CÓMO SER GATO ETERNAMENTE

Y regresé al cielo dispuesto a empezar de nuevo. “El tobogán” (como se conoce allí al juego) es parecido a una atracción acuática, solo que al caer no hay agua sino vida. Durante el descenso todo resulta fortuito. Nada de predeterminismos ni de dioses entrometidos. El tiempo, el espacio y el destino se mezclan naturalmente y solo hay dos reglas para comenzar: No se recuerda nada del juego anterior, y se elige el personaje del siguiente si no se superan los quince años de vida.

¡Otra vez me tocaba elegir!… Me senté en “el tobogán”, cerré los ojos, salté y grité: -¡quiero ser un gato!

images (1)

Imagen

PERO LOS TIEMPOS NO CAMBIARON

Encontrar la inspiración es, en ocasiones, un curioso ejercicio de interpretación infantil. El desarrollo de una idea pasa de lo intrascendente a lo inenarrable en solo cuestión de segundos. Ocasionalmente, la chispa de la creatividad se enciende gracias al clamor silencioso de algo que está sucediendo sutilmente ante nosotros y que no sabemos interpretar por ser víctimas de un déficit de atención, a menudo, bastante entrenable. Aristóteles fue el primero en darse cuenta; “la naturaleza nada hace en vano”, dijo, como culpándola de todo.

Y así, meditando sobre la frase del filósofo, traté de prestar atención a las sustanciales señales que la naturaleza me quiso enviar. Fue entonces cuando sonó a través de los altavoces de mi estudio una versión del clásico de Bob Dylan, “The times they are a changin´”, interpretada por Spirit, la imprescindible banda de Randy California, y entonces, automáticamente, recordé que Bob Dylan la había compuesto en 1964 y que Spirit la versionaba ya en 1976, como reivindicándola doce años después.

Recordé algo que leí sobre el curioso inicio de aquel clásico de la contracultura. Dylan escribió la letra y la dejó sobre una mesa. Un día, un amigo suyo que fue a visitarle, la vio allí, la tomó con sus manos, y tras leerla le dijo: “¿pero hombre, qué es esta mierda?”, a lo que el compositor respondió con distancia: “bueno, ya sabes…es lo que la gente quiere oír…”. Entonces acudí a internet y traduje la letra de aquella concienciada canción protesta hallando este inquietante texto:

-“Venid padres y madres alrededor de la tierra y no critiquéis lo que no podéis entender, vuestros hijos e hijas están fuera de vuestro control, vuestro viejo camino está carcomido, por favor, dejad paso al nuevo si no podéis echar una mano porque los tiempos están cambiando”.

Inmediatamente pensé en los cantautores reivindicativos de aquellos tumultuosos años ´60 y ´70 y me pregunté, ¿qué ha cambiado realmente desde entonces? Tras unos minutos concluí que lo único que había cambiado era la música. Todo lo demás permanecía en una imagen mutada… convenientemente adaptada. Donde antes había dictadores lunáticos con uniforme militar y delirios mesiánicos, ahora hay mercados y tecnócratas igualmente delirantes pero aún más terroríficos. Donde antes había discriminación recrudecida, ahora hay eufemismos hipócritas igualmente injustos. Donde antes había guerra… ahora sigue habiéndola y, la mayor parte de las veces, el reproche a la misma no pasa de un “me gusta” o un vacuo comentario en una red social que con su calado, aparentemente inofensivo, han conseguido que el interés por cualquier cosa dure apenas segundos y se centre exclusivamente un mundo virtual -un lugar donde la gente parece sentirse más que cómoda enfundada en su avatar mentirosillo- El sentimiento de colectividad ha dado paso a una individualidad recalcitrante, al desinterés, a la superficialidad y al “ego trip”, pero -me inquieté seriamente con el tema- ¿Por qué ha sucedido todo esto?, ¿qué es lo que nos ha pasado?

Acompañando a estos dos profundos interrogantes sonaba, esta vez, a través de los altavoces de mi estudio la controvertida y visceral, “The revolution will be not televised”, del poeta urbano y visionario de los años ´70, Gil Scott-Heron. Al escuchar el tema pensé que también debía ser alguna señal de aquella naturaleza aristotélica y me dispuse a traducir la letra de la canción. Su texto fue, como no podía ser de otro modo, igualmente revelador:

-“No habrá titulares en el noticiero de las once, ni tampoco fotos de mujeres liberales con brazos peludos, ni de Jackie Onassis soplándose la nariz, el tema de la canción no será escrito por Jimmy Webb ni por Francis Scott Key ni será cantado por Glen Campbell, Tom Jones, Johnny Cash, Englebert Humperdink o los Rare Earth. La revolución no será televisada… La revolución será en directo”.

Inducido por aquel listado de artistas “mainstream” de los años ´70, pensé en quienes serían los representantes del asunto musical a día de hoy y lo primero que asaltó mi mente fueron los “fake artist”, o artistas de mentira, situados en el Olimpo de la fama por obra y gracia de un dios de color verde: Bisbal, Melendi, Miley Cyrus, Justin Bieber o One Direction… Su música la escuchan los “teenagers” y los asumen como un referente del mundo en que vivimos, siendo además los adalides de la cultura oficial (o la anticontracultura si se me permitela licencia) Dicho en otros términos, “son lo que hay”. Comprendí que debía encender la radio y comprobé, a los pocos minutos, que el hit mundial corría a cargo de DJ Avicii (relevo del absolutamente prescindible David Ghetta) con un “bluegrass” empalagoso acompañado por un absurdo bombo de fondo que parecía estar justificando hasta el hambre en el Mundo (el bombo del millón de dólares, pensé…) La canción, de título “Hey, brother”, se acompañaba de una letra bobalicona tan intrascendente que, naturalmente, estaba en perfecta sintonía con la música.

Con todo aquello en mi cabeza imaginé que el problema estaba en la baja calidad musical y, lo que es peor, en el bajísimo nivel de exigencia del escuchante, eso, o que la teoría del multiuniverso de Hugh Everett se podía demostrar con la industria discográfica de este modo: El “Gran Hermano” falsea el gusto mundial, lo manipula en una realidad que solo existe en un universo virtual dentro de otro real que, indefectiblemente, acaba tragando con todo lo que se plantea en aquel falso universo plantilla. Mientras algunos esperamos que esos dos universos choquen y se lo lleven todo por delante.

En aquel momento me vino a la memoria un divertido “gag” en el que un tipo trataba de convencer al dueño de una casa de empeño de que la rata que sostenía en su mano era, en realidad, un visón por el que debía pagarle una fortuna. Aquello me condujo a pensar que durante los años ´60 se quemaban los discos de los Beatles por resultar inadecuados al moralista “statu quo” judeo-cristiano. Igualmente en los años ´70 se prendió fuego a los álbumes de rock duro y heavy metal por encontrarlos satánicos, además de peligrosos para la salud mental cuando, en realidad, no hacían otra cosa que criticar una sociedad absolutamente cavernícola y profundamente injusta, siendo, incluso, llevados a juicio muchos músicos por inducir a disturbios, suicidios y demás disparates conspirativos contra el sistema. El asunto se resolvió con aquellas ridículas pegatinas, “parental advisory”, que otorgaban pedigrí malote a cualquiera que usara un taco, quedando el verdadero mensaje ya desvirtuado.

A finales de los años ´70, a su vez, ardieron muchos álbumes de la imperante “disco-music” como una airada reacción -antidisco- que intuía el inminente descerebramiento musical de los artistas y usuarios de música, no obstante, fue un golpe baldío a un mundo que comenzaba a pensar ya solo en cifras, balances y cuentas de gestión. Aquel acto insólito tuvo lugar el 12 de Julio de 1979 y se conoció como la “Disco Demolition Night”.

Alguien dijo que a los productores musicales ya solo les interesaba mantener el “beat” de un batería, sin más. Un bombo era lo único que interesaba para mantener al escuchante adicto y no un regimiento de músicos que con sus devaneos creativos, adicciones y prepotencias, acabarían por arruinarlo todo. Nace así la “disco music” y más tarde el, “house”, “dance” y “techno”. El músico artesano perdía la batalla por la imposibilidad de luchar contra ese monstruo que es un mercado codicioso, intrigante e insaciable, y si no que se lo pregunten al Quijote mestizo, al enano de Minneapolis, al “sexy motherfucker”, al artista antes conocido como… Prince.

Recordé que durante aquellos felices años ´80, mientras Ronald Reagan y Margaret Tatcher ponían los cimientos para la mayor crisis de nuestra era. La de 2008. Se fundaron instituciones para la rehabilitación de enfermos del rock. No la rehabilitación de rockeros adictos a sustancias, si no la de chicos y chicas que habían escuchado música rock y que, tras la infección, se sometían -por mediación de unos padres llenos de los mismos demonios que trataban de combatir- a un exorcismo inducido en una institución mental, donde se mantenían ocupados en actividades sencillas de desinfección como la de cantarle al mismo Dios de las plagas, las inundaciones y las enfermizas pruebas de fe.

Tristemente, la música rap, punk y reggae -últimos bastiones de la contracultura y la consciencia con un enorme papel en la historia- han terminado en una suerte de circo “mise en scene” del que ya no se espera gran cosa, dejando todo el asunto en manos de la industria del entretenimiento más turbadora que ha existido jamás.

Finalmente, tras unir todas las señales que, tan naturalmente, se me habían presentado, me fue posible concluir que lo que necesitamos es un nuevo Dylan, o un nuevo Morrison, cuyo grito iniciático en una actualizada celebración del rey lagarto; “¡wake up!”, devuelva la consciencia a los jóvenes. En definitiva, necesitamos nuevos Judas que traicionen a falsos líderes y provoquen que los tiempos cambien, porque la revolución ha sido devorada, masticada y escupida, como un trozo de carne seca, por un sistema que nos ha convertido en zombis ávidos de entretenimiento constante, y aburridos hasta el tuétano de todo lo que cueste el más mínimo esfuerzo intelectual.

El ejemplo más terrible de este hastío febril es que, pese a que en estos días una noticia da la vuelta al mundo en segundos, lo único que recordamos de ellas son aburridas veleidades de gente casi desnaturalizada, estupideces de patética ternura que ahondan en la pérfida cara oscura del ser humano, por otra parte, cada vez más diabólica, (¿hola k hase?) y en el desasosegante amarillismo de toda la vida.

Un hambre voraz por ser constantemente entretenido, la fe ciega en mensajes manidos pretendidamente grandilocuentes y vociferados por oportunistas dickensianos -la era del “coaching”, el nuevo crecepelos infalible- junto con la necesidad egomaníaca de las personas por un instante de popularidad a cualquier precio, acaba provocando que uno se sienta un extra a caballo entre dos proféticas películas: “Mad Max II”, de George Miller y “Brazil”, de Terry Gilliam, curiosamente estrenadas aquella década prodigiosa en la que se comenzó a fraguar el germen de nuestra situación actual.

Justo ahora, y más que nunca, requerimos que alguien componga “The times they are a changin´”, y  la deje escrita sobre una mesa para que al llegar a manos de algún amigo del necesario compositor se vuelva a repetir aquel fundamental diálogo:

–¿Pero hombre, qué es esta mierda?

–Bueno, ya sabes…es lo que la gente quiere oír…