones clavaron la bandera en todo lo alto de aquella colina del entretenimiento: Quo Vadis, El Gabinete del Doctor Caligari, El Golem yNosferatu. Fueron mención aparte las películas de Charles Chaplin, quien daría un sentido al drama humorístico con películas como El ChicoTiempos Modernos El Gran Dictador. Todo un alarde de genialidad y “savoir faire“.

Los veinte primeros años del cine fueron tiempos de enormidad sin banda sonora, tan solo ramplones artificios y sintonías de fondo que esperaban mejoras técnicas con las que relacionarse como era debido. El frustrante deseo de un niño que quiere ser mayor.

La década de los ´30 comenzó con Las Luces de la Ciudad. Charles Chaplin se hacía eterno, esperando a que un joven Alfred Hitchcock cerrara la década prodigiosa con Alarma en la Ciudad. Un tiempo de aprendizaje tan estimulante como el de aprender a andar.

Llegaron los años ´40, y con ellos la era dorada de los grandes cineastas. Se abría una veda a la inspiración y apreció Walt Disney con su varita mágica. El verdadero impulsor de las bandas sonoras y el genio inventor del divertimento nació en Chicago, y su obra es tan universal que debiera ser lo primero que todo ser humano experimentara en la infancia. Tan es así, que su cabeza aún permanece criogenizada a la espera de un futuro a su altura.

Pronto hará 73 años de una de las frases más míticas de la historia del cine: “play it once“, ronroneaba una abatida Ingrid Bergman a Sam, el pianista de la Casablanca de Michael Curtiz. Tres palabras que resumían el amor, la nostalgia y la frustración de una década marcada por la agonía de la Segunda Guerra Mundial. La entraña de la escena, unido a la romántica música de Herman Hupfend (“As Times Goes By”) explicaría la absurdez de aquella guerra (si hay alguna guerra que no sea absurda)

El efecto de una buena música que acompañara momentos emocionales explotó en la imaginación de los nuevos cineastas y compositores. La nueva fiebre del oro artístico atrajo a productores, guionistas, compositores, directores y actores al nuevo Oeste del arte. Un mundo que estaba lleno de posibilidades, dinero y, sin lugar a dudas, gloria. Pronto llegarían los años ´50 y con ellos el resultado de aquella minería creativa. Las superproduccioneshollywoodienses se mezclarían con la recién descubierta necesidad de evasión fácil. La esperanzadora contestación a una realidad cruda que tenía como escenario una Guerra Fría, la amenaza atómica y los fascismos.

El mundo de la música necesitaba adaptarse a las emociones que el cine había descubierto al público. Ya no valían viejas orquestas o deprimentes tonadas de piano. Se requería algo muy nuevo, algo que estuviera a la altura de aquella insolente apuesta y, de nuevo, la clave la tuvieron tres palabras: “rock and roll”.

Se vivieron tiempos en los que la relación entre el cine y la música fue tan necesaria, que el resultado fueron las enormes comedias musicales del momento. El signo de aquellos tiempos llevado a la gran pantalla con: Siete Novias para Siete HermanosUn Americano en Paris y Cantando Bajo la Lluvia. Todas ellas con un denominador común en lo musical: el silbido. El recurso musical más usado en la época y narcotizante natural más efectivo.

Tras Singing In The Rain, muy pocas personas pueden decir no reconocer los sonidos emitidos en películas como: La Muerte tenía un Precio (Sergio Leone) El Puente Sobre El Río Kwai (David Lean) Heigh Ho (Blancanieves y los Siete EnanitosAlways Look At The Bright Side of Life en la Vida de Brian (Monty Piton) o la más reciente y pimpante, Twisted Nerve, de Kill Hill (Tarantino)

Tras descubrir las excelencias de lo cotidiano se hizo necesario prestar más atención al público intelectual: el teatro. Siempre acompañado por su caprichoso amante: Broadway. Cine y teatro nunca tuvieron una buena relación y tras años de fallidos intentos llegó el inminente divorcio. El convenio favoreció al teatro, quien obtuvo su presencia en el negocio con lo que hoy llamamos “series de televisión”. La verdadera recreación actual de las mentes nobles.

Los gloriosos años ´40 comenzaron con Ciudadano Kane (Orson Welles) y los ´50 se estrenaron con Carta de una Desconocida (Max Ophüls) Las pasiones y el retrato descarnado del ser humano fueron una obsesión en esta década. Algo comprensible dado el contexto deshumanizante de la época. Guerras, miedo y encorsetamiento.  El caldo perfecto para estrenar una nueva era.

LA DÉCADA DE LOS ´50.

Ben Hur. La película de William Wyler con música de Miklós Rózsa, se consagró como primera banda sonora al uso. La emoción volvió a apoderarse de los espectadores, y aun habría más: Candilejas de Charles Chaplin, quien además de actuar, compuso sus propias bandas sonoras. El genio imperecedero que inventó la autodidaxia.

El esplendor ya había llegado para quedarse, y los bolsillos de los artistas se llenaron a la misma velocidad que lo hicieron las salas de cine. Aquella época dejó tesoros como Vértigo, de Alfred Hitchcock, musicada por Bernard Herrmann o Los Diez Mandamientos, dirigida por Cecil B. DeMille y compuesta por Elmer Bernstein, pero lo más sobresaliente fue el WesternRío Grande o Solo Ante el Peligro, ambas lanzaderas de figuras como John Ford, Gary Cooper o John Wayne.

Las urgencias provocadas por el nuevo cine desembocaron en una ululante necesidad de evasión y el público se volvió exigente. Eran necesarias nuevas formas de rebeldía que permitieran sortear la cotidianidad durante un par de buenas horas y la respuesta no se hizo esperar. Fred W. Wilcox estrenó El Planeta Prohibido en 1956. Una cinta que consiguió inflamar la imaginación de millones de personas ávidas de fantasía. Por fin había llegado la ciencia ficción. La respuesta insolente a millones de preguntas que nadie podía responder. Un tipo de imaginería que el director Jack Arnold replicó en El Increíble Hombre Menguante. ¿Era mejor el remedio que la enfermedad? Desde luego, a día de hoy la respuesta es un rotundo. Sí.

Aún era pronto para salir del planeta en busca de explicaciones y, tanto Billy Wilder con El Crepúsculo de los Dioses, como Alfred Hitchcock, con Con la Muerte en los Talones, ofrecieron el fidedigno retrato de la realidad psicológica del momento. Complejos, angustia y evasión contenida marcaron la década de los ´50.

LOS AÑOS ´60 Y EL VERANO DEL TERROR.

En este contexto comenzaron los años ´60. Un clima de agitación social que tuvo su apoyo en el arte, que sería usado a modo de cepillo para sacudir la caspa acumulada de las dos épocas anteriores.

Las descolonizaciones y, de nuevo, el clima bélico representado ahora por la Guerra de Vietnam, hicieron resurgir a un viejo amigo: el “rock and roll“. Ahora, por fin, convertido en un movimiento de masas. La “Beatlemanía” y la lucha por los derechos civiles marcaron diez años de un cine heredero del esplendor de los ´50 pero totalmente conmocionado por el horror del pasado.

No fue de extrañar que la película que estrenara la década en 1960 fuera precisamente Psicosis. Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann se convirtieron en inefables referentes del nuevo terror psicológico. La inmortal escena en la que Anthony Perkins asesina a Janet Leigh a un ritmo de 5/4 supuso un shock del que aún no nos hemos recuperado del todo.

Los enormes compositores de la década anterior aún vivieron días de vino y rosas: Rey de Reyes, de Miklós Rózsa o La Gran Evasión, de Elmer Bernstein, fueron vivos ejemplos. No obstante, fueron los nuevos compositores y directores los que iban a poner todo este mundo patas arriba.

El cine deseaba madurez y los avances tecnológicos hicieron el milagro posible. De nuevo la ciencia ficción pedía paso, y el estreno de El Pueblo de los Malditos, en 1960, dio el ansiado respiro. La imaginación se impuso durante la segunda mitad de la década y el espectáculo lo sirvió Stanley Kubrick con su 2001: Una Odisea en el Espacio. Una película que incluyó como banda sonora una pieza clásica: Así Habló Zaratrustra de Richard Strauss. La afección de estas músicas a escenarios o acciones cinematográficas se volvió ineludible y, pese a que el maestro Leonard Bernstein se esforzó enormemente en separarlas con teoría musical, la realidad se ha acabado imponiendo, haciendo imposible, por ejemplo, no pensar en el Salvaje Oeste mientras suenaWilliam Tell de Gioacchino Rossini.

No tardó en colarse en la vorágine reinante un nuevo subgénero: La Serie B. Huérfana de recursos y considerada inferior por los directores ambiciosos pero también un nuevo zapato para tanto viejo pie. Estos directores “diferentes”, demostraron que, una vez más, el talento sería la espoleta que haría avanzar al enorme trasatlántico en que se había convertido el Séptimo Arte.

Algunos directores y músicos debieron aglutinar varias responsabilidades para afrontar las insolvencias económicas de la época. Una desventaja que, a su vez, agudizó el ingenio de los nuevos aspirantes al trono del celuloide. Un nuevo cine de minorías se fraguaba en el horizonte del entretenimiento y la respuesta fue la ciencia-ficción. Alphaville, de Jean Luc Godard, Fareheit 451, de François Truffaut o El Planeta de los Simios de Franklin J. Schaffner, fueron el acertadísimo reflejo de un planeta esquizofrénico y lleno de manías que no se podía explicar de otro modo.

La música se impuso en el año 1966. La psicodelia, el blues, el jazz y el rock, irrumpieron en el primer mundo y no quedó más remedio que hacerles caso.Blow Up, la representativa película de Michelangelo Antonioni, incluyó un histriónico concierto de The Yardbirds en su metraje, además, de a un joven Herbie Hancock como compositor de su banda sonora. Los ´60 comenzaban a representar el bálsamo a décadas de imposiciones que exigían cambios.

La interesante receta que pondría a músicos de rock a amenizar películas comerciales comenzó ya en los años ´50. Elvis y Beatles cumplieron órdenes sin rechistar a cambio de fama y fortuna, pero la idea no era mala, y muchos músicos se interesaron en componer bandas sonoras para películas de corte más adaptado a la contracultura imperante. Una tendencia en la que la década se sumergiría completamente después de que, de nuevo, Antonioni, usara la pieza de la banda emergente Pink Floyd: Careful with that axe, Eugene, en la película Zebriskie Point.

La enorme apuesta que lo tradicional puso sobre la mesa para contestar al “hippismo” preponderante fue Sergio Leone. Un italiano encargado de resucitar al salvaje Oeste americano y un auténtico revolucionario de aquel género olvidado. La imprescindible trilogía compuesta por: La Muerte Tenía un Precio, Por un Puñado de Dólares y El Bueno el Feo y el Malo, le valieron la odiosa etiqueta de inventor del Spaghetti Western, pero a él, y a su eterno compositor, Ennio Morricone, les valió un puesto en la eternidad.

Los ´60 terminaron sumergidos en una vorágine de experimentación. Easy Rider, dirigida por Dennis Hopper, hablaría sobre de conducta de una sociedad resistente al cambio e incluiría como banda sonora un superlativo collage formado por: The Jimi Hendrix Experience, The Band, Byrds o Electric Prunes, catapultando uno de los iconos musicales contraculturales recordados: Born to be Wild, del grupo Steppenwolf.

El poderoso amor nacido entre el rock y el cine quedó reflejado en otra naciente etiqueta: “el documental musical”. Una mayúscula fiebre por reflejar los nacientes eventos sociales se imponía ante la realidad de millones de jóvenes hartos de etiquetas.

La revolución cultural que supuso el festival de Woodstock (celebrado del 15 al 17 de Agosto de 1969) terminó por dejar de manifiesto que el rock era un estilo capaz de mover, a un tiempo, tanto consciencias como bolsillos. Lamentablemente, el buen rollo no duró mucho y tan solo cuatro meses después tuvo lugar el diabólico festival de Altamont (California) El réquiem rockero de la era de Acuario. Los documentalistas David y Albert Maysles, registraron un show violento y antipático en el que un joven afroamericano acabó siendo asesinado a manos de un miembro de la seguridad del festival, encargada incomprensiblemente a los peligrosos Ángeles del Infierno. Los Rolling Stones interpretaban Under my Thumb mientras el asesinato de aquel chico se cometía a pocos metros del escenario. Tras el suceso, el propio Mick Jagger decidió dejar de interpretar su Sympathy for the Devil durante los siguientes 20 años. El motivo: los oscuros mensajes que esta canción imprimía en los subconscientes de sus fans más impresionables.

Pese a los esfuerzos del líder de los Rolling Stones, aquel bochornoso “Woodstock del Oeste“, terminó por dar carta de naturaleza a unos diabólicos años ´70.  Una década heredera de la agitación social que, a mayor abundamiento, comenzaron con el asesinato en blanco y negro perpetrado en Psicosis, y que terminarían con el apuñalamiento, ya en color, de aquel documental maldito llamado Gimme Shelter. No es de extrañar, por tanto, que los siguientes años tuvieran una especial predilección por la violencia.

Curiosamente, 1969 que también el año en que se estrenó El Cowboy de Medianoche, de John Schlesinger, cuya pieza central fue compuesta por el cantante folk Fred Neil. Un bucólico contrapunto al frenesí imperante, y una deliciosa tendencia que acabó premiando con un Óscar a Burt Bacharach por Raindrops Keep Falling On My Head. La canción imposible que nos viene a la cabeza en los días de lluvia y que hizo famosa a la película Butch Cassidy and the Sundance Kid.

LOS AÑOS ´70. ADIOS, CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS.

La sofisticada espiritualidad proveniente del “hippismo” quedó reducida a cenizas en 1970. Las glorias musicales de los años ´60 comenzaron a caer como moscas víctimas de sus abusos y la imagen de un maligno cruce de caminos (aquel terrible lugar donde los demonios campan a sus anchas) se convirtió en el decrépito escenario de la guerra y del odio. Una encrucijada que apuntaba a cuatro manidos puntos cardinales: La crisis del petróleo desencadenada por la guerra en Yom Kipur, los escándalos políticos unidos a la dictadura del dinero auspiciada por Wall Street, la insostenible degeneración medioambiental del planeta y el inicio del fundamentalismo islámico. Un cóctel que aún se sigue agitando.

En la mitad de aquel cruce de caminos había millones de personas queriendo evadirse de todas las agonías regurgitadas por aquel mejunje, y la razón por la que el cine se volvió más cercano, evitando, conscientemente, las ínfulas filosóficas sesenteras. Otro réquiem al pasado interpretado, esta vez, por Francis Lai en Love Story, y de nuevo un Óscar de la Academia. Adiós, camino de baldosas amarillas…

Durante este periodo se dirigieron y compusieron muchas de las más maravillosas películas, discos y bandas sonoras de todos los tiempos, y el bien avenido matrimonio entre la música y el cine ofreció diez años de fastuosa cornucopia creativa. Tiempos, pues, de necesario “panem et circenses”.

El cine bélico; de acción; de terror y la ciencia ficción, coparon las salas, y la acuciante falta de dinero agudizó enormemente el ingenio. Los nuevos artilugios musicales, como sintetizadores o mellotrones, sustituyeron a las prohibitivas orquestas reales, y los artistas no profesionales se impusieron a los viejos maestros. Como consecuencia de esto muchos artistas aprovecharon el tirón de los estrenos de cine para promocionar sus incipientes o maltrechas carreras; caso del ex Beatle Paul McCartney. Un artista global en horas bajas que revivió su presencia en los escenarios gracias a Live and Let Die (1973) Un single más pensado en Paul que en el Bond y un ejemplo de sublimación artística.

La violencia (el “leitmotiv” del ser humano) estaba en todas partes. Historias de barrios deprimidos, de pobreza, de delincuencia, de mafias, de venganzas y de muerte, fueron el delirio del público. Un panorama que, naturalmente, también afectó a la música. El rock se endureció hasta convertirse en una hipérbole tañida. Lo prohibido tentó a los artistas, y ya se hablaba abiertamente de satanismo, homosexualidad, crimen o xenofobia. La sociedad se había vuelto peligrosa y los cineastas pensaron que sería una buena oportunidad para llevar el caos imperante a la gran pantalla: Harry el Sucio (Don Siegel) El Padrino, (Coopola) Deliverance (Boorman) Taxi Driver (Scorsesse) La Naranja Mecánica (Kubrick) Malas Calles (Scorsesse) o Alguien Voló sobre el Nido del Cuco (Forman) fueron películas consistentes que ofrecían retazos de una sociedad esquizofrénica y despreciable. De todas ellas, una de las más aclamadas fue El Padrino, cuya sublime cabecera: The Waltz (Nino Rota) pasó a la historia como la sintonía mafiosa por antonomasia.

En la misma línea agresiva discurriría La Naranja Mecánica. Otra película que continuó el interés por revisión de sinfonías clásicas, en su caso, la 9ª de Beethoven; refrita con un enorme ingenio pop que, sin embargo, el tiempo ha arrojado al cajón de los errores. No cabe duda de que éste método modernizó muchas piezas clásicas trayéndolas, de los pelos, a la actualidad, pero también dio pábulo a un buen puñado de inmisericordes oportunistas. Fue el caso de Luis Cobos, al que yo mismo defino como: el anticristo del “kitsch“.

Bombazos como Apocalypse Now (Coppola) y la vibrante Cabalgata de las Valkirias (Wagner) aportaron otro ejemplo de modernización de lo clásico, esta vez bien hecho. Una tendencia abrazada, a su vez, por el rock progresivo cuyo mayor exponente fueron Emerson, Lake and Palmer. El propio Keith Emerson musicó algunas de las mejores películas de Dario Argento en los años ´80, no sin antes introducir a Mussorgsky o Béla Bartók al público joven.

Kramer contra Kramer. La extraordinaria película de Robert Benton, redimió a Vivaldi y Barry Lyndon, del genial Stanley Kubrick, a Franz Schubert.

Aquellos excesos de solemnidad hallaron descanso en otra recuperación histórica clásica: el “rag time“. Un detalle a la gente de color que vería devuelta una de sus infinitas aportaciones a nuestro desarrollo como “musicum hominem” gracias al éxito alcanzado por la composición de Scout Joplin (1902) en elEl Golpe de George Roy Hill. Otra de esas pimpantes tonadas impresas en nuestro subconsciente colectivo.

Otra música privada, esta vez el tango, encontró acomodo estético en el género dramático. El Último Tango en París, de Bertolucci, y con Gato Babieri como compositor, puso a Sudamérica en los oídos de un público abierto a todo.

Dentro del cine urbano y policíaco emergió un curioso subgénero: La “Blaxploitation“. Largometrajes callejeros centrados en la comunidad afroamericana. Un colectivo cansado de recibir golpes que quiso, por fin, hacerse notar con su propio cine declamatorio. Un género revelador mucho más allá de lo propiamente estético.  Las películas más famosas fueron las dirigidas por Gordon Parks Jr.: Superfly, con un inspirado Curtis Mayfield como compositor, yShaft, cuya canción homónima es, seguramente, la más representativa de todo el movimiento. En 1973, Larry Cohen, estrenó Black Caesar y con él, y un sudoroso James Brown, se dio carpetazo a un género sorprendentemente reivindicativo.

Las excentricidades de la década no terminaron ahí, puesto que en la primera mitad de los ´70, Norman Jewison, estrenó una de las extravagancias más recordadas de todos los tiempos: Jesús Christ Superstar, siendo su aportación el cenit de todos los límites conocidos. Tras su estreno, e involuntariamente, Jewison abrió dos vías nuevas:

La primera: La que iluminó el universo de las óperas rock. Un efímero planeta poblado solo por Ken Russell que, sin saberlo, cambiaría las reglas del juego con la filmación de la ópera rock Tommy, basada en el álbum homónimo del grupo inglés The Who. Unos años después llagaría Quadrophenia, de la misma banda, evidenciando que música y cine pueden tener los mismos canales de expresión.

Otro singular director, Richard O´Brien, rodó la gamberra The Rocky Horror Picture Show, y el genial Brian De Palma, culminó la gesta con la excéntrica El Fantasma del Paraíso. La industria del “rock and roll” llevada al cine en un esperpéntico delirio de ingenuidad estudiada. La historia perfecta de un cuento infantil vivido por mayores.

La segunda vía abierta por Norman Jewison reavivó el espíritu olvidado de los años ´60. Un negro en el papel de Judas podía ser demasiado para muchos, pero muy poco para otros. Una locura que ponía de manifiesto las enormes tendencias xenófobas de la época. La mejor definición de lo que significa “poner el grito en el cielo”. Es muy posible que Jesús Christ Superstar supusiera el primer aval de un blanco a la lucha de los negros, incluso, es muy posible pensar que la “blaxploitation” fue, involuntariamente, cosa de Norman Jewison, pero, sea como fuere, nadie debería tener la titularidad exclusiva de nada sin el permiso de los demás.

La fuerte discriminación racial alcanzó límites tan insoportables que los únicos aliados que el colectivo negro podía tener se redujeron al cine y la música. Una sociedad dominada por los blancos que, afortunadamente, fue más democrática que cualquier institución política al uso y que sí ayudó a cambiar las cosas. Aún resuenan fuertes las proclamas desesperadas del músico Isaac Hayes, cuando en 1973 diría que: “Los negros, por fin, podían levantarse y ser hombres libres porque ya tienen entre ellos a un “Moisés Negro“.

Pese a que los tiempos estaban cambiando, el público requirió de sensaciones algo más prosaicas a las que poder agarrarse para calmar los vaivenes del día a día, y la Naturaleza, sabia y generosa, engendró a George Lucas, Steven Spielberg y John Williams. Los verdaderos revolucionarios del entretenimiento masivo. Los magos del escapismo.

El cine de terror alcanzaría el cenit con Tiburón. Una escalofriante película cuya poderosa banda sonora (de John Williams) pasaría al subconsciente colectivo de toda la Humanidad. El mismo olfato demostraría William Friedkin, dirigiendo El Exorcista, y Mike Oldfield componiendo el inquietante piano que se usó como gancho y que extrajo de su amortizado Tubular Bells. Oldfield pasaría a ser una de las figuras musicales referenciales de los años ´70, revelando años más tarde que jamás le gustó la idea de colaborar en la película de Friedkin: “Odié poner música a aquella comedia“. Diría con soberbia una vez estrenada.

El género fantástico se perfeccionó con La Profecía en 1976, dando por primera vez en la historia contenido satánico a una partitura comercial con Satanis(inversión del Corpus Cristi en latín) y que recibiría un Oscar a la mejor banda sonora del año. La era del demonio premiaba al fin a su sumum pontífices, y su compositor, Jerry Goldsmith, no había hecho más que empezar. Le esperaban aún las famosas composiciones de Star TrekAlienPoltergeist oGremlins. La ciencia ficción coparía las taquillas gracias a Star Wars o Superman, y las laberínticas partituras de John Williams traerían la renovación absoluta de un estilo que se acomodó en la mejor butaca de la industria cinematográfica. Un entretenimiento de lujo y para todos los públicos.

La década de los ´70 comenzó con la mundana estética “pop” de La Naranja Mecánica y terminó en el espacio, a miles de kilómetros de la Tierra, dentro de la Nostromo. La mítica nave de carga espacial que albergó a siete tripulantes y un incómodo octavo pasajero que terminaría convirtiendo a Ellen Ripley (Sigourney Weaver) en una heroína imperecedera.

Fue precisamente en este momento cuando la última sorpresa sobrevendría a todos; la llamada “Serie B” renació de sus cenizas, y con ella los relatos “lovecraftnianos” sobre la locura, los seres sobrenaturales, las puertas interdimensionales y las posesiones infernales. El infamando volvía a atenazar a nuestra especie y los héroes de andar por casa serían el pan y la leche de millones de espectadores que, con vehemencia, forraron cada rincón de sus cuartos con cada nuevo estreno del género.

John Carpenter (el príncipe del terror) dirigió en 1978 La Noche de Halloween y con un exiguo presupuesto fue capaz de recaudar cantidades ingentes de dinero, todo gracias al gancho más primitivo conocido: el miedo. Él mismo elaboró sus propias bandas sonoras, poniéndose a la altura de los compositores más notables, y realizó clásicos del cine “slasher” y “gore” imprescindibles.

LO QUE NADIE SE ESPERABA.

Pronto llegaron los años ´80. Años de fabulosos estrenos (al igual los ´90 los 2000) Nuevas técnicas, nuevos medios y miles de relatos que contar a una gente que, ingenuamente, creía haberlo visto todo. El ingenio, y un sin fin de avances mantuvieron a los espectadores pegados a sus butacas hasta que el mismo remedio provocó también la enfermedad.

Los avances tecnológicos terminaron por romper con las viejas costumbres adquiridas cincuenta años atrás y los usuarios del entretenimiento ansiaron adaptar las industrias audiovisuales a sus nuevas necesidades personales. El mercado no dudó en ofrecer la cabeza de los autores y los avanzados formatos de reproducción de música y video hicieron el resto. La ambición, el dinero y las incontrolables urgencias de los consumidores, obligaron a satisfacer demandas inasumibles de contenidos, obteniendo como resultado que la calidad musical y cinematográfica se acabara resintiendo.

La globalización, unida a la insidiosa competencia que ofrecían las telecomunicaciones, los videojuegos o las redes sociales, facilitaron un espectacular choque cultural que no dio tiempo a predecir correctamente. Ni la industria, ni las leyes, ni los consumidores ni tampoco los artistas, estuvieron preparados para deglutir tantos excesos, y el resultado aún pende de un hilo (algo que en microeconomía se conoce como “la curva de la indiferencia” El superávit y la extrema accesibilidad han provocado un natural desinterés hacia lo artístico. Un panorama de desorden que nadie es capaz de administrar con la coherencia suficiente.

La tradicional lucha entre lo viejo y lo nuevo, otrora ejemplo de equilibrada coexistencia, es hoy un devenir de confusión y futilidad para el que, simplemente, no estábamos preparados. El progreso y el inmovilismo vuelven a ser, hoy, la viva historia de un Mundo que Galileo ya definió en 1616 con tres simples  palabras: “eppur si muove“…y, sin embargo, se mueve.