RUIDO BLANCO

Llevo más de cinco minutos esperando en la cola de la caja de este supermercado y esto no parece que vaya a avanzar en los próximos cinco siguientes. ¡Un total de diez minutos desde que he entrado aquí! ­Se supone que alguien con los estudios mínimos debe velar porque estas situaciones no se den. Estoy perdiendo la paciencia y cada maldita persona que puebla este espacio me da asco. La luz artificial me está poniendo enfermo y ni siquiera huele mal. ¡No huele a nada! Es como estar en el último pasillo del último piso del edificio más recóndito del planeta – Pensé sabiendo que aquello acababa de empezar.

Era media tarde del lunes y para ahorrar tiempo debía ir al supermercado de al lado del trabajo para comprar detergente. Los lunes se hacían realmente duros cualquier semana del año pero solían ser aún peores si tenía que obligarme a ir a algún lugar que estuviera poblado de personas. Todos los lugares infestados de gente a media tarde son una agonía y el peor de todos es, sin duda, un supermercado.

Desde donde estoy encuadro perfectamente al guardia de seguridad como si fuera un adorno mugriento de bienvenida. Me encantaría que ese cretino se pudiera ver desde donde yo estoy. Se iba a llevar el disgusto de su vida. Con la pinta de jugador de tragaperras impotente que tiene y esa barriga de fracasado que le cuelga. Es como si no se hubiera mirado a un espejo en su vida. Apuesto a que si los niñatos que revolotean por los licores quisieran robar todas las botellas de alcohol podrían hacerlo sin esfuerzo porque este tío no iba a mover un dedo. Me lo imagino con la cabeza incrustada en la montaña de panetones de la puerta al tratar de detener a los chavales como un perro fofo tras un balón de fútbol. ¡Hay que ser imbécil! Pero aun peor es el tipo que lleva al niño metido en el carro de la compra. Con la cara de tonto que tiene a ese crío le espera un infierno en la pubertad. Estoy seguro de que su mujer le pone bien los cuernos… Eso es seguro. Mientras el atontado está aquí con el crío, ahí andará la otra en su casa dale que te pego con el vecino. El mismo que coincide siempre con ella  en el ascensor. Mientras el desgraciado está viendo el fútbol con su banderín de mierda llorando penaltis. ¡Uy! !Ay! Y su mujer está en casa del otro gimiendo sin descanso las mismas onomatopeyas. ¡Es que se ve nada más mirarle! Si todo me diera igual iría y se lo diría en la cara.

No era necesario vivir más tiempo aquella situación. Me sentí valiente y traté de salir de allí cuanto antes.

-Perdone señorita. -Dije en tono amable a la cajera encaramándome desde la cola. ¿Es que no van a abrir la otra caja, en esta tenemos para un buen rato, no le parece?

La cajera me ignoró y siguió despachando los artículos que extraía de una cesta de plástico que llevaba una pareja como si los sacase de la chistera de un mago. Al poco reaccionó, alzó la mirada hacía la zona de los cosméticos que se encontraba enfrente, y dejó un instante de aplastar mecánicamente unas rígidas botellas de tónica sobre el lector de productos. Se ausentó treinta segundos para preguntar de mala gana por su compañera al oriundo encargado de seguridad, quien, a su vez, tardó otros tantos en reaccionar y poner en marcha su particular dispositivo de búsqueda. Tiempo suficiente como para que la pareja de usuarios premium de tónica Schweppes consideraran aquello una falta grave.

– ¡Señorita! Cacareó con tono serio el cliente frotándose la nuca. Un tipo dolorosamente calvo, de unos cincuenta años, y premium también de Ralph Lauren. – Estas bolsas que venden ustedes son ínfimas. ¡No cabe nada! Fíjese, apenas nos entra la leche y dos cosas más y ya se han llenado.

– Apunte, Apunte. Apostilló a continuación la mujer que le acompañaba. Una señora de aspecto engañosamente frágil  y más joven que su él. – !Déjeselo apuntado a su encargado! Dijo mientras trataba de encajar pretendidamente mal un paquete de huevos dentro de un hueco inexistente de una de las dichosas bolsas. – ¡A buen precio las cobran ustedes luego, eh!. !A buen precio! Recalcó la mujer desahogando una conclusión que parecía estar allí presente en la mente de todos.

Sin apenas darnos cuenta, una nueva cajera llegó y se instaló en la caja de al lado. La chica parecía extasiada por la enorme cantidad de público presente en la cola. Se la veía casi actuar. Entró en situación como una actriz de teatro, parecía haber cambiado las tablas del escenario por las cajas registradoras.

Refunfuñé con ansiedad ante el panorama que me estaba tocando vivir. !Encima se quejan! Me detuve en observar al hombre cincuentón de las tónicas. Era un paleto venido a más. Lo imaginé en nochebuena, dándole la brasa a toda la familia con sus recetas de éxito. Debía ser de los que se piensan que el mundo es una enorme barra de bar llena de copas servidas solo para él. Menudo cretino. Su acompañante, además, era ya una mala pécora. De esas que se quejan por deporte. Seguro que también le pone los cuernos – Presentí en mi refugio mental.

– Pasen por orden de cola, por favor. Interrumpió la cajera recién llegada empleando el tono de una azafata de vuelo.

Durante unos segundos de confusión nos reubicamos todos en las dos cajas de un modo que habría dado una tesis a un sociólogo y en revuelo observé que el sujeto que pasaba ya su compra por la cinta era luis. Un viejo amigo del instituto. En aquellos años lo llamábamos el “monohuevo”, y verlo de nuevo me resultó inquietante. A simple vista era un personaje de un cómic de Mortadelo que había cobrado vida. Unos horrorosos zapatos italianos de color blanco que adelantaban unos pantalones con más de mil lavados. Un enorme cinturón de hebilla que encerraba como podía una camisa abigarrada. Un pelo con truco en las entradas y una cara, tan abotargada y bronceada en pleno Diciembre, que hacían que confiar en él fuera una imprudencia suicida. Su aspecto, en definitiva, era delirante… Alienígena… Extraterrestre… Era un replicante.

Por otra parte, su compra tampoco defraudó. Vino del malo, un sin fin de mierda repelentemente anunciada en televisión. Gomina Giorgi, queso Camembert y media docena de congelados de marca blanca. Desde ese momento, el “monohuevo”, era también el rey de la serie media intergaláctica.

El contacto fue imprudente y, como no podía ser de otro modo, en el momento peor. Pagó su compra mientras yo lo ojeaba tan de refilón que podría habérseme desprendido la retina. Parecía que se marchaba pero se volteó por algún motivo inexplicable y nuestras miradas se encontraron. Error mío.

-¡Ismael!, ¡canalla! Gritó con el cuello torcido sobre su tronco y a un volumen afín a su compra y aspecto… Desproporcionado. Le respondí tratando de ocultar la profunda vergüenza que estaba sintiendo y esperó por mí a que pagara como un cobrador del frac que ha perdido la piedad por la dignidad ajena.

Su nombre era Luis Romero, era de Murcia, y debía hacer más de diez años que no nos veíamos. Durante la siguiente media hora no dejó de ponerme al día de los asuntos más intrascendentes, como si en su condición de alienígena tuviera la necesidad de transmitir experiencias a otro ser de su especie.

Presté la atención más básica que puedo conseguir sin ser maleducado y durante la conversación recordé el mito de su mote. Con quince años, Luis, fue un día al baño durante un recreo y salió de él gritando que le faltaba un testículo ante el estupor de un centenar de personas. Después se supo que se había comido un buen pedazo de cannabis que algún malote le dio diciéndole que era chocolate Valor. Se le fue tanto la olla que tuvo la sensación de que le menguaban los genitales mientras orinaba. Lo peor de todo fue que, tiempo después, supimos que su abuela le practicó una lavativa casera y estuvo ausente del instituto varias semanas. El mote de “el monohuevo” aún resuena en las paredes de aquel centro junto con generaciones de carcajadas.

– !Tío! Dijo Luis cogiéndome del hombro con fuerza y marcando su acento murciano. ¿Tú sabes algo de la gente? Por lo menos más de diez años que no los veo, el año pasado vi a Carlos, el que curra en el aeropuerto. ¿Tú qué estás haciendo ahora, a qué te dedicas? Tienes pinta de casado ¿Te has casado ya?

– Trabajo en un estudio de arquitectura. Le respondí en tono triunfalista. – Me casé con una chica de mi pueblo, Mónica, y vivimos juntos en el centro desde hace cinco años. De la gente no sé nada yo tampoco. ¿A tí cómo te va?

– !A mi muy bien! Trabajo de comercial en una empresa de calzado aquí cerca. Estoy soltero. Yo paso de casarme y de rollos de esos, ¿tu sabes la de tías que te puedes ligar en las redes sociales, tío? Hay miles desesperadas por conocer a alguien y las hay de todo tipo, hasta casadas que están ya aburridas de todo y quieren que alguien les recuerde lo que es tener veinte años otra vez. Tú ya me entiendes, ¿no? – Me contó con la sinceridad que emplearía un tonto.

Luis detalló cada chica que había conocido en una decena de redes sociales durante años de lívido desatada. Sus nombres, sus medidas e incluso la lencería que usaban cuando conseguía llevárselas a la cama. Mientras él me hablaba, yo me fijé distraídamente en un señor mayor situado cerca de nosotros. El hombre recibía instrucciones precisas de su mujer en un círculo de bolsas llenas de compra. Ella le hablaba alto, y era evidente que, debido a su avanzada edad, el señor tenía las capacidades justas de entendimiento y la movilidad de un reptil decrépito. Parecía que hubieran olvidado algo y para hacer la operación más ligera, fue la mujer -aparentemente más ágil- la que regresó a la jungla de artículos a rescatar el conveniente producto, dejando al abuelo encargado de las bolsas. El viejo puso todos sus sentidos en alerta de un modo casi circense. Se encogió de hombros, hinchó el pecho, y adoptó porte de soldado de infantería retirado. Parecía que fuera a desfilar en aquel mismo momento si  alguien le entregaba un fusil. Algo que no evitó que se la apareciera la Virgen a un mendigo que merodeaba en la puerta del establecimiento.

– ¡Eh, oiga, que le roban! – Grité apartando a Luis que se giró como dando un paso de baile. Los dos nos apresuramos a detener al ladrón que ya emprendía la huida mientras el anciano miraba a cualquier sitio menos donde debía. El chorizo se escurrió entre los vehículos aparcados frente al establecimiento y en segundos ya se había esfumado. Luis saltó detrás de él y le perdí la vista enseguida. El revuelo en la puerta del supermercado era notable. Comentarios, indignación, solidaridad apresurada. La humanidad de un minuto. Mientras tanto yo me dirigí hacia el anciano y traté de tranquilizarle. El hombre parecía temer más el momento en que su mujer irrumpiera en escena que el hecho de que le hubieran robado la compra.

– ¡Sinvergüenzas! !Ratas!! -Gritaba el viejo con el semblante lleno de odio y la mirada ahogada en la inherente frustración. Entretanto, en el suelo, y como consecuencia de estrépito organizado, distinguí una cartera. Era la de Luis. Lo supe porque una mujer me lo dijo señalándola con el dedo. Se le había debido escurrir del bolsillo al emprender la persecución con el ladrón. La tomé con mis manos del suelo, estaba abierta y pese a que no fue mi intención, pude ver como la foto de una mujer sobresalía de entre los bultos que había dentro de la billetera. Sentí un pequeño escalofrío en la espina dorsal que contuve con hermetismo y que se desvaneció justo cuando un reaparecido Luis la agarró bruscamente de mis manos cerrándola de un golpe.

– ¡Pensé que me la había robado el mendigo, qué alivio, tío! – Dijo exhalando todo el aire que traía en los pulmones.

Aunque confuso, me concentré en consolar al pobre hombre que estaba recibiendo una espectacular bronca por parte de su mujer. La señora había aparecido de entre el tumulto blandiendo un fuet con una mano. Si hubiera habido una cámara filmando ese momento, detrás de ella, hubiera estado el gran Luis Berlanga.

Pasado el elemental revuelo todo volvió a la normalidad. Luis y yo nos despedimos con pretendida emotividad que hizo más creíble el calor del momento. La adrenalina que aún recorría las arterias de mi corazón se licuó en la rutina del regreso a casa. Estúpidos cruzándose a toda velocidad en las rotondas, un millón de vueltas a la manzana buscando aparcamiento y el repugnante sonido de las maquinas excavadoras que empapaba mi barrio por la gentileza desprendida de Telefónica.

Estaba deseando ver a Mónica. La quiero por muchas cosas, pero por encima de todo, por su inagotable empatía. Tuve que subir andando los cuatro pisos que llevan a nuestra residencia porque el ascensor seguía averiado. Fue como volver a presenciar la escena del robo en el supermercado, al menos en lo tocante a la tensión arterial. Abrí la puerta y saludé mecánicamente como hacían los maridos cliché de los años cincuenta. Al segundo supe que se encontraba en la cocina, como casi siempre, escuchando la radio, limpiando, ordenando cosas o preparándose un sin fin de tupperwares con los que se acabaría el hambre en El Tobo. Le di un beso corto y me interesé por su día perezosamente. Mónica cogió un paño de cocina que había sobre la repisa, me miró como si el gesto se le hubiera mimetizado con la tela arrugada de la bayeta y me dijo – La gente da asco. Con la misma desgana que imprimí yo al preguntarle.

– !A que sí! Le respondí arrebatado por el conjuro mágico de sus palabras.

Ese era el mejor momento de cada día. Mónica y yo nos drenamos el veneno acumulado bajo la piel de nuestras propias frustraciones cada día justo antes de sentarnos a ver la tele. Un juego que había empezado como un recurso, siguió como un vicio, y continuó como una necesidad.

– ¿Sabes a quién he visto hoy en el supermercado? ¿Te acuerdas de que una vez te conté la historia de un imbécil al que llamábamos el “monohuevo” en clase? Pues me lo he encontrado en la cola del supermercado esta tarde. !Menudo imbécil! Va vestido como un garrulo y dice que no para de ligar y de tirarse tías por las redes sociales. Solteras y casadas aburridas – Le dije haciendo aspavientos con las manos, y sin poder acabar la frase sentí un pequeño escalofrío en la espina dorsal que contuve con hermetismo y que se desvaneció justo cuando Mónica me agarró bruscamente de las manos cerrándomelas de un golpe.

– Hoy no tengo ganas de criticar a nadie, Ismael. ¿Has comprado el detergente? Me respondió contundente con una mirada que no reconocía. La sensación, que aun me recorría la espina, me subió a la cabeza y me hizo sentir mareado. Ella se dio la vuelta, dejó aquel paño sobre la repisa, y se marchó de la cocina sin esperar mi respuesta. Me dejó solo, con la radio, mientras el locutor pregonaba sobre las mentiras de un político a punto de ser imputado en un delito grave. Las máquinas, que aun rugían en la calle, levantaron el tono y ya solo se oía un ruido incómodo. Monótono. Indolente. Un ruido blanco como el que hace una lluvia amorfa cayendo sobre un tejado de lámina. El ruido que provocaba el recuerdo de la foto de Mónica en la billetera de Luis.

Anuncios