LAS PRIMERAS VECES

Salió, sigilosa, a estirar las piernas con la cara enmascarada en sus largos bucles dorados y la mirada vigilante de quien se esfuerza en mostrar grandeza, cuando lo que siente es incertidumbre. Era la cuarta vez que ocurría aquella semana y ya empezaba a sentirse extraña. No bebía ni fumaba, algo inusual en personas de hombros débiles, pero, en aquellos momentos, necesitaba saber, como nunca, lo que se sentía al mirar al abismo a los ojos. La sirena sonó, y con la hiel aun rompiéndose en sus labios, recompuso los jirones de su uniforme con urgente necesidad y se encaminó, de nuevo, hacia su aula.

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