EL ABUELO NO MURIÓ DE VIEJO

Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Crucé el pasillo hasta el dormitorio, con la cara pintada y el disfraz de camuflaje de papá. Entreabrí la puerta y allí estaba, durmiendo, el pelo blanco resinoso esparcido sobre la almohada como una aureola y la boca, desdentada, entreabierta. Su pecho, al respirar, se movía tan suavemente bajo la sábana que apenas si se percibía; tanto, que podría haberse dicho que ya estaba muerto. Le disparé, y el corcho le rebotó en la frente. “¡Tú la llevas!”, –grité, y corrí a esconderme–. Seguramente murió de viejo pero no le digas a la mamá que estuve anoche en su habitación.

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LAS PRIMERAS VECES

Salió, sigilosa, a estirar las piernas con la cara enmascarada en sus largos bucles dorados y la mirada vigilante de quien se esfuerza en mostrar grandeza, cuando lo que siente es incertidumbre. Era la cuarta vez que ocurría aquella semana y ya empezaba a sentirse extraña. No bebía ni fumaba, algo inusual en personas de hombros débiles, pero, en aquellos momentos, necesitaba saber, como nunca, lo que se sentía al mirar al abismo a los ojos. La sirena sonó, y con la hiel aun rompiéndose en sus labios, recompuso los jirones de su uniforme con urgente necesidad y se encaminó, de nuevo, hacia su aula.

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CÓMO SER GATO ETERNAMENTE

Y regresé al cielo dispuesto a empezar de nuevo. “El tobogán” (como se conoce allí al juego) es parecido a una atracción acuática, solo que al caer no hay agua sino vida. Durante el descenso todo resulta fortuito. Nada de predeterminismos ni de dioses entrometidos. El tiempo, el espacio y el destino se mezclan naturalmente y solo hay dos reglas para comenzar: No se recuerda nada del juego anterior, y se elige el personaje del siguiente si no se superan los quince años de vida.

¡Otra vez me tocaba elegir!… Me senté en “el tobogán”, cerré los ojos, salté y grité: -¡quiero ser un gato!

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EL GRAN AÑO DE ANTONIO

-¡Nuestros mismos ojos, mirando hacia el futuro y unidos en una sola voz! –comenzó diciendo el candidato, y el clamor del público que asistía al comicio hizo reverberar, de exaltado fervor y esperanzadora calidez, las consciencias de todos los asistentes al evento.

– ¡Es tiempo de cambio!… ¡es vuestro tiempo! -continuó discursando con un verbo tan inflamado que provocó que las mujeres le miraran con pélvica picardía y los hombres con ínclito respeto. Este iba a ser, sin lugar a dudas, el año de Antonio. Resultón, separado, agente de seguridad en unos grandes almacenes del extrarradio y ahora, al fin, también presidente de su escalera.

LA MALDICIÓN DEL PASTOR DE PIANOS

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola. La fabulosa cosecha de aquel año llenaría los conservatorios y los ávidos bolsillos del pastor. Su empleado, un joven de nombre Orfeo, se encargaba de extraerlos de la tierra, afinarlos y hacerlos sonar, temperamentalmente, en temporadas soleadas y con lastimera languidez en estaciones lluviosas.

Un aciago día, el chico, se sentó ante aquel majestuoso piano, pero no le arrancó una sola nota, turbado, se dirigió hacia el agujero del que éste había emergido y al asomarse, un calor infernal le abrasó el alma ante la horrorizada mirada del pastor, que veía como otro ayudante suyo era engullido por el Hades.

MIEL, HIEDRA Y PLOMO

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos del cajón que extrajo intuitivamente.

-Un día el demonio te va a llevar, ¿lo sabes, verdad? –dijo ella con tensa indiferencia y sin apartarle la mirada un instante.

-No me importa, cariño –replicó él con la misma indolencia en lo que colocaba un par de platos sobre el mantel arrugado. Seguramente nos veremos en lo profundo de su olla al poco rato… ¿Crees que nos dará tiempo a cenar? –preguntó devolviéndole la mirada.

-No creo –respondió ella observando una puerta de madera mal cerrada al otro lado de la estancia. Debe haber una veintena, si no más, ahí fuera y no tardarán en entrar aunque siempre fue de justicia un último bocado…hasta para los más despreciables, ¿no te parece?

Él agarró una silla desvencijada y se la ofreció con acertada galantería. Tenía la facultad de convertir situaciones, por vulgares que fueran, en mágicas ensoñaciones y, de nuevo, había conseguido que una descarga natural de infantil sonrojo le recorriera la columna.

-¿Te gustaría decirme algo? –murmulló ella ofreciendo una sonrisa cómplice que intuía una deseada respuesta.

Él no dijo nada, le devolvió la sonrisa y, acercándola dulcemente a su pecho, la besó en los labios mientras la puerta de madera se abría con estrépito y en sus salivas se mezclaban, por última vez, la miel, la hiedra y el plomo…

ASESINAR A SERRAT

Y así, tontamente, acabé pegándome un tiro. Había esparcido partes de mí por todo el lugar en lo que representaba un dramático desastre adolescente: Mi dignidad había quedado incrustada sobre la barra del local, los que parecían ser mis sueños se derramaban sobre un viejo póster de Serrat, y algo similar a mi corazón salpicaba las fotos que alguien había tomado por sorpresa a los que fueron antes de mí.

Mis demonios irrumpieron por la puerta minutos antes y con sus gargantas empapadas en licor me abuchearon:

-¡Hazlo de una vez, eres patético!

Me levanté obnubilado, subí al escenario y asesiné Mediterráneo delante de todo el karaoke.

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