DÍAS DEL FUTURO-PASADO (FINAL)

Era cerca de media noche. El Sr. Papaluc había acomodado la mesa camilla de su comedor con una pequeña lámpara bajo la cual se iluminaban su rostro y el de Mauro, imbuidos en el libro de historia. El Siglo de Oro español había dado al mundo lo mejor y lo peor del género humano, no obstante, resultaba complicado encajar categóricamente a Mauro sin conocer realmente la clase de persona que era. Su teléfono móvil sonó en medio de la solemnidad del momento. –Es mi mujer, debe de estar preocupada, voy a responder –dijo mientras se retiraba a otra estancia de la casa para tener intimidad. Papaluc le observó un instante y continuó leyendo las páginas del libro con detenimiento. Desde el pasillo, el político charlaba con su mujer en voz baja, lamentando no haber regresado aún a su hogar y prometiéndole acudir a la mayor brevedad, terminó la conversación, colgó y entró de nuevo en el comedor pidiéndole disculpas a Papaluc por la justificable ausencia, éste, alzó la mirada y se dirigió a él en tono inquisitivo. –Mauro. ¿Es usted un político honrado? Mauro se sorprendió por la pregunta, aunque como político supiera zafarse con gracia de aseveraciones similares, se aclaró la garganta y trató de no sentirse demasiado afectado por la incómoda retórica que desprendía la pregunta. –Verá usted, Sr. Papaluc, ¿qué consideramos honradez?, porque, ¿quién puede, a día de hoy, decir que en algún momento de su vida no ha hecho algo que los demás pudieran considerar, ¿Cómo decirlo?, abyecto… Papaluc le interrumpió. –Es usted un corrupto, ¿verdad?, es importante que lo reconozca si quiere conocer su futuro, necesito saber quién es usted. La cara de Mauro ensombreció, se deshizo del aire que le quedaba en los pulmones y que pretendía emplear en un puñado de manidos eufemismos. –Sr. Papaluc –dijo sentándose frente a él y cruzando las piernas relajadamente-. Estoy donde estoy por ser un corrupto, en efecto, he medrado en mi carrera política y he malogrado a mis adversarios políticos e incluso a mis compañeros de partido. Soy la persona que necesitan en el poder otras personas con más categoría política y económica, alguien como yo, simplemente, les viene bien. Soy un manipulador, así es, y una persona insidiosa, además de tener una ambición superlativa. Comencé siendo un simple chofer, ¿sabe usted?, un aparcacoches cualquiera cuando, un día, descubrí que gracias a mis chismorreos, calumnias y deslealtades, me granjeaba parabienes y amistades elevadas. Poco a poco fui acumulando una enorme cantidad de cargos dentro del partido gracias a mis indignidades; vocal, secretario, tesorero, vicepresidente…y hasta la fecha, en la que mi candidatura a la presidencia es ya un hecho. Está usted en lo cierto, no soy una persona limpia, Sr. Papaluc, supongo que por esto estoy hoy aquí con usted, porque siento que hay algo inevitable en todo esto.

Mauro sintió como si se hubiera quitado un peso de encima, respiro entrecortadamente, conmovido por haber contado algo que jamás hubiera confesado ante ningún tribunal bajo el más categórico juramento o ante algún familiar de la mayor confianza, ante nadie. Papaluc le miraba impávido desde su sillón, una confesión de esa profundidad le había aclarado mucho las ideas, giró el libro y señalando una página le dijo pesadamente. –Creo que usted va a correr la misma suerte que Fernando de Valenzuela, Mauro. Éste agarró el libro con las dos manos y se lo llevó al regazo, mientras lo leía, Papaluc, se alzó de la butaca y comenzó a hablar en voz alta.

Fernando de Valenzuela fue uno de los personajes más nefastos del s.XVII. Comenzó su carrera con el cargo de caballerizo, algo así como un aparcacoches de la época, sin embargo, su ambición e ingenio para manipular le hicieron ganarse la confianza de muchos altos cargos de la corte. Se le conoció como “el duende de palacio” por sus chismorreos y falacias. Esto le acercó a la segunda mujer de Felipe IV, Mariana de Austria, quién le apadrinó y agasajó con títulos a cambio de sus patrañas. Vivió su apogeo a causa de un accidente de caza, cuando el heredero al trono, un joven Carlos II, le disparó por accidente hiriéndole, provocando la condescendencia de la reina que le nombró inmediatamente Grande de España. La nobleza del país consideró esto una afrenta y terminó siendo desterrado a Filipinas. En 1689 se le sacaría del destierro permitiéndole viajar a México en los últimos años de su vida. – ¡Dios mío! –interrumpió Mauro-, ¿y vivió mucho tiempo en México? Papaluc le miró con gravedad. –No llegó a vivir en México, Mauro, al poco de llegar un caballo le propinó una fuerte coz en la cabeza y lo mató, ¿es irónico verdad? Comenzó a ganarse la vida con los caballos y ese mismo animal se la arrebató.

Mauro parecía resignado, hundido en aquel sillón, impertérrito. –Tal vez si no me presentara a las elecciones –dijo como quién da una respuesta al azar, sin saber-. Tal vez así podría evitar este final, ¿no le parece? –Podría intentarlo –respondió Papaluc empleando el mismo tono de incertidumbre-. Pero ya le comenté antes que no es posible deshacer su destino, Mauro, usted está condenado a vivir ese rol eternamente, hasta que este mundo termine y todos desaparezcamos. Cada siglo que avancemos, repetirá los patrones de otro del pasado, usted iba a hacer a la humanidad avanzar pero, aunque sus acciones provocarán reacciones en las personas, ese personaje canallesco que le ha tocado interpretar será su avatar irresoluble para siempre. Mauro cerró el libro que sostenía sobre sus piernas, lo dejó sobre la mesa camilla y se levantó pausadamente, cogió su americana del sillón y con ademán de dignidad se la acomodó al cuerpo, al instante, dispuso su mano a unos centímetros del Sr. Papaluc para estrechársela en gesto de despedida. –No sé lo que voy a hacer, Sr. Papaluc –dijo Mauro entristecido-. Me siento un tanto agotado y mi mujer me espera en casa, ha sido bueno venir a verle y ha sido usted muy amable conmigo, no lo olvidaré jamás. Ahora, si me disculpa, me voy a retirar y, si usted lo tiene a bien, me gustaría volver a verle en un par de días, mañana tengo “meeting” y estaré ausente de la ciudad pero, si no es molestia, volveré a verle pasado mañana para continuar charlando del asunto, ¿le parece? Papaluc estrechó la mano del político sin decir nada, ambos lo hicieron con fuerza, con el arrojo de quienes han sentido cercanía y condescendencia a partes iguales. Mauro se marchó y antes de irse miró a Papaluc mientras descendía por las escaleras del decrépito edificio, su mirada encerraba un pánico insólito, era una de esas miradas que una cámara fotográfica no es capaz de captar, como la de un fantasma, en aquel momento, el Sr. Papaluc supo que no se volverían a ver nunca más.

Eran más de las ocho y media de la mañana del día siguiente y Mauro continuaba postrado en la enorme cama de matrimonio de su casa, la habitación se había llenado de una luz tibia que se filtraba por dos ventanales amplios situados a la izquierda del lecho. Estaba convencido de que en pocos minutos su teléfono móvil sonaría, sin embargo, alguien llamó a la puerta del cuarto inesperadamente y, sin aguardar a que Mauro dijera nada, ésta se entreabrió dejando ver a un hombre alto, impecablemente vestido y con problemas para comprender el límite de gomina que el cabello puede soportar sin convertirse en gelatina. –Tu mujer nos llamó esta mañana temprano muy preocupada, Mauro, estamos intranquilos por tu estado –dijo abriendo la puerta del todo, permitiendo que se configuraran tras de sí otras dos personas de mucho menor tamaño e igualmente bien vestidas. Nos ha contado que estás deprimido –continuó- y que, bueno, has estado visitando a un psicólogo sin consultarnos nada. –Supongo que también habréis hablado con él –intervino con sopor Mauro. – ¡Desde luego! –afirmó con enfado el hombre engominado-. Verás Mauro, tienes mucha tarea que hacer y esta mañana salimos hacía un “meeting” muy importante que no puedes saltarte, no es momento de que lo eches todo a perder, ¿me entiendes?, no estás tú solo en esto, todos hemos trabajado en tu candidatura y no la vas a arruinar ahora con tus bobadas psicóticas.

Los tres hombres se pusieron a los pies de la cama de Mauro formando una improvisada barricada. Mauro trató de hablar, pero de nuevo volvió a tomar la palabra el más alto de los tres hombres con una actitud amenazante -Mauro, tú no estás en condiciones de decir nada, ¿comprendes? Ahora mismo vas a levantarte de la cama, vas a darte una ducha y a afrontar tus responsabilidades como político y como ser humano, es algo que vas a hacer por ti pero también por todos nosotros. Mauro no abrió la boca, se deslizó por el borde de la cama con el porte serio y se metió en el baño que se encontraba dentro de la misma habitación, tomó una ducha y se vistió con un elegante traje de color oscuro. El hombre engominado se acercó a él, le colocó la corbata alrededor del cuello de la camisa y comenzó a realizarle delicadamente el nudo. –No sé muy bien quién fuiste tú en otra vida, Mauro, lo que sí tengo claro es que yo fui alguien que no permite que nadie le impida llegar a lo más alto, ¿me has entendido? –le susurró al oído mientras le anudaba la corbata hasta casi cortarle la respiración. Mauro asintió las palabras de su compañero con un movimiento servil de cabeza y resignación. Los cuatro se dirigieron a la puerta principal y salieron de la casa cerrando la puerta tras de sí.

Había empezado a llover y resultaba curioso porque el día había comenzado soleado, aquella lluvia era de lo más incómoda, la gente se refugiaba intranquila en soportales, porterías y bares, esperando a que escampara. Dentro de una pequeña tasca de un barrio, las personas aprovechaban para tomar un refresco o dar un bocado, era cerca de la una de la tarde y daba la sensación de que la asociación de hosteleros de la ciudad hubiera bailado la danza de la lluvia con un enorme sentido de la oportunidad. En el barullo que formaba la parroquia se erigía la voz del presentador de las noticias en la pantalla de un televisor colocado al fondo de la barra. –El que fuera candidato a la presidencia pronunciará unas palabras antes de acceder a tomar posesión y ser investido presidente del gobierno –se abría paso la voz del locutor entre las personas que se agolpaban en la repisa de la diminuta taberna, en tanto la pantalla del tele mostraba a un individuo alto, de porte elegante y el pelo completamente engominado.

– !Madre mía!, ¿otra vez éstos? –exclamó un parroquiano dejando caer una servilleta usada al suelo. – ¿pero quién es el de ahora? –apuntó alguien desde otro punto del mostrador. –No sé, supongo que, al final, acaban siendo todos los mismos –respondió el anciano camarero mientras acomodaba la espuma de la cerveza de un vaso con la espátula. – ¿Qué fue del anterior? –lanzó al aire de nuevo el camarero. – ¿El anterior? –respondió alguien que contaba monedas sueltas sobre la repisa. Aquel tal Mauro, ¿verdad? Pobre demonio, a aquel tipo lo pillaron bien con las manos en la masa, las elecciones que ganó hace ocho o diez años estuvieron llenas de irregularidades, compra de votos, tránsfugas, en fin, lo de siempre. A él le llegaron a llamar “la serpiente del congreso”, al parecer era una persona muy sibilina. Cuando se supo de aquello por la prensa al tipo lo exiliaron en México, ¿no os acordáis? – ¡Si, claro! –respondió una persona que tenía al lado y que había dejado apresuradamente el trago de cerveza que estaba sorbiendo para hablar-. No duró ni un día, ¿verdad? Nada más llegar a México lo atropelló un coche y lo mató. ¿Qué ironía? – ¿Ironía por qué? –intervino el camarero mientras limpiaba el pequeño charco de cerveza que acababa de dejar el cliente. –Pues porque, al parecer, este sujeto había comenzado aparcando coches antes de llenarse los bolsillos en política. El caso es que, antes de que lo eligieran para la presidencia, cuando aún era candidato, se comentaba que había caído en una fuerte depresión, decía que había vivido otras vidas y que era, ¿cómo era aquello?, “ponzoña histórica”, al parecer su partido lo puso recto en seguida para que cumpliera, ya me entendéis. La parroquia comenzó a reír con estrépito. – ¡Este, al menos, lo tenía claro!, !vaya que sí! –Dijo alguien con evidente sorna en el tono, -y continuó reflexionando- el Gobierno o quien fuera debería hacer una Ley que evitara que proliferaran tanto estos desgraciados, ¿no creéis? –Creo que llevamos haciendo este tipo de leyes desde el principio de los tiempos -remarcó iracundo el camarero sosteniendo los dos puños sobre la barra-. Y míranos, aquí seguimos, exactamente igual, no hemos aprendido nada, una y otra vez lo mismo y, encima, después de aquel tipo, el tal Mauro Báñez aquel, entra otro del mismo partido que ya no oculta a nadie que es un una víbora desalmada. Entran, destrozan el país y hacemos cuatro o cinco leyes para corregir los desmanes que no duran ni cincuenta años. Terminan los siglos todos igual, casi hemos aprendido algo y otra vez, llega el mismo tipo a hacer de las suyas, es algo increíble…Entretanto, un señor mayor, de tez enmohecida y ojos claros, que se encontraba sentado en una de las esquinas del bar escuchando a los demás hablar, alzó la mirada hacía ellos y les dijo proféticamente. –Yo solo les puedo decir una cosa, señores… todo esto, lamentablemente, ya se veía venir.

Súbitamente dejó de llover, el camarero cambió el canal para dar paso a los deportes y los parroquianos se fueron marchando poco a poco, dejando el bar solo, vacío…

DÍAS DEL FUTURO-PASADO (PARTE II)

El candidato salió de la consulta del psiquiatra lleno de terror. Su cabeza se infestó de dudas y, por un instante, se sintió muy mareado, recostó su espalda sobre la pared de ladrillo del portal y su rostro palideció, poco a poco se deslizó pausada y pesadamente hasta dejarse caer al suelo. Un millar de ideas disparatadas cruzaron su mente, ¿estaba condenado a vivir la misma suerte que en sus vidas pasadas? Tenía la sensación de que así era y sintió un fuerte vacío en su estómago, aquel pensamiento lo estaba devastando por dentro y necesitaba saber más.

Se recompuso levantándose bruscamente, alisó su americana con las manos y extrajo un pañuelo blanco de ella con el que enjugó el sudor que le caía a borbotones de la frente. Decidió que debía salir de allí a toda prisa pero apenas dio dos pasos huidizos y se giró bruscamente hacia la consulta de nuevo. Entró al portal y subió atropelladamente las escaleras, sujetándose en la barandilla y la pared con ambas manos e impulsándose con desesperación, se encaramó a la puerta del consultorio y tocó con el puño repetidas veces. La puerta se abrió súbitamente al poco tiempo y, al ver la cara del psiquiatra, no pudo contener el impulso de estrangularlo con la mano que había quedado suspendida entre el marco de la puerta y la cara de éste. Le apretó del cuello como movido por un resorte y lo empujó contra un mueble que presidía la entrada, el impacto provocó que algunas figuras de porcelana y un par de marcos con fotografías cayeran al suelo provocando un fuerte estrépito. -¿Qué puedo hacer?, ¿dígame qué es lo que puedo hacer? –Gritó desgañitándose el político. Si he sido todas esas cosas que usted me ha dicho que fui en el pasado, ¡estoy condenado en mi futuro como político!, debo saber qué es lo que me espera, ayúdeme usted, se lo suplico.

Escúcheme –respondió el psiquiatra tratando de zafarse-. ¿Está usted loco? ¿Cómo quiere que yo sepa nada de lo que está hablando?, usted simplemente ha sido inducido a un hipnosis, puede que las cosas que ha dicho aquí esta tarde sean producto de su imaginación, ¿Quién lo sabe?, tranquilícese, estos métodos no son fiables, seguramente yo ya no puedo ayudarle más. – ¿Cómo qué no? – espetó el político volviendo a apretarle el cuello. – puede volver a hipnotizarme y continuar la terapia.

-Caballero, ¡está usted histérico! –Librándose al fin de su estrangulador-. Me será imposible inducirle de nuevo a una hipnosis y, aunque lo consiguiera, está usted tan sugestionado que seguramente imaginará haber sido Sísifo o el mismo Drácula. Le recomiendo que se vaya a casa y descanse, olvídese de esto, no cabe duda de que la terapia ha sido errática, márchese y descanse, vuelva la semana que viene y cambiaremos la terapia para tratar su depresión. Hágame caso.

El político se sintió aún más confundido, los brazos le pesaban, su cerebro había dejado de enviar señales a sus manos, momento que el doctor aprovechó para quitárselo de encima definitivamente y buscar refugio tras una puerta. El político parecía ido, fuera de sí, ya no se encontraba en aquella sala más que su cuerpo. Sus pupilas volvieron a dilatarse cuando el psiquiatra le cogió del hombro con delicadeza e insistió en que se marchara. -Simplemente ha tenido un ataque de histeria  provocado por el estrés de la campaña –le dijo-, le voy a dar un valium y en cuanto llegue a su casa lo tomará y descansará toda la noche. No se preocupe más, y ahora, por favor, váyase.

El doctor le empujó sutilmente hacia la puerta y cerró de golpe dejándole fuera. El político volvió a alisarse la americana, a enjugar su sudor con el pañuelo de su bolsillo y trató de peinarse con los dedos torpemente, descendió las escaleras despacio, casi renqueando y una vez en la calle cerró los ojos y respiró hondo. Aguantó el aire en los pulmones todo lo que pudo, como esperando que la bocanada le renovara el espíritu, comenzó a expulsar el aire y al abrir los ojos observó un bar abierto justo enfrente de él, decidió que necesitaba beber algo fuerte y después se iría a casa a tratar de olvidarse de aquello. Caminó hacia la terraza del bar y comenzó a sentir alivio imaginándose tomando un vermú muy largo mientras fumaba un cigarro a pleno pulmón, llegó a pensar que, realmente, la idea de ir al psiquiatra había sido absurda, -¿depresión? –Pensó- si yo estoy igual de angustiado desde que nací, lo único que tengo que hacer es aceptarlo… aceptarlo y beberme una copa rebosante de vermut. Comenzó a sentirse mejor, seguro de que el trago que iba a tomar era el bálsamo de Fierabrás, dirigió su mano hacia el bolsillo de la chaqueta, sacó de él un cigarrillo de una cajetilla casi entera y se dispuso a encenderlo distraídamente mientras caminaba, decidido, hacia una de las mesas del bar cuando, de pronto, levantó la mirada y vio abalanzarse contra él a una chica, el choque fue aparatoso, volaron vasos con bebida por todas partes que se estrellaron contra su pecho y el suelo sonoramente. La camarera del bar, una chica morena con pelo de “pin up” y de baja estatura, había colisionado con él en un despiste mutuo.

-¡Dios mío!, ¡no!, perdone…lo siento mucho – exclamó ella con evidente preocupación.  –Tranquila, no pasa nada, esto se seca y queda como nuevo –respondió él manteniendo el tipo. -Mi abuelo dice que en una de mis anteriores vidas fui el gólem –dijo ella con humor. El político enterró la leve sonrisa que le había provocado la distracción del momento sobre un nuevo centenar de dudas, la miró mientras recordaba la sesión de hipnosis y volvía a él la angustia infinita que le había desolado tanto hacía apenas diez minutos. -¿El gólem?,¿fuiste el gólem en otra vida?, ¿cómo sabes eso? –le dijo sosteniéndole la bandeja con las bebidas derramadas.

La chica esbozó una sonrisa, acabó de recoger los cascos de las botellas del suelo y le habló mirándole a los ojos. –Mi abuelo lo sabe todo, es una persona increíble. De joven viajó a algún lugar de la India, hace tantos años que debería ser el hombre más viejo del Mundo. Cuando regresó de allí contaba cosas muy extrañas sobre que las personas nos repetimos a lo largo de la historia por algún tipo de fallo en la naturaleza, no sé, supongo que en aquel lugar terminó un poco loco, a mi no me importa, para mi es alguien muy especial.

El político cogió la bandeja con las bebidas y la dejó, delicadamente, sobre una mesa, se volvió hacia la chica y la apartó un poco del lugar para poder hablarle reservadamente. – Escúchame –dijo empleando su oratoria más convincente-. Es muy importante que hable con tu abuelo. Mi nombre es Mauro Báñez, me habrás visto por la tele, soy… -¡El candidato a la presidencia! –interrumpió la chica con una amplia sonrisa. –Exacto – confirmó el político-. ¿Podrías darme su dirección o su número de teléfono?, se trata de algo importante. -¡Claro! –contesto melodiosamente ella. Le va a encantar que le pregunte, mi abuelo habla todo el tiempo y, como le digo, lo sabe todo. Sáquelo por la tele, le vendrá genial, está un poco solo desde que mi abuela nos dejó hace dos años.

La chica escribió la dirección en la libreta de las comandas, arrancó la hoja y gesticulo elocuentemente la mejor forma de llegar al lugar desde el bar. Mauro cogió el trozo de papel y lo guardó en su americana, aún empapada en refrescos, se despidieron y emprendió apresuradamente el camino a casa del anciano.

Las luminosas avenidas dieron paso a pequeños cruces y estas a calles más sinuosas y a aceras más incómodas. Papaluc, como conocían al abuelo de la camarera familiarmente, vivía en un barrio oscuro, en una casa de tres alturas desvencijada; la clásica residencia que uno echa de menos cuando es demolida para construir aún más espantosos apartamentos para familias de clase media-baja. Las ventanas se encontraban cerradas y el portal carecía de telefonillo. Mauro aporreó la puerta durante minutos sin recibir respuesta de sus habitantes, por el aspecto, en aquella residencia, hacía años que lo único que moraba eran cartas sin abrir de bancos ya extintos y publicidad de restaurantes chinos. Al cabo de veinte minutos, Mauro, se sintió desesperar, se sentó en el portal y sacó un cigarrillo del bolsillo de su americana, fue a encenderlo cuando oteó a una señora muy mayor cruzar la calle con un carro de la compra que hacía juego con su batín de color púrpura. Pensó que fumar debía ser parecido a encenderle una vela a algún santo itinerante porque ya había provocado dos milagros aquella tarde. La señora se dirigió al portal y extrajo un ovillo de llaves que sonaba como una tragaperras vomitando monedas. La señora cruzó su mirada unos instantes con Mauro y volvió a tratar de recordar cual de las seis mil llaves que forjaban el manojo era la que abría. Mauro apagó el cigarrillo con el pie y se dispuso a levantarse para ayudarla, caballerosamente, cuando la señora se dirigió a él. – ¡Le parecerá bonito apagar ese cigarrillo en mi portal, ¿verdad? –Dijo con una voz que parecía ser marca registrada en las personas de edad-. ¡No me gusta usted nada, Mauro!, ¡es usted un corrupto y un cantamañanas!, podrá engañar a los demás pero a mí no me engaña, usted está donde está por ser un astuto embustero, un intrigante y un malintencionado. Señora –respondió él haciendo uso de una voz que parecía ser marca registrada de los políticos-. Estoy en su portal porque he venido a visitar a un amigo mío, al Sr. Papaluc. -¡Ese! –Se giró la señora con la autoridad que le daban cien años sobre el mundo- Ese es otro charlatán y otro cantamañanas, ¡como usted! Si quiere que le deje subir va a tener que recoger esa colilla inmediatamente y no espere que le vote en las próximas elecciones, ¿me entiende? Terminada la amenaza, la vieja aguardó a que el político cogiera el cigarrillo aún humeante del suelo, sacara su elegante pañuelo de seda del bolsillo y lo envolviera en él, con perversa galantería, para volver a guardárselo en el bolsillo de su chaqueta. Conforme con la situación y con gesto de victoria, la señora abrió la puerta tras un forcejeo apoteósico, ambos entraron en el recibidor de la finca y Mauro se encaramo primero en la escalera para subir al tercer y último piso, donde se encontraba la residencia del Sr. Papaluc, no sin antes escuchar a la vieja gruñirle un muy audible e inevitable, “grosero”, desde la puerta del recibidor.

Se plantó delante de la puerta de madera descolorida y tocó aguerridamente durante un minuto, aguardó un par más tratando de esconder las manchas de líquido que aún adornaban su chaqueta cuando una voz ronca emergió de dentro de la casa -¿Quién es? –Sr. Papaluc, me llamo Mauro, soy un amigo de su nieta, ella me dio su dirección, necesito hablar con usted a cerca de su viaje a la India, a cerca de la reencarnación, por favor, abra la puerta, le aseguro que es urgente. Se hizo un silencio en el rellano, solo interrumpido por el sonido inquietante del manojo de llaves de la señora del portal tratando de acceder a su vivienda. La enorme mirilla circular que presidía la puerta se abrió violentamente, mostrando la cara de un señor de ojos claros de mucha edad. -¿Mi viaje a la India?, ¿la reencarnación? –dijo aquel rostro enmohecido-. Es usted el político de la tele, ¿no?, no será esto una guasa para su campaña, mire que yo hace años que no voto y no tengo ganas de que me lleven a Benidorm, ya lo he hecho todo en la vida. –Caballero –respondió Mauro-. Creo que soy la reencarnación de alguna persona nociva y seguramente sea el presidente dentro de pocos meses. La mirilla volvió a cerrarse con la misma violencia con la que se había abierto, a lo que siguió el sonido de un centenar de pestillos que le recordaron a una traca que culminaron en la figura del Sr. Papaluc con el rostro serio y abalanzándose sobre él para meterlo en la casa apresuradamente.

El pasillo era angosto y tosco, lo adornaban algunos cuadros sin valor pictórico, el Sr. Papaluc guíó a Mauro hasta un salón mínimo con dos butacas de apariencia cómoda y una mesa camilla que, a todas luces, ocultaba un peligroso brasero en su interior. Ambos tomaron asiento y Papaluc tuvo la deferencia de encender una lámpara que iluminó la estancia lo suficiente como para sentir un grado de calidez pretérito. Mauro se explicó, lo hizo con ánimo, paso a paso, cada detalle que su psiquiatra le había dado de su sesión de hipnotismo aquella misma tarde, entrelazó su relato con los “flashes” de memoria que consiguía recordar; la dilgencia, verse atado a un caballo, la bastilla, la guillotina, los barracones sucios y los oficiales nazis… el Sr. Papaluc sirvió dos copas de licor vertidas de una botella opaca, su pulso temblaba tanto que derramó parte del líquido sobre el tapete descolorido de la mesa camilla, trató de llenar aún más las copas mientras Mauro relataba el casual encuentro con su nieta en el bar y le escuchaba desahogarse diciendo que, tal vez, todo sea producto de una depresión que arrastraba durante años aunque tenía la sensación de que nada era casual en todo el asunto. –Seguramente piense usted que estoy loco pero, cuando su nieta me habló de que usted le dijo que en otra vida había sido un gólem, pensé que no perdía nada en venir a contarle esto después del terrible día que he tenido –dijo esto pensando que el anciano no había escuchado nada de lo que le había dicho y sintiendo cierto alivio por haberlo podido contar a alguien anónimo que no desvirtuaría su carrera política.

Pasaron unos minutos hasta que el Sr. Papaluc miró, por fin, a la cara a Mauro -verá usted –dijo llevándose el trago a la boca-. Esto que le voy a contar puede ser absolutamente falso o incluso puede no ser más que una patraña de corrillo pero, estando en la India en los años ´40, conocí a una persona que me afectó como nadie en toda mi vida. Se le conocía como “el loco”. Aquella persona no hubiera tenido ningún valor de no haber sido porque, durante 20 años, vaticinó los destinos de un gran número de personas, siendo yo testigo de sus sorprendentes predicciones. Para aquel hombre, el planeta Tierra no era más que una especie de embrión primigenio, algo así como un mundo fallido sin desarrollar completamente y los seres humanos somos el producto de ese error esencial. Sostenía que existen múltiples dimensiones, otras dimensiones donde la evolución no se ha estancado como en este, donde no existen las guerras, donde nuestras capacidades son completas y donde se ha desarrollado naturalmente la vida. Esta dimensión que habitamos, en cambio, fue la primera, un defecto… una prueba, un borrador de las demás. En esta dimensión nos vemos condenados, por un fallo de la naturaleza, a reiterar constantemente los mismos patrones, como un disco viejo que se raya y repite constantemente la misma frase una y otra vez. No es posible enmendar ya ese fallo y hemos sido relegados a una fase primitiva del progreso a un devenir incesante de la misma fase de la evolución humana.

Mauro ni siquiera probó el licor, sus manos estaban inertes sobre sus piernas y había dejado de prestarle atención a sus pensamientos. -No entiendo qué sentido tiene que yo haya sido una persona infame en el pasado y lo siga siendo eternamente, ¿qué sentido tiene eso? –dijo con incredulidad. Ese es el sentido, caballero –apostilló el anciano-. La naturaleza basa su evolución en arquetipos, tipos de personas que realizarán cosas concretas en un momento de su vida para que, el resto, hilvane la evolución de la conciencia, las sociedades, la filosofía, el sentido de la vida… el problema es que la naturaleza falla en ese punto, no consigue pasar de esa fase, es como si la evolución del Hombre se estuviera atornillando en una rosca con los hilos limados en un punto, y el devenir es, por tanto, una y otra vez el mismo, repitiéndose los mismos patrones evolutivos una y otra vez. Usted debió ser un villano solo una vez en la historia, ese era su rol, su cometido original que informaría su gen con los parámetros necesarios para que las generaciones futuras almacenaran ese legado como algo con lo que desarrollaría la perfección pero, usted, lo está siendo infinitamente, en diferentes lugares y en diferentes cuerpos pero siempre será el mismo tipo de persona una y otra vez. Para usted estaba prevista una evolución, su paso por la villanía, por lo nocivo, solo se debería haber dado en una ocasión y después de esa fase tendría que haber desarrollado su genética, su consciencia universal, debiera haber aprendido naturalmente de ello. Esta información se almacena en nuestros genes pero –tragó lo que quedaba de licor- ese punto de evolución no funciona en nuestro mundo, somos el producto de un error de la naturaleza y estamos condenados a una extinción segura, sin remisión, porque el planeta no está preparado para sostenernos de este modo eternamente. Ya debiéramos haber superado varias fases, nuestros genes debieran contener ya el desprecio a la guerra, a la muerte, a la humillación, al rencor, al odio y, sin embargo, lo siguen reproduciendo en las diferentes fases de la historia exactamente igual.

Mauro  quedó desolado, no sabía qué responder, se sentía débil y cansado. Aquello estaba siendo demasiado para un día, sintió ganas de saltar por la ventana, si ésta hubiera estado abierta, pensó que ya había tenido suficiente y que debía marcharse de allí en seguida. Debieran de ser las ocho o las nueve de la noche, su mujer y sus hijos le esperaban, pensó que si aquella noche dormía, al día siguiente todo le daría igual, continuaría con la campaña política, viajaría al siguiente “meeting”, iría a cenar con su equipo, ¿qué más daba?, había llegado alto, no tenía que buscar ninguna explicación a nada, solo vivir su vida y dejarlo estar. Se levantó del sillón y se dirigió hacia la puerta con desaire. El Sr. Papaluc lo detuvo justo en el umbral del salón. –Comprendo que usted piense ahora que el loco soy yo pero, antes de irse permítame decirle una cosa más, “el loco” tenía un método con el que descifraba los destinos de las personas. Empleaba técnicas de hipnosis pero cuando fallaban debido a la sugestión, empleaba un pequeño truco, tal vez quiera conocerlo, después, márchese y haga lo que le parezca mejor porque, si hay algo cierto en toda esta historia es que ni usted ni yo vamos a cambiar nuestros destinos.

Continuaron por el reducido pasillo hasta llegar a un trastero, el viejo abrió la puerta y del desorden que había en su interior extrajo un libro, era un viejo libro de historia, uno normal y corriente, nada de piel humana, de viejos pergaminos o de manuscritos incunables. – Por lo que usted me ha comentado antes –recalcó el Sr. Papaluc-. Ha vivido tres reencarnaciones, una en el siglo XX, la más reciente, otra en el s.XIX y la última en el XVIII. Seguirá viviendo reencarnaciones hacia atrás en la historia debido al fallo del que le hablaba antes y siempre con el mismo rol. Su siguiente vida será la de un personaje nefasto del siglo XVII. Está usted asumiendo un arquetipo basado en la ponzoña histórica, un personaje que, en condiciones normales, hubiera hecho evolucionar la genética de las personas hace ya muchos siglos pero que está usted condenado a seguir repitiendo siglo a siglo hasta el principio de los tiempos. Dado que es usted un político español en la actualidad, deberá repasar la historia del siglo XVII de este país para saber qué persona fue usted en aquella época, de este modo conocerá el destino que le espera.

DÍAS DEL FUTURO-PASADO

-Túmbese sobre el diván –dijo el psiquiatra con suavidad. Siéntase cómodo y respire hondo. Ahora mire el péndulo y relájese…tiene sueño…mucho sueño, pronto estará profundamente dormido. En este momento voy a contar del uno al cinco y al llegar a este número, usted, me dirá lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. Dígame, ¿dónde se encuentra?

-Estoy en el Oeste americano, viajo en una diligencia. – Respondió calmo el paciente. Me dirijo al Sur, a algún lugar de Texas.

-Vaya, ¿es usted un pistolero o algo así? –dijo con cierto tono de sorpresa el psiquiatra.

-No, en la lona de mi caravana hay un cartel.

-¿Y qué hay escrito en él?

PROFESOR MORGAN Y SU CRECEPELOS INFALIBLE.

-Bueno, parece que es usted un famoso empresario, ¿verdad? –Reafirmó el tono de asombro el doctor.

– Llevo el carruaje lleno de frascos que no dejan de tintinear, visto elegantemente, luzco un tupido bigote, gafas redondas, bombín y hablo con divertido acento inglés.

-¿Y qué más sucede?

-Alguien protesta frente a la diligencia, equivoqué la ruta, creo que ya había pasado por aquí antes. La gente del pueblo me reconoce y me increpa violentamente.

-¿Y bien?

-Me han subido a un caballo, atado y amordazado. Alguien va a disparar un arma…el caballo galopará hacia las profundidades del desierto donde moriré de hambre y de sed, ¡NECESITO AYUDA! –Respondió inquieto el paciente.

-Está bien –hizo una pausa el doctor. Quiero que ahora se relaje, respire hondo y comience a sentirse descansado de nuevo. Voy a volver a contar hasta cinco, entonces, me volverá a decir usted lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. Adelante, ¿dónde está ahora?

-Estoy en la selva – Comenzó de nuevo el paciente ya más aliviado.

-¿Sabría decir dónde? – El psiquiatra se acomodó en su sillón de piel de color negro y contempló con interés al paciente.

-No lo sé. Llevo una elegante casaca, voy maquillado y uso una imponente peluca de tirabuzones. Camino por una calle de piedra ayudandome ligeramente de un bastón.

-¿Parece que sea usted un terrateniente, no es cierto?

– Lo soy, sí. Estoy hablando en francés con un grupo de gente, pero algo va mal –dijo con estrépito y estremeciéndose sobre el diván.

-¿Qué va mal? Explíquese –contestó el psiquiatra inclinándose desde su confortable butaca de piel.

-Me zarandean, rasgan mis vestiduras y me llevan cogido a pulso entre varios hombres.

-¿Dónde le llevan?

-“!La bastille, la bastille!”, no dejan de gritar esas palabras, van a cortarme la cabeza y a exhibirla ante una masa ingente de personas hacinadas bajo una enorme guillotina. Hay otros como yo a los que también están ajusticiando y sangre por todas partes. El verdugo va a dejar caer la cuchilla, ¡AYUDA, POR FAVOR!

El psiquiatra secó el sudor que emanaba de la frente de su paciente, lo recostó de nuevo sobre el diván y le susurró al oído en un tono sutil:

-De acuerdo, relájese, descanse…todo va bien…

– Ahora quiero que respire hondo -continuó. Voy a volver a contar hasta cinco, cuando llegue a ese número, me dirá, una vez más, lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. ¿Dígame lo que ve ahora?

-Estoy en un barracón muy sucio y oscuro, hay gente malnutrida tumbada en camastros, hace frío, llevo un traje de rayas y soy el único que calza zapatos.

-¿Qué más ve? –Dijo el doctor volviéndose a acomodar sobre su sillón.

-Estoy hablando alemán, llevo una “Cruz de David” tejida en el pecho de mi chaqueta. Hay oficiales nazis hablando conmigo, uno me entrega un paquete de cigarrillos y me ahueca  la mejilla cariñosamente. Soy “Kappo” en el campo de concentración de Dachau en la Alemania nazi de 1945, lo veo en un calendario que hay sobre un escritorio.

-De acuerdo –volvió a inclinarse el doctor. Ahora, ¿qué más ve?

-La guerra ha terminado, no quedan oficiales en el campo, las verjas están abiertas, trato de escapar.

-¿Lo consigue?

-¡No!, he sido detenido por un puñado de judíos de mi barracón. Me gritan.

-¿Qué es lo que le están gritando? –Se interesó vehementemente el psiquiatra.

– “Verräter”, “Schnecke verräter”. Eso me dicen. Tengo miedo. –Respondió con la voz temblorosa el paciente.

-“Gusano traidor” –musitó el doctor inclinándose sobre el diván.

-Uno de ellos me está estrangulando…me escupe a la cara mientras me dice que le mire a los ojos…!no puedo respirar, AYUDA, POR FAVOR!

El psiquiatra enjugó de nuevo el sudor de su cliente, lo recostó sobre el diván y se aseguró de que se calmara.

-Muy bien –dijo reclinándose sobre el sillón una vez más. Ahora quiero que se relaje y respire hondo. Contaré hasta cinco por última vez y despertará, cuando lo haga, no recordará nada de lo sucedido y se sentirá tranquilo y descansado. Una, dos, tres, cuatro…CINCO. ¡Despierte!.

-¿Cómo se siente? –Dijo el psiquiatra apoyando sus manos sobre la libreta donde había estado anotando la sesión.

-Como si me hubieran violado o dado una paliza. ¡Virgen Santa! ¿Qué me ha hecho usted? –Respondió el paciente con el rostro apergaminado.

-Le he inducido a la hipnosis. Me ha contado quién fue en sus vidas pasadas.

-¡Wow! Eso es fascinante, doctor ¿y quién fui en el pasado? –Se interesó el paciente.

-Caballero –respondió severamente el psiquiatra. Eso no importa ahora. !Lo importante es quién va a ser usted en el futuro!

-¿A qué se refiere, doctor?, ¿está hablando de las próximas elecciones generales?, ¿acaso hay algo que deba saber sobre mi candidatura?

VINIERON DE DENTRO DE…

Parecía que estábamos ya fuera de peligro cuando, al pasar frente a la puerta de un gimnasio, los reconoció instantáneamente; corriendo en las cintas de “fitness” y observando, abnegadamente, los programas televisivos de sus pantallas, tratando de relacionarse sexualmente con las hembras presentes, preguntando abiertamente por las debilidades y fortalezas de sus adversarios, poniendo al límite sus capacidades físicas…

“– ¡Es como si estuvieran aprendiendo a ser humanos! – dije aterrado”.

Ursus, que había viajado por toda la galaxia y luchado contra indómitos alienígenas durante décadas, conocía perfectamente sus costumbres y formas de conquista planetaria.

–“Pronto será verano – me respondió lánguidamente–. El calor les volverá implacables, ¡la invasión es ya inminente, debemos ponernos en marcha!”.

KNOCKING ON HELL´S DOOR. DYLAN HEART

Tomándome un café hace algunos días, distraído en los vaivenes del bar donde me encontraba, acabé por interceptar una conversación entre dos chicos que, emocionados, reivindicaban la autoría del clásico “Knockin´ On Heaven´s Door” al errabundo cantante Axl Rose de Guns and Roses. Aquel comentario hizo pensar en lo ajenas que muchas canciones de Bob Dylan le son a su propio autor. Tuve la sensación de que, ciertamente, las dejaba sin terminar y que tal vez lo hiciera más consciente de lo que nos quiso hacer creer. Muchos de sus clásicos parecen las hijas de un padre ausente, de un progenitor desprendido que desea que otro se encargue de ellas.

Con la taza de café ya vacía concluí que seguramente hubiera un motivo explícito detrás de aquel extraño comportamiento; y la fascinante idea de que un autor como Dylan se quisiera deshacer de sus propias composiciones me trajo a la cabeza al actor Micky Rourke interpretando a Johnny Favourite en la película “El Corazón del Ángel” (Angel Heart) de 1987.

Me reconozco entre los que en algún momento de su vida han pensado que “All Along the Watchtower” era un tema de Jimi Hendrix, “Like a Rolling Stone” de Rolling Stones, “Mr. Tambourine Man” de The Byrds, “Highway 61 Revisited” de Johnny Winter, “I Shall Be Released” de The Band o “If Not For You” de George Harrison; así como “Country Pie”, “My Back Pages” o “Father of Night” de The Nice, Roger Mc. Guinn o Manfred Mann, respectivamente, y sin embargo soy consciente del enorme peso músico/social que significó -y significa- la trilogía formada por los discos; Bring It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y el celebérrimo Blonde on Blonde (1966), firmados todos ellos por un mesiánico Bob Dylan que, tan solo un año después de la publicación de éste último, desaparecería de la vida pública para recluirse en una granja de Woodstock (Nueva York). Allí, y junto a su familia, viviría austeramente, alejado de la movediza escena musical americana de los ´60, y deshaciéndose de su propio repertorio en huidizos discos country de autocomplaciente decadencia. Usó como excusa para el exilio haber sufrido un accidente de tráfico en Julio de 1966 y se quitó de en medio asegurando “haber visto la luz”. Un misterioso ardid que le evitaría, en lo sucesivo, cualquier halo de notoriedad a través de su música o su persona.

Fue justo a partir de aquel momento cuando comenzó a componer más diamantes en bruto. Manjares que otros extraerían, como cervezas de un cubo helado en una fiesta, para regocijo del público y las listas de éxitos. Una oscura e hiperbólica elipse que le convertiría en una suerte de imitador de su propio repertorio y en cuyo eje central se dibujaría la extraña figura de Robert Allen Zimmerman, alias Bob Dylan.

La trama adquirió interés cuando recordé una turbadora entrevista concedida por el propio músico hace ya algunos años. En ella afirmaba, con evidente congoja, que a día de entonces seguía pagando la enorme deuda derivada de un contrato suscrito con “el comandante en jefe de un mundo que no podemos ver”, con cláusulas tan antiguas como las que firmó el primero de los hombres. De ahí que un delirio me condujera al Fausto de Goethe que, a su vez, me hizo desembocar de nuevo en Angel Heart: La película en la que Alan Parker narra la recurrente historia de la venta del alma al diablo por artistas ávidos de lujuria. Enseguida columbré los inquietantes paralelismos entre Johnny Favourite (alter ego de Harry Angel en la película) y Robert Zimmerman (alter ego de Bob Dylan en la realidad).

Quizás Dylan también hubiera permutado su alma a cambio de la fama y la fortuna; y quizás también él, desde la atalaya de esa gloria ya disfrutada, hubiera tratado de eludir el pacto sin éxito. Como ocurriera con Favourite, Dylan, también habría sido descubierto por el implacable Luois Cypher (Lucifer), y en castigo a su esquizofrénica mise en escène, el demonio, le habría obligado a recordar su antigua deuda haciéndole sufrir un dramático descenso a los infiernos.

Para escapar del diablo, Johnny Favourite, se convirtió en Harry Angel: Un vulgar detective de poca monta que se debatiría agónicamente entre el evangelismo, el vudú y la apostasía en busca de refugio. No muy distinto a lo de Dylan, que desapareció del mundo (que es lo que suponía recluirse en su granja de Woodstock) convirtiéndose en un amnésico anónimo al que ya se conocía como a un “Judas” y cuyos devaneos con todas las religiones convertirían en un huidizo moroso. -El tipo de persona que tanto agrada al maligno y a quién suponen un estímulo extra-.

La traición de Harry Angel a todas sus amistades forma parte del oscuro encanto del personaje siendo su “alter ego”, Johnny Favourite, quién perpetrara las vilezas. Robert Zimmerman, por su parte, también decepcionó a sus admiradores, a sus líderes religiosos, e incluso a sus más generosos colaboradores musicales: The Band, estando detrás de todas las felonías su enmascarada segunda personalidad: Bob Dylan.

Durante toda su vida, Bob Dylan, ha tratado de deshacer el trato con Louis Cypher, atormentado, como todos sus antecesores, por el alto precio a pagar por algo tan vacuo y provisorio como son la fama y la fortuna. Al comprobar que su intento de burla al demonio había fallado recurrió al último arbitrio de los condenados: solicitar el amparo de otras deidades. Pensó que convirtiéndose al catolicismo y actuando ante el Papa podría acceder al indulto de su alma condenada declarándose, por fin, salvado.

-Sabéis que estamos viviendo los últimos días. Llegó a predicar durante la gira de su elocuente álbum Saved en 1979 y, tras citar la Biblia, añadió: -Echad un vistazo a Medio Oriente. Os avisé en “The Times They Are-a-Changin´”. Dije que la respuesta estaba flotando en el aire, ahora os digo que Jesús está de vuelta-. Concluyendo aquel sermón diciendo sentirse rescatado por la gloria de Dios, redimido, y lleno de gracia divina al grito de mil aleluyas que no evitarían que el nauseabundo olor a azufre del Infierno aún le envolviera la pituitaria.

Seguramente, tal y como sucede en el imprescindible film de Alan Parker, Bob Dylan no consiga nunca zafarse del sinalagmático acuerdo que suscribió con Louis Cypher, y que, todavía a día de hoy, sigue indeleblemente vivo. Incluso es posible que el propio Louis acabe por convocarle para ofrecer un último concierto. Un recital íntimo que ocurrirá en una amplia sala, donde un deleitado Cypher le esperará solo, sentado en una confortable butaca de terciopelo desde la que, acariciando la empuñadura de su elegante bastón de plata, se preparará para escuchar a su más escurridizo socio entonar, durante toda la eternidad, el estribillo de aquella canción en la que decía sentirse como llamando a las puertas, esta vez, del Infierno.

 

EL CLUB DE LOS 27: ¿Leyenda Urbana o Incógnita Posible?

Carmelo Hernández y César Espí

La muerte hace a penas unos días de Amy Winehouse (cuyo apellido traducido literalmente significa “Casa del vino”) ha vuelto a destapar una de las más inquietantes leyendas urbanas que, probablemente desde la celebración del Festival de Monterrey, sin duda la primera gran “mise en scene” del Olimpo musical de la segunda mitad del S.XX, en plena Summer Of Love, ha ido progresivamente cobrando carta de naturaleza dentro del continuo “casualidad vs maldición”, aunque para algunos solo se trate de un invento mediático sin mayor importancia.

Lo cierto y verdad es que el llamado “Club de los 27” sirve para denominar a un grupo
de influyentes músicos que murieron todos a la edad de 27 años, por diversas razones, pero todas ellas envueltas en un halo de misterio, cuando no maldición que todavía son objeto de análisis y estudio por muchos profesionales no solo del periodismo, sino también del derecho, la psiquiatría, la sociología…, etc. Algunos de sus más célebres representantes son Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison (The Doors), Brian Jones (The Rolling Stones) y Alan Wilson (Canned Heat). Las generaciones más recientes han conocido de la existencia de este club como consecuencia de la incorporación la mismo de Kurt Cobain (Nirvana) o la recientísima Amy Winehouse. Sin embargo, de alguna manera, el origen de esta maldición hay que buscarlo en su primer “socio”: Robert Jonson, el primer gran blues-man maldito, cuya vida podría ser el perfecto argumento para una película de David Lynch, a quien uno de los socios no-muertos el club, el enigmático Peter Green dedico una monografía integral de su obra que, unos pocos años después  Eric Clapton, aspirante en algunas etapas de su también azarosa vida a entrar en el Club, repitió casi miméticamente, probablemente para espantar el “mal 27”, quizás al recordar que al voltante de esa cifra, sufrió su primer exilio existencial crítico, que le mantuvo apartado durante tres años de la música y el mundo circundante.

Le hemos preguntado a la persona que probablemente más sabe de este inquietante tema. Cesar C. Espí, abogado, a la par que excelente músico y escritor, nos ha recibido en su estudio  y tras el inevítable té frio, con música de amueblamiento de uno de esos impresionantes músicos a los que nos estamos refiriendo, concretamente el album  “Electric Ladyland” de The JimiI Hendrix Exp. y justamente el corte “Voodoo Child” (Slight Return). Cesar nos traslada esta profunda reflexión sobre el “Club 27”: “La maldición que asesinaba a los músicos más procaces del siglo XX y que ahora parece seguir coleccionando almas en el XXI, no solo se ciñe a los manidos artistas del star-system clásico por todos conocidos. La leyenda va mucho más allá si nos adentramos en las vidas de los que siguen siendo referente inexcusable pero sin el parangón de la fama, cobrando el dato un sentido tan demoledor como inquietante. Nick Drake, influencia de todos los folkers modernos; Tim Buckley, padre del excelso Jeff Buckley, Chris Bell y Peter Ham atormentados creadores de la etiqueta “power-pop” o Graham Parsons, impertérrito cantante country-rock, también murieron a la infausta edad de 27 años. No obstante, si queremos morbo, los hubo que “murieron” a esa edad y continuaron vivos como personajes de un film de George A. Romero. Brian Wilson cumplía 27 cuando quedaba incapacitando mentalmente para abordar proyectos de envergadura. Peter Green, bluesman incomparable, correría la misma suerte en 1973, al igual que Robert Wyatt, el mejor batería del mundo, que quedaba confinado a una silla de ruedas por un accidente. Todos ellos son ahora epítetos de grandilocuencia que pocos conocen y que dan al Club de los ´27 la transcendencia turbadora que en estos días refresca la muerte de Amy.  Impactados, decidimos cambiar de tercio y darnos un tonificante baño a orillas del Mediterraneo, presididos por un horizonte que, como esta extraña historia, lleva ahí, siglos siendo testigo mudo de todo lo que sucede y nos rodea.

DISCOS CONCEPTUALES (AUGE Y CAÍDA)

Cuando se habla de un disco conceptual a todos nos embarga una sensación de gran intelectualidad.  Quien los compone se posiciona como un músico muy capaz -comprometido con el arte- y quien los escucha siente la necesidad de atusarse el bigote, beber liquidos de cien colores en deformadas copas y leer a Kafka.

La mayoría de ellos son una insufla pretenciosa y pretendida. La idea del disco has de creerla porque el artista quiere, las canciones son retales compuestos por separado y el hilo conductor no conmueve la historia, no obstante, existen obras realmente grandilocuentes, acertadas en su contexto y cargadas de un sentido mágico.

Durante los ´70 fueron muy populares. Aquella fue una época en la que el oyente hacía un esfuerzo positivo por entender al artista, se vendían discos que se deglutían con ansia y, en definitiva, había una sana rivalidad entre músicos por alcanzar elevadas cotas de genialidad sin esperar grandes cheques a cambio.

Un repaso por lo mejor y lo peor del género da a entender por qué se ha abandonado esta curiosa forma de arte.

La primera obra conceptual fue aquel SF Sorrow de Pretty Things, amen del Sargent Peppers de los Beatles, una banda inglesa que prácticamente solo hizo esto como destacable. Un disco disfrutable de pop-rock psicodélico del año ´68 basado en la vida un personaje ficticio, Sebastián F. Sorrow. Pete Townshend, compositor de The Who, cogió la idea y abrió el mercado de lo conceptual con el eterno Tommy un año después, éste disco, por momentos ingenuo, es equilibrado y realmente efectivo además de estar diseñado de un modo casi operístico, algo que inflamó la imaginación de los músicos dedicados al rock progresivo que pasaron a hacer art-rock o rock sinfónico en lo sucesivo.

Las canciones de Tommy se pueden escuchar de un modo muy natural, dejándote mecer por la trama de aquel chico sordo, ciego y mudo que era la quintaesencia del pinball. Al parecer su filosofía fue tan sobrecogedora que incluso fue aclamado por religiosos y gente de la cultura denominada “seria”. Townshend repetiría la jugada con Quadrophenia en 1973, otra deliciosa obra en formato operístico a cerca de un mod inadaptado y su compleja vida suburbial. No tiene la frescura de Tommy, es un disco mucho más oscuro y duro pero la banda que conformaba The Who en aquella época era tan poderosa que cualquier cosa que tocaran hacía que se te pusieran los pies para atrás. Solo por “The Rock” ya merece la pena tener el disco.

El cénit del genero lo alcanzaron Pink Floyd con The Dark Side of The Moon, disco con el que se suele descubrir si lo tuyo es la música o no. Está lleno de matices, mensajes semiocultos, emociones tremendamente bien tratadas y un discurso existencial sobre la vida, la muerte, la locura, la agresividad y la codicia. Una obra realmente evocadora y que es, en definitiva, una oda al ser humano y su ambigua condición. El disco se mantuvo milagrosamente durante 13 años en las listas de éxitos de medio mundo, algo tan asombroso e incomprensible que solo se entiende si se analiza que el interés que ha despertado durante generaciones se debe a la empatía inmediata que despiertan sus textos y su música, además de conseguir una exquisita simpleza en su totémica complejidad. Escuché este disco en vinilo con 15 años de edad y después deseé no haberlo vuelto a hacer nunca, de este modo hubiera conservado siempre la impactante sensación que tuve aquella primera vez. La profundidad y desgarradora fuerza de “Eclipse”, última canción del disco que sirve como epílogo de lo que se ha manifestado en los anteriores cortes, resulta tan espiritualmente evocadora y musicalmente hermosa que, cuando una “voz en off” remarca la esencia final del disco -there is not dark side in the moon, really as a matter of fact there is all dark- te sientes terriblemente humano.

Pink Floyd hicieron muchas más obras del estilo pues casi todos sus discos son de temática conceptual. Wish You Where Here, es un canto a la locura de su malogrado primer guitarrista (Syd Barret). Animals, se basa en una fábula de George Orwell (rebelión en la granja) y The Wall ahonda en las represiones fascistas y la política como medio de control de masas a través de Pink, su exiguo protagonista. Pink Floyd es y será una banda realmente imprescindible porque, a diferencia de sus coetáneos, ellos eran músicos sin virtuosismo que supieron plasmar sus ideas de un modo comprensible y cercano a todos (intelectuales y hooligans).

Por otra parte, los albumes concepto de temática “glam” fueron The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars de David Bowie, Goodbye Yellow Brick Road y Madman Across The Water de Elton John. Ambos se apuntaron a la moda para ampliar su público y lo consiguieron pese a que estos discos han terminado siendo más de culto siendo los tres absolutamente fantásticos. El primero basado en una estrella del rock sideral ahogado en su propio éxito, el segundo, mucho menos conceptual, es un disco basado en unas letras sofisticadísimas sobre personajes y vapores de los años ´30 y ´40. Madman Across The Water, en cambio, es un disco muy lírico dedicado a los desmanes políticos de Richard Nixon. Todos ellos son las obras cumbres de sus creadores y son disfrutables de principio a fin.

Los grupos progresivos de la época, como es natural, quisieron también facturar sus creaciones temáticas. Pese a que In The Court Of Crimson King de King Crimson se considere uno de ellos, la idea en sí no se sostiene, no obstante, la atmósfera obscura y envolvente del disco, junto con unas letras tan hirientes como hermosas, lo convierten en una disparo al centro de la imaginación de una exquisitez supina.

Jethro Tull, el grupo del alucinado flautista Ian Anderson, realizó dos que han permanecido como clásicos del género pese a ser más indigestos que la flauta de su cantante. Tick As a Brick, falsamente basado en el relato subversivo de un niño pasado de vueltas y A Pasión Play, del que no se sabe muy bien su temática. Son densos manifiestos de lo que hubo en la época, discos con dos únicas canciones de más de 20 minutos, centenares de solos, complejísimas partituras, estructuras musicales imposibles y, a la postre, solo un ejercicio de onanismo musical apabuyante y prescindible. Después de estás dos obras,Ian Anderson perdió la creatividad tan aceleradamente como su pelo.

Yes, tal vez el grupo más inquietantemente famoso de la historia de la música junto con Steely Dan, hizo varias. Close To The Edge. Su canto de cisne, un disco complicado pero fabuloso y Tales Of Topographic Oceans, del que se dice que ponen a los presos de Guantánamo a todo volumen para obligarles a confesar las atrocidades más inimaginables, un desmadre que provocó el inicio del declive conceptualístico y sinfónico. El remate lo pusieron E,L&P con aquel delirio absurdo que fue Love Beach.

Por su parte, los antes citados, Emerson, Lake and Palmer, que fueron quienes llevaron al género sinfónico a la cúspide en el año 1974 con el enorme y celebérrimo Brain Salad Surgery, se encargaron de asesinarlo, en adelante, con obras que olían a muerto y luchas intestinas como Works I y II o el citado Love Beach.

Mejor calidad tienen Camel con The Snow Goose, similar en su elaboración a Dark Side Of The Moon, sencillez, cercanía y emoción. Es un delicioso disco instrumental, basado en un relato de Paul Gallito, que ha envejecido mal pero que es exponente de aquel rock de canterbury tan injustamente apartado.

Genesis, por su parte, colaboró con The Lamb Lies Down On Brodway, un disco terriblemente difícil con algunas piezas sobresalientes. El concepto es imposible de descifrar, se basa en algún brote esquizofrénico de Peter Gabriel y mezcla futurismo, aberraciones lovecraftianas, transmutaciones y mil disparates más, no obstante, es una obra altamente gozosa y admirablemente compuesta.

Una especial mención merecen las obras dedicadas al diablo, mis favoritas, por otra parte.

A finales de los ´60 y durante todos los ´70 se generó un sorprendente interés por el maligno, sectas asesinas como las de Manson (en cuyas filas llegó a estar Denis Wilson, batería de Beach Boys), comenzaron a proliferar. Un resucitado Aleyster Crowley, el último brujo, se paseaba por los discos de artistas como Beatles, Led Zeppelin o Black Sabbath y el cine reflejaba cada vez más el tema en sobrecogedoras películas como la “Semilla del Diablo”.

Definitivamente muchos músicos sucumbieron a la posesión, algunos de ellos solo por mero maketing como Black Sabbath, y otros realmente entregados a lo demoníaco. A partir de los ´80 el diablo se interesó más por Wall Street y para el 2000 perdió el interés completamente por la música comenzando a frecuentar políticos, para gran decepción de sus devotos más tradicionales.

Fueron Aphrodite´s Child quienes estrenaron el género pues grabaron 666 (el Testamento según San Juan) en 1969, prohibiendo la discográfica su publicación hasta el año ´72. Es un disco lisérgico y tremendamente divertido del que Demis Russos y Vangelis aún deben estar recuperándose. Contiene fragmentos bíblicos, todo el asunto de los sellos, el Cordero de Dios y una suerte de exorcismo de 20 minutos en “all the seats were occupied”, demoledora pieza final del álbum. Este disco es tremendo de cabo a rabo y una rareza descomunal por lo antagónico de su música antes y después del íncubo, dado que, en lo sucesivo, Vangelis se subió a una torre de sintetizadores, a cual más robótico, para mitad de la década de los ´70 y ya solo le faltaba levitar para perder todo el contacto con la realidad. Por su parte, a Demis Russos, le dio por cantar nanas y aburrirse enormemente.

Black Sabbath, engañaron a todo el mundo con su primer disco homónimo, no obstante, sigue tan vivo a día de hoy que solo puede ser obra del diablo. El asunto satanista no se lo creían ni ellos, de hecho, en discos posteriores, pese a toda la pompa diablesca de las portadas, llegaron a tener canciones con letras que parecían sacadas de la hoja parroquial.

Al igual que Sabbath, la leyenda sobre el satanismo de Led Zeppelin fue solo una campaña de marketing muy bien urdida, en realidad, todos menos Jimmy Page y más por curiosidad que por otra cosa, eran buenos chicos que tomaban su te a las 5 de la tarde como todo el mundo. Su Led Zeppelin IV o Four Simbols, es un disco concepto en el sentido de la simbología rúnica que presentan, un símbolo que les definía a cada uno como músico y persona. El propio disco, incluyendo la embrujada Stairway To Heaven, está dedicado a la naturaleza y a una épica al estilo del Señor de los Anillos…Nada de sangre para acompañar la carne los niños que todos pensaban que se zampaban.

De toda esta caterva de demonios de bazar chino, algunos dan realmente miedo. Este es el caso de Coven, un grupo americano que fue despedido de su discográfica por incluir en un disco una misa negra con instrucciones en el libreto del disco para seguirla correctamente. El disco en cuestión “Witchcraft destroys minds and reap souls” es una obra dedicada al diablo de un modo muy peculiar, blues rotos, voces arenosas, riffs trágicos y la voz solista de una chica que no te llevarías nunca a la cama. He de confesar que tuve muchos reparos en escuchar la misa negra, “satanic mass”, al principio pero, una vez que lo haces ya no puedes dejarla. En el año 1970, en un mundo en que la minifalda llegaba hasta las rodillas, llevar patillas era de comunistas y el sentido discurso de paz y amor inundaba los corazones de todos, estos tíos andaban por ahí chillando Hail Satán! enloquecidamente en un disco. Realmente atómico, no solo por el sentido del salmo sino por el valor de hacer esto en la convulsa Norte América de principios de los ´70, donde se quemaban discos solo por incluir malsonancias. Seguramente el aquelarre no haga aparecer al señor de las tinieblas, pero te puede hacer reír mucho si lo pones a todo volumen unos minutos antes de que unos testigos de Jehová toquen a tu puerta.

Otra banda ocultista fue Black Widow. Estos no eran más que una banda mediocre de rock progresivo que no se comió ni un colín pero que interpretaban rituales satánicos en plena escena. Tipos con espadas intentando degollar vírgenes, collares de calaveras, velas, bichos muertos, en definitiva, toda la parafernalia de Belcebú y Co. en directo mientras ellos tocaban cualquier cosa que diera miedo. Al parecer llegaron a colaborar con Alex Sanders (el rey de los brujos) un tipo escalofriante con un bagaje terrorífico a sus espaldas, esto los alejó de grandes públicos y acabó con su carrera, actualmente sería como si Sandro Rey apareciera en los títulos de crédito de tu disco, antes daban más miedo, eso es seguro. Su disco de referencia, Sacrifice, es un collage entre Stonehenge y la cultura pop.

Volviendo ya a la normalidad, existen otros discos conceptuales fantásticos como Joe Garaje de Frank Zappa, Moody Blues con su Days of Future Passed y la dramática Nights in White Satin. Uriah Heep con Demons and Wizards o The Magicians Birthday, The Kinks con Arthur, Rush con el decepcionante 2112, Alan Parsons con la adaptación fofa de los cuentos de Poe en Tales of  Mistery and Imagination o Mike Oldfield y su ultra amortizado Tubular Bells.

Una cosa que pocos saben es que Frank Sinatra grabó varios conceptuales, desde los ´50 hasta bien entrados los ´70, algunos muy difíciles de conseguir y de una enorme calidad musical y humana.

De los ´80 en adelante el género cayó en desuso y actualmente es solo una reliquia de museo. Algunas bandas muy aviesas, como los barceloneses Standstill, realizaron un disco triple, “Adelante Bonaparte”, jugándosela muchísimo. El disco cuenta una historia circular, excesivamente pretenciosa a mi modo de ver, sobre la vida y la muerte desde el punto de vista de K, un personaje ficticio que aparenta ser su cantante. Los suecos Sigur Ros también han empleado el recurso como elemento para hacer su música más profunda pero, en definitiva, el asunto conceptual está perdido, principalmente porque los clásicos del género pusieron el listón excesivamente alto y porque la fiebre del compromiso cultural entre el músico, su obra y el público ya no tiene la conexión sesuda que tenía antaño.

A pesar de todo, los temas siguen ahí, se puede hablar de la vida secreta de las plantas como hizo Stevie Wonder y ponerle nombres de flores a las canciones sin más o leerse las Mil y una noches y hacer todo un disco dedicado al tema como hicieran Renaissance en Sherezade and Other Stories. Tal vez el disco conceptual más fabuloso de todos los tiempos. Una obra enorme, con alusiones directas a Romski Korsakov, tan magnificamente compuesta e interpretada que asombra su desconocimiento popular. Su cantante, Annie Haslam, alcanzaba cinco octavas de rango vocal, algo que al servicio del rock, es un arma de emoción masiva.

Mientras haya músicos con cultura habrá obras conceptuales, siempre que no se pasen los límites como hicieran Los Canarios en 1974 con aquella aberración que fue “Ciclos”, un disco doble que emulaba las cuatro estaciones de Vivaldi y que les costó salir a pedradas de más de un concierto. A Teddy Bautista debieran haberle puesto como agravante haber hecho este disco en el juicio contra la SGAE.

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