KEVIN AYERS –LA MALDICIÓN CON FINAL FELIZ-

Durante los últimos años ´60 y la primera mitad de los ´70 tuvo lugar la eclosión de un movimiento musical insólito en Inglaterra, un estilo basado en la mezcla de pop psicodélico, rock progresivo, jazz y vanguardia. Este irrepetible movimiento se denominó “Escena de Canterbury” o “Rock de Canterbury”, y se concentró en una serie de músicos oriundos de aquella mágica zona de Gran Bretaña.

A diferencia de sus coetáneos, los músicos que desarrollaron este subgénero musical, desenvolvieron conceptos enormemente amplios, llenos de misteriosos matices, densos desarrollos instrumentales, evocadoras envolturas de teclados, letras poéticas y, en conjunto, un deleite musical de primer orden y efímera vida. Algunos de sus representantes fueron, entre otros muchos, Mike Oldfield, Caravan, Camel, Robert Wyatt o el excelso Kevin Ayers.

Kevin comienza su carrera musical grabando dos discos con la mítica formación Soft Machine entre 1967 y 1968, aportando a la banda; psicodelia, letras humorísticas, su inconfundible voz de barítono, una atractiva percha y algunos potentes bajos. Para el tercer disco, sus compañeros deciden continuar desarrollándose en terrenos más jazzísticos, y Ayers abandona la formación para comenzar una fabulosa carrera en solitario. De aquellos tiempos retuvo un aprendizaje sólido como “frontman”, una gira abriendo para el inefable Jimi Hendrix y un montón de facturas que sus managers pretendían que pagara con drogas, pues éste fue el único pago que percibió de sus conciertos.

En 1969 firma un contrato con Harvest -discográfica que ya había lanzado el primer álbum de Pink Floyd- y con la que registra sus cuatro primeros y más experimentales discos. Ayers se rodea de insignes músicos de vanguardia y los reúne en “The Whole World”, su chiflada banda de acompañamiento. Antiguos colaboradores de la Soft Machine como Mike Ratledge, un jovencísimo Mike Oldfield, la poetisa y amante de Jim Morrison, Nico, un arreglista de vanguardia, David Bedford, e incluso Elton John, que le acompañó soberanamente al piano en muchas de sus composiciones. Durante este periodo,  además,  registra un corte con el malogrado Syd Barret en el clásico “Religious Experience (Singing a Song In The Morning)”, el último antes de que éste se pulverizara el cerebro a base de ácido lisérgico y abandonara absolutamente la realidad hasta el día de su muerte en 2006.

Durante la primera parte de su carrera, Ayers, desarrolla un estilo muy personal, por momentos inclasificable, y consigue fuerte notoriedad en europa gracias a joyas con el encanto de “May I?”, bizarradas campestres como “Oh, My”, el sensacional homenaje al rock and roll 50´s de “Stranger In Blue Suede Shoes” o la profética “Shouting In a Bucket Blues”, canción que, a la postre, resumiría su paso por la vida y que interpretó siempre en directo como quien muestra el DNI para identificarse. Todo ello provoca que se consolide como un artista inquieto, como una referencia para artistas y público -incluyendo los de nuestros tiempos- y como un músico de culto imprescindible, único…auténtico.

En 1974 cambia de discográfica y firma por Islands, un sello especializado en rock progresivo. Ese mismo año comienza una fértil relación profesional con el espectacular guitarrista irlandés Ollie Hashall -a quién más de uno consideró el mejor guitarrista del mundo- un vínculo musical y amistoso que durará veinte años y que volvió a Ayers y Hashall inseparables.

Islands pretende vender a Kevin como a un guaperas con talento, produciéndole dos de sus discos más fundamentales. “The Confessions of Doctor Dream and Other Stories” (1974) y “Sweet Deceiver” (1975), invirtiendo fuertes sumas de dinero en su producción, sin ahorrar en promoción, músicos de estudio –la lista es interminable- y demás excentricidades. Con ellos, Kevin Ayers, alcanza el cénit de su trayectoria musical. Son discos elaborados, mimados y rebosantes de genialidad, muestran a un artista más accesible, más rockero, más adaptado a las fórmulas de la época pero, además, inquieto y juguetón en las composiciones, compitiendo en genialidad creativa con cualquier afamado artista del momento.

El 1 de Junio de 1974, realiza un concierto extraordinariamente bien publicitado, junto a otros “raritos” de su generación; John Cale, Nico y Brian Eno, en el Rainbow Theatre de Londres. Este directo fue legendario por el hecho de que Ayers, un conquistador irrefrenable, fue sorprendido por John Cale con su mujer en la cama el día antes de la actuación. La audaz portada del vinilo muestra a ambos músicos mirándose frente a frente en una curiosa actitud que da a entender qué clase de amistad tenían. John Cale habló sobre este hecho en la canción “guts” (agallas) en el disco “Slow Dazze”, además de despacharse a gusto aquella noche con la versión más desgarradora y sentida del “Heartbreak Hotel” que se haya hecho nunca. Pese a todo, Ayers y Cale, continuaron siendo amigos, colaboradores y compañeros de borrachera durante toda su vida. Algunas de sus grandes canciones de ésta época son el cañonazo “The Up Song”, ideal para dedicársela a la chica a la que amas esperando que vuelva contigo, la preciosa “Toujurs La Voyage” con Elton John, “Sweet Deciver” -de corte tremendamente actual- o la inquietante “Circular Letter”, también con un soberbio Elton John al piano.

En 1976 vuelve a su antigua compañía discográfica (Harvest) y comienza un lento declive musical debido a un fuerte desengaño en su experiencia con el negocio musical. Hastiado de todo, decide retirarse a Deià (Mallorca) -alentado por Robert Wyatt- a una preciosa casa de aquel diminuto pueblo encantado, y vivir a orillas del Mediterráneo, disfrutando del sol, la gastronomía, la pesca, las mujeres, su maldición y, sobretodo, del buen vino. Allí vivió y crió a sus dos hijas, compuso sus discos en un pequeño estudio con sus amigos españoles e ingleses y compartió la vivencia con su leal amigo Ollie Hashall hasta 1990.

Sus primeros tres discos de retiro, “Yes, We Have No Mañanas” (1976), “Rainbow Takeaway” (1978) y  “That´s What You Get, Baby” (1980), son fabulosos. Canciones como “Falling In Love Again”, “The Owl”, “Blame It To Love”, “Where Do I Go From Here” o “Where Do The Stars End”, muestran a un Ayers relajado, melancólico y soñador, al que ha sentado muy bien el Mediterráneo, y que ha abandonado la experimentación para mostrar un catálogo de canciones melódicas, suaves y sentimentales, siempre con su personal estilo. En adelante, Kevin, decide no pensar más, se dedica a drogarse, beber y vivir su decadencia sin presiones, tan pocas, que permite que Julián Ruiz –aquel señor a quién todos recuerdan por vestir con las cortinas de su casa, y que venía de producir a Tino Casal y Danza Invisible- le realice un álbum en 1983, “Jack Diamond And Queen Of Pain”, -del cual el propio Ayers decía no recordar haber grabado, en parte debido a sus borracheras, en parte debido al sonrojante resultado-. Durante los siguientes años, Kevin, actúa esporádicamente con músicos mallorquines, que lo adoran y rescatan intermitentemente de su retiro voluntario, y se dedica a pasar de todo.

Vuelve en 1988 con “Falling Up”, del cual destaca la deliciosa “Am I Really a Marcel”, y aún realiza un álbum más, “Still Life With Guitar”, tras el cual queda devastado por la muerte de su íntimo camarada, Ollie Hashall, por sobredosis de heroína el mismo año de su publicación, 1992. Ollie fue un guitarrista, pianista y cantante descomunal, capaz de haber hecho cualquier cosa, pero que decidió entregarse completamente a músico de acompañamiento de Kevin. Se retiraron juntos a Deià y, durante ese periodo en España, grabó el tremendo “Veneno en la piel” con Radio Futura, acompañándoles también en la gira promocional del disco. Murió en Madrid, en la famosa calle de la Amargura, como si hubiera querido dejar ese epitafio a muchos músicos de su azarosa generación. Después de aquello, Kevin, quedó deshecho y abandonó la producción musical hasta 2007 -exceptuando un sentido homenaje a su colega en el año de su muerte- Es en este año cuando publica su último disco, el más que decente “The Unfairgound”, en el que se despelleja vivo entre canción y canción, con constantes referencias a su tumultuosa vida y todo lo que fue perdiendo por el camino; amigos, amores, salud… algo que se testimonia en la sentida “Wide Awake”.

Seis años después, la noche del 17 de Febrero de 2013, con 68 años y viviendo ya en el sur de Francia, Kevin Ayers se va a dormir, a soñar canciones nuevas, a planear volver a Mallorca para el verano, pero al día siguiente… ya no se levanta. Su hija, Galen Ayers, psicóloga y artista, metió las cenizas de su padre en una preciosa vasija y lo llevó de vuelta a Deià -donde fue feliz- paseándolo junto a un buen puñado de amigos y gente que le quería; Bob Geldoff, Mike Oldfield, John Cale y una interminable procesión de músicos, poetas, fans y curiosos, que cantaron sus alegres canciones mientras lo conducían por las calles del pueblo camino del cementerio.

El “hippy” de oro, el doctor sueño, el incombustible e indolente hedonista, el magnético seductor de cabellos rubios y profunda voz, el hombre que se preguntaba melancólicamente dónde terminaban las estrellas, descansa ahora junto a su inseparable amigo y compañero Ollie Hashall -enterrado también en el cementerio de Deià- para dejarles cantar juntos “May I?” bajo los luceros, pidiendo educadamente permiso para sentarse en las puertas del cielo a seguir tocando, bebiendo y soñando por siempre, haciendo realidad aquello que el propio Ayers vaticinó en una de sus más personales canciones…

“lovers come and lovers go, but friends are hard to find, I can count all mine in one finger” (Shouting In a Bucket Blues –Kevin Ayers-)