MIEL, HIEDRA Y PLOMO

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos del cajón que extrajo intuitivamente.

-Un día el demonio te va a llevar, ¿lo sabes, verdad? –dijo ella con tensa indiferencia y sin apartarle la mirada un instante.

-No me importa, cariño –replicó él con la misma indolencia en lo que colocaba un par de platos sobre el mantel arrugado. Seguramente nos veremos en lo profundo de su olla al poco rato… ¿Crees que nos dará tiempo a cenar? –preguntó devolviéndole la mirada.

-No creo –respondió ella observando una puerta de madera mal cerrada al otro lado de la estancia. Debe haber una veintena, si no más, ahí fuera y no tardarán en entrar aunque siempre fue de justicia un último bocado…hasta para los más despreciables, ¿no te parece?

Él agarró una silla desvencijada y se la ofreció con acertada galantería. Tenía la facultad de convertir situaciones, por vulgares que fueran, en mágicas ensoñaciones y, de nuevo, había conseguido que una descarga natural de infantil sonrojo le recorriera la columna.

-¿Te gustaría decirme algo? –murmulló ella ofreciendo una sonrisa cómplice que intuía una deseada respuesta.

Él no dijo nada, le devolvió la sonrisa y, acercándola dulcemente a su pecho, la besó en los labios mientras la puerta de madera se abría con estrépito y en sus salivas se mezclaban, por última vez, la miel, la hiedra y el plomo…

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ASESINAR A SERRAT

Y así, tontamente, acabé pegándome un tiro. Había esparcido partes de mí por todo el lugar en lo que representaba un dramático desastre adolescente: Mi dignidad había quedado incrustada sobre la barra del local, los que parecían ser mis sueños se derramaban sobre un viejo póster de Serrat, y algo similar a mi corazón salpicaba las fotos que alguien había tomado por sorpresa a los que fueron antes de mí.

Mis demonios irrumpieron por la puerta minutos antes y con sus gargantas empapadas en licor me abuchearon:

-¡Hazlo de una vez, eres patético!

Me levanté obnubilado, subí al escenario y asesiné Mediterráneo delante de todo el karaoke.