EL ÁRBOL MÁGICO

No se hablaba de otra cosa en el pueblo y, naturalmente,  la noticia me llegó de inmediato, como si saber de ella fuera imprescindible para seguir respirando el aire de aquel lugar. Salí a la puerta de casa y lo comprobé con mis propios ojos pues desde la entrada  solía verse perfectamente, de hecho, aquel roble, solía poder verse desde casi cualquier parte. Estaba allí arriba, en lo más alto, coronando la segunda montaña más elevada que la vista podía alcanzar. Aquel árbol era uno de esos caprichos raros de la naturaleza, como las piedras con rostro humano o las nubes de formas mudables, y según desde donde se mirara su aspecto también se volvía antojadizo. Yo solía recordarlo como un enorme y hojoso luchador de  sumo que se sostenía sobre dos espectaculares raíces arqueadas que dividían el sendero natural del monte.

 
Los viejos contaban que si se pasaba por debajo de sus raices siendo niño y se pedía un deseo no tangible, éste, se acabaría cumpliendo de adulto, y es cierto que durante los siguientes años aquella tradición se continuó hasta el punto de ser cientos de niños, venidos incluso de otros pueblos, los que pasaran por debajo de aquel descomunal roble. Un fenómeno que duró hasta que, tan solo hace unos días y durante un extraño temporal veraniego, un rayo -el único que tocó tierra en toda la comunidad en más de cuatro décadas- fulminó aquel mítico tótem de los deseos quedando el lugar yermo y, para sorpresa de todos, ni tan siquiera las cenizas se pudieron recuperar.

 
La gente del pueblo comentaba que sus raices se habían cargado de tanta energía que atrajeron a la centella de forma natural, algunos, los más fantásticos, se atravían a comentar que ese rayo había transportado los anhelos condensados durante años, como si aquel roble fuera un pozo que al llenarse liberara un jugo pacientemente macerado en el tiempo.

 
Esta mañana, antes de volver a la ciudad, me reencontré con un viejo amigo, su semblante feliz y jubiloso me llenó de alegría y conversamos animadamente de todo durante un buen rato. Acabada la formalidad rigurosa y antes de que me despidiera me dijo que la enfermedad que sufría su hermano desde niño estaba remitiendo milagrosamente y no se sabía el motivo. Me sorprendí tanto que, inmediatamente, le pregunté en voz baja y en tono divertido si eso era lo que había pedido al roble, a lo que me respondió una emocionada y reconfortante afirmación.
Tal vez los deseos de todos los niños que pasaron por debajo de aquel árbol mágico se empiecen a hacer realidad o, tal vez, que desapareciera ese viejo roble sea el modo de devolver  a la despreocupada niñez a muchos hombres adultos adustos por la pesada carga de la madurez. Tal vez no signifique nada y el ciclo natural de las cosas sea solamente eso, un ciclo impenitente al que observar desde lejos, pero lo que yo ya sé hoy es que, una vez que recordé mi deseo en mi vuelta a la ciudad, recuperé por unos instantes la felicidad de aquellos años y lo dí por cumplido.

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