CARNE Y HUESO

Hay un lugar donde los ríos fluyen por las calles, un lugar donde el tiempo no cura y la fruta no cae de los árboles, donde los muros parecen de esmeralda y la lluvia los cubre con los recuerdos de cuando fuiste canción, de cuando había una forma de distanciar la oscuridad de la razón, y de quitarle el frío a la noche, confiando ver las estrellas caer sin orden, de un cielo del que no es posible esconderse blandiendo solo sangre y seso, siendo solo de carne y de hueso.

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LAS PALABRAS PERDIDAS (PARTE 1)

Me desperté de madrugada y un puñado de pensamientos se me agolparon en la memoria, fagocitando el poco alimento que mi consciencia les ofrecía. Tomé una ducha pero el agua caliente fue incapaz de desprenderlos, eran mucho más espesos que la viscosa grasa que una pesadilla corriente deja incrustada tras un sueño estropeado.

Traté de no prestarme demasiada atención mientras me interpretaba a mí mismo ante el espejo del vestíbulo, vestido de actor sin ganas, sin vis ni reparto, intérprete de papeles que sabe grandes.

No pude evitar que aquel acúfeno me intimidara al abrir la puerta de casa, su murmullo era aún más alto que mis propios pensamientos, más todavía que el  amenazador sonido del tráfico al cruzar la calle, y aún mucho más que el pálpito de mi corazón resonando a estridentes campanadas aunque, es verdad, que solo era un murmullo, pero uno tan poderoso que era capaz de convertir grandes espacios en pequeñas ratoneras, y tan estridente que me hizo olvidarme de aquellas palabras… esas que me encantaba usar cuando, al despertar por la mañana, mi consciencia aún era mía, y pese a que en un vago recuerdo todavía las intuía, para cuando me senté frente al volante del coche, las sentí tan inaccesibles que ya solo las podía imaginar enredarse torpemente en mis recuerdos y ahogarse en finos alaridos bajo toneladas de escombros.

Mientras me dirigía al trabajo cobré consciencia de todo lo que necesitaba decirme desde que desperté de madrugada, hacía ya un par de horas y miles de años, y juro que me hubiera conmovido, de no ser porque estaba totalmente aterrorizado…

LA MALDICIÓN DEL PASTOR DE PIANOS

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola. La fabulosa cosecha de aquel año llenaría los conservatorios y los ávidos bolsillos del pastor. Su empleado, un joven de nombre Orfeo, se encargaba de extraerlos de la tierra, afinarlos y hacerlos sonar, temperamentalmente, en temporadas soleadas y con lastimera languidez en estaciones lluviosas.

Un aciago día, el chico, se sentó ante aquel majestuoso piano, pero no le arrancó una sola nota, turbado, se dirigió hacia el agujero del que éste había emergido y al asomarse, un calor infernal le abrasó el alma ante la horrorizada mirada del pastor, que veía como otro ayudante suyo era engullido por el Hades.