Carta a un amigo

Si tú supieras la huella que me has dejado

Si supieras los momentos únicos que me hiciste vivir

Si pudieras vernos desde arriba y, con esa mueca tuya, decirnos a todos que no nos preocupemos más, que todo está bien, que se puede volver a empezar si te dejas deslizar por un tobogán que, además, te ha permitido elegir el personaje que desearas ser cuando bajaras de él, para compensarte, justamente, por el poco tiempo que estuviste entre nosotros.

¿Qué habrás elegido? -me pregunto yo hoy- consciente de que, sea lo que fuere, es seguro que me volverás a encontrar de uno u otro modo.

Hace muchos años pasamos una eternidad cerca de un río, en mitad del cual había un pequeño pedazo de tierra. Aquella tarde, en la que fuimos creadores, reímos tanto que me gusta pensar que, ahora, es allí donde estás; en esa isla mínima y en aquel momento justo en que, para los dos, todo fue tan grande, como el continente más ingente, y tan especial, como el más privativo de los lugares, permaneciendo, cada día, en mi enorgullecido recuerdo de ti, cada uno de esos instantes.

…Hasta que te vuelva a ver en nuestro exclusivo arrecife, amigo, donde seguro, estás ya esperando que continuemos aquel día.

 Gracias por cruzarte en mi vida y por el regalo de tu recuerdo imborrable, mi querido, Oscar Correal Castellanos.

CARNE Y HUESO

Hay un lugar donde los ríos fluyen por las calles, un lugar donde el tiempo no cura y la fruta no cae de los árboles, donde los muros parecen de esmeralda y la lluvia los cubre con los recuerdos de cuando fuiste canción, de cuando había una forma de distanciar la oscuridad de la razón, y de quitarle el frío a la noche, confiando ver las estrellas caer sin orden, de un cielo del que no es posible esconderse blandiendo solo sangre y seso, siendo solo de carne y de hueso.

EL LOCO Y LA NOCHE

La noche se enamoró de un loco. Nadie creyó jamás que pudieran estar juntos. ¿Quién quiere a un loco por compañero? A alguien que nubló su juicio por una quimera. Solo es un loco, nadie habrá que le quiera. La noche nunca expresó lo que por él sentía, era su forma de amarlo, sin embargo, el loco, desolado, renunció a todo, convirtiéndose en un animal asustado. Nada más le importaba, nada más excepto seguir enamorado de ella. Pasaron los años y el loco llegó al final de su vida pero, antes de irse, se quiso despedir de ella y, en color verde, escribió en la palma de su mano un poema para que la noche lo leyera…

Blanca noche, pechos de doncella.

Obsesión fría.

Dolor amargo, bulle la vida,

y la tierra arde,

y el cielo lo resolvió con lluvia pura

Noche, ausencia y locura.

Y de mi, yo…

Que ya soy nada, que ya soy noche.

El cuerpo empapado,

en mi alma tu cara,

en la memoria un broche.

Locura, ausencia y noche.