MÚSICA EN IMÁGENES DE 1933 A 1980

Entender la revolución que supuso para el ser humano poder ver imágenes surgidas de una máquina y estampadas sobre una lona es algo que aún sigue fascinando. Una sensación inquietante comparable a la que produce tomar un avión, charlar por teléfono o la ingenua contemplación de una cerilla llameante.

El descubrimiento que hizo posible la magia cinematográfica se lo debemos a los hermanos Lumière. El cinematógrafo. Concebido para asombro del mundo en 1895. Desde entonces, solo la imaginación supuso un límite, un obstáculo que el propio ingenio acabaría eliminando.

Desde el raquítico cine mudo en blanco y negro, hasta la tridimensional exuberancia multicolor de nuestros días, se ha contado la historia del mundo y del Universo, del ser humano y no humano, de los sentimientos y las emociones. Las imágenes se abrieron a las palabras y éstas a la música.

Los sellos discográficos y los estudios de cine se saludaron cariñosamente a principios del siglo XX y el paso de los años los hizo inseparables, no solo por sus urgencias económicas, sino también por la necesidad de un profundo testimonio humano que ha requerido de la difícil comprensión del público.

La indolencia de los primeros consumidores terminó convirtiéndose en éxtasis. El talento, esa aptitud resbaladiza que debe al capricho su naturaleza, tuvo la culpa. Las destrezas de un puñado de músicos y cineastas dispuestos a cualquier cosa por expresar sus vivencias hicieron de estos artes un sueño hecho realidad.

La simbiosis entre el cine y la música llegó por primera vez en 1933, y el honor de tan fabuloso enlace lo tuvo un enorme gorila que secuestraba chicas guapas para subirlas a enormes rascacielos en el nombre del amor. ¿No es acaso eso lo que haríamos todos? King Kong, de Max Steiner, fue la primera película que aportó una composición musical completamente adaptada a las vivencias acaecidas en un largometraje. Desde entonces, los dos artes, se han entendido tan bien que ya nos es impensable ver una película sin su característico enfoque musical, y si no que levante la mano aquel que sea capaz de no silbar a B.J. Thomas en un día de lluvia.

LOS PRIMEROS AÑOS.

Las primeras dos décadas del siglo XX vieron nacer la industria del cine y la música. Los grandes estudios emergentes: Paramount, Warner Brothers, Metro Goldwyn-Mayer, Columbia, 20th Century Fox o RKO, se formaron junto a Polydor, Sony, Warner, Motown o Universal Music. Siendo ésta última la que se llevara el gato al agua construyendo los míticos Universal Studios en Hollywood. La legendaria meca de los sueños.

Cuatro producciones clavaron la bandera en todo lo alto de aquella colina del entretenimiento: Quo Vadis, El Gabinete del Doctor Caligari, El Golem yNosferatu. Fueron mención aparte las películas de Charles Chaplin, quien daría un sentido al drama humorístico con películas como El ChicoTiempos Modernos El Gran Dictador. Todo un alarde de genialidad y “savoir faire“.

Los veinte primeros años del cine fueron tiempos de enormidad sin banda sonora, tan solo ramplones artificios y sintonías de fondo que esperaban mejoras técnicas con las que relacionarse como era debido. El frustrante deseo de un niño que quiere ser mayor.

La década de los ´30 comenzó con Las Luces de la Ciudad. Charles Chaplin se hacía eterno, esperando a que un joven Alfred Hitchcock cerrara la década prodigiosa con Alarma en la Ciudad. Un tiempo de aprendizaje tan estimulante como el de aprender a andar.

Llegaron los años ´40, y con ellos la era dorada de los grandes cineastas. Se abría una veda a la inspiración y apreció Walt Disney con su varita mágica. El verdadero impulsor de las bandas sonoras y el genio inventor del divertimento nació en Chicago, y su obra es tan universal que debiera ser lo primero que todo ser humano experimentara en la infancia. Tan es así, que su cabeza aún permanece criogenizada a la espera de un futuro a su altura.

Pronto hará 73 años de una de las frases más míticas de la historia del cine: “play it once“, ronroneaba una abatida Ingrid Bergman a Sam, el pianista de la Casablanca de Michael Curtiz. Tres palabras que resumían el amor, la nostalgia y la frustración de una década marcada por la agonía de la Segunda Guerra Mundial. La entraña de la escena, unido a la romántica música de Herman Hupfend (“As Times Goes By”) explicaría la absurdez de aquella guerra (si hay alguna guerra que no sea absurda)

El efecto de una buena música que acompañara momentos emocionales explotó en la imaginación de los nuevos cineastas y compositores. La nueva fiebre del oro artístico atrajo a productores, guionistas, compositores, directores y actores al nuevo Oeste del arte. Un mundo que estaba lleno de posibilidades, dinero y, sin lugar a dudas, gloria. Pronto llegarían los años ´50 y con ellos el resultado de aquella minería creativa. Las superproduccioneshollywoodienses se mezclarían con la recién descubierta necesidad de evasión fácil. La esperanzadora contestación a una realidad cruda que tenía como escenario una Guerra Fría, la amenaza atómica y los fascismos.

El mundo de la música necesitaba adaptarse a las emociones que el cine había descubierto al público. Ya no valían viejas orquestas o deprimentes tonadas de piano. Se requería algo muy nuevo, algo que estuviera a la altura de aquella insolente apuesta y, de nuevo, la clave la tuvieron tres palabras: “rock and roll”.

Se vivieron tiempos en los que la relación entre el cine y la música fue tan necesaria, que el resultado fueron las enormes comedias musicales del momento. El signo de aquellos tiempos llevado a la gran pantalla con: Siete Novias para Siete HermanosUn Americano en Paris y Cantando Bajo la Lluvia. Todas ellas con un denominador común en lo musical: el silbido. El recurso musical más usado en la época y narcotizante natural más efectivo.

Tras Singing In The Rain, muy pocas personas pueden decir no reconocer los sonidos emitidos en películas como: La Muerte tenía un Precio (Sergio Leone) El Puente Sobre El Río Kwai (David Lean) Heigh Ho (Blancanieves y los Siete EnanitosAlways Look At The Bright Side of Life en la Vida de Brian (Monty Piton) o la más reciente y pimpante, Twisted Nerve, de Kill Hill (Tarantino)

Tras descubrir las excelencias de lo cotidiano se hizo necesario prestar más atención al público intelectual: el teatro. Siempre acompañado por su caprichoso amante: Broadway. Cine y teatro nunca tuvieron una buena relación y tras años de fallidos intentos llegó el inminente divorcio. El convenio favoreció al teatro, quien obtuvo su presencia en el negocio con lo que hoy llamamos “series de televisión”. La verdadera recreación actual de las mentes nobles.

Los gloriosos años ´40 comenzaron con Ciudadano Kane (Orson Welles) y los ´50 se estrenaron con Carta de una Desconocida (Max Ophüls) Las pasiones y el retrato descarnado del ser humano fueron una obsesión en esta década. Algo comprensible dado el contexto deshumanizante de la época. Guerras, miedo y encorsetamiento.  El caldo perfecto para estrenar una nueva era.

LA DÉCADA DE LOS ´50.

Ben Hur. La película de William Wyler con música de Miklós Rózsa, se consagró como primera banda sonora al uso. La emoción volvió a apoderarse de los espectadores, y aun habría más: Candilejas de Charles Chaplin, quien además de actuar, compuso sus propias bandas sonoras. El genio imperecedero que inventó la autodidaxia.

El esplendor ya había llegado para quedarse, y los bolsillos de los artistas se llenaron a la misma velocidad que lo hicieron las salas de cine. Aquella época dejó tesoros como Vértigo, de Alfred Hitchcock, musicada por Bernard Herrmann o Los Diez Mandamientos, dirigida por Cecil B. DeMille y compuesta por Elmer Bernstein, pero lo más sobresaliente fue el WesternRío Grande o Solo Ante el Peligro, ambas lanzaderas de figuras como John Ford, Gary Cooper o John Wayne.

Las urgencias provocadas por el nuevo cine desembocaron en una ululante necesidad de evasión y el público se volvió exigente. Eran necesarias nuevas formas de rebeldía que permitieran sortear la cotidianidad durante un par de buenas horas y la respuesta no se hizo esperar. Fred W. Wilcox estrenó El Planeta Prohibido en 1956. Una cinta que consiguió inflamar la imaginación de millones de personas ávidas de fantasía. Por fin había llegado la ciencia ficción. La respuesta insolente a millones de preguntas que nadie podía responder. Un tipo de imaginería que el director Jack Arnold replicó en El Increíble Hombre Menguante. ¿Era mejor el remedio que la enfermedad? Desde luego, a día de hoy la respuesta es un rotundo. Sí.

Aún era pronto para salir del planeta en busca de explicaciones y, tanto Billy Wilder con El Crepúsculo de los Dioses, como Alfred Hitchcock, con Con la Muerte en los Talones, ofrecieron el fidedigno retrato de la realidad psicológica del momento. Complejos, angustia y evasión contenida marcaron la década de los ´50.

LOS AÑOS ´60 Y EL VERANO DEL TERROR.

En este contexto comenzaron los años ´60. Un clima de agitación social que tuvo su apoyo en el arte, que sería usado a modo de cepillo para sacudir la caspa acumulada de las dos épocas anteriores.

Las descolonizaciones y, de nuevo, el clima bélico representado ahora por la Guerra de Vietnam, hicieron resurgir a un viejo amigo: el “rock and roll“. Ahora, por fin, convertido en un movimiento de masas. La “Beatlemanía” y la lucha por los derechos civiles marcaron diez años de un cine heredero del esplendor de los ´50 pero totalmente conmocionado por el horror del pasado.

No fue de extrañar que la película que estrenara la década en 1960 fuera precisamente Psicosis. Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann se convirtieron en inefables referentes del nuevo terror psicológico. La inmortal escena en la que Anthony Perkins asesina a Janet Leigh a un ritmo de 5/4 supuso un shock del que aún no nos hemos recuperado del todo.

Los enormes compositores de la década anterior aún vivieron días de vino y rosas: Rey de Reyes, de Miklós Rózsa o La Gran Evasión, de Elmer Bernstein, fueron vivos ejemplos. No obstante, fueron los nuevos compositores y directores los que iban a poner todo este mundo patas arriba.

El cine deseaba madurez y los avances tecnológicos hicieron el milagro posible. De nuevo la ciencia ficción pedía paso, y el estreno de El Pueblo de los Malditos, en 1960, dio el ansiado respiro. La imaginación se impuso durante la segunda mitad de la década y el espectáculo lo sirvió Stanley Kubrick con su 2001: Una Odisea en el Espacio. Una película que incluyó como banda sonora una pieza clásica: Así Habló Zaratrustra de Richard Strauss. La afección de estas músicas a escenarios o acciones cinematográficas se volvió ineludible y, pese a que el maestro Leonard Bernstein se esforzó enormemente en separarlas con teoría musical, la realidad se ha acabado imponiendo, haciendo imposible, por ejemplo, no pensar en el Salvaje Oeste mientras suenaWilliam Tell de Gioacchino Rossini.

No tardó en colarse en la vorágine reinante un nuevo subgénero: La Serie B. Huérfana de recursos y considerada inferior por los directores ambiciosos pero también un nuevo zapato para tanto viejo pie. Estos directores “diferentes”, demostraron que, una vez más, el talento sería la espoleta que haría avanzar al enorme trasatlántico en que se había convertido el Séptimo Arte.

Algunos directores y músicos debieron aglutinar varias responsabilidades para afrontar las insolvencias económicas de la época. Una desventaja que, a su vez, agudizó el ingenio de los nuevos aspirantes al trono del celuloide. Un nuevo cine de minorías se fraguaba en el horizonte del entretenimiento y la respuesta fue la ciencia-ficción. Alphaville, de Jean Luc Godard, Fareheit 451, de François Truffaut o El Planeta de los Simios de Franklin J. Schaffner, fueron el acertadísimo reflejo de un planeta esquizofrénico y lleno de manías que no se podía explicar de otro modo.

La música se impuso en el año 1966. La psicodelia, el blues, el jazz y el rock, irrumpieron en el primer mundo y no quedó más remedio que hacerles caso.Blow Up, la representativa película de Michelangelo Antonioni, incluyó un histriónico concierto de The Yardbirds en su metraje, además, de a un joven Herbie Hancock como compositor de su banda sonora. Los ´60 comenzaban a representar el bálsamo a décadas de imposiciones que exigían cambios.

La interesante receta que pondría a músicos de rock a amenizar películas comerciales comenzó ya en los años ´50. Elvis y Beatles cumplieron órdenes sin rechistar a cambio de fama y fortuna, pero la idea no era mala, y muchos músicos se interesaron en componer bandas sonoras para películas de corte más adaptado a la contracultura imperante. Una tendencia en la que la década se sumergiría completamente después de que, de nuevo, Antonioni, usara la pieza de la banda emergente Pink Floyd: Careful with that axe, Eugene, en la película Zebriskie Point.

La enorme apuesta que lo tradicional puso sobre la mesa para contestar al “hippismo” preponderante fue Sergio Leone. Un italiano encargado de resucitar al salvaje Oeste americano y un auténtico revolucionario de aquel género olvidado. La imprescindible trilogía compuesta por: La Muerte Tenía un Precio, Por un Puñado de Dólares y El Bueno el Feo y el Malo, le valieron la odiosa etiqueta de inventor del Spaghetti Western, pero a él, y a su eterno compositor, Ennio Morricone, les valió un puesto en la eternidad.

Los ´60 terminaron sumergidos en una vorágine de experimentación. Easy Rider, dirigida por Dennis Hopper, hablaría sobre de conducta de una sociedad resistente al cambio e incluiría como banda sonora un superlativo collage formado por: The Jimi Hendrix Experience, The Band, Byrds o Electric Prunes, catapultando uno de los iconos musicales contraculturales recordados: Born to be Wild, del grupo Steppenwolf.

El poderoso amor nacido entre el rock y el cine quedó reflejado en otra naciente etiqueta: “el documental musical”. Una mayúscula fiebre por reflejar los nacientes eventos sociales se imponía ante la realidad de millones de jóvenes hartos de etiquetas.

La revolución cultural que supuso el festival de Woodstock (celebrado del 15 al 17 de Agosto de 1969) terminó por dejar de manifiesto que el rock era un estilo capaz de mover, a un tiempo, tanto consciencias como bolsillos. Lamentablemente, el buen rollo no duró mucho y tan solo cuatro meses después tuvo lugar el diabólico festival de Altamont (California) El réquiem rockero de la era de Acuario. Los documentalistas David y Albert Maysles, registraron un show violento y antipático en el que un joven afroamericano acabó siendo asesinado a manos de un miembro de la seguridad del festival, encargada incomprensiblemente a los peligrosos Ángeles del Infierno. Los Rolling Stones interpretaban Under my Thumb mientras el asesinato de aquel chico se cometía a pocos metros del escenario. Tras el suceso, el propio Mick Jagger decidió dejar de interpretar su Sympathy for the Devil durante los siguientes 20 años. El motivo: los oscuros mensajes que esta canción imprimía en los subconscientes de sus fans más impresionables.

Pese a los esfuerzos del líder de los Rolling Stones, aquel bochornoso “Woodstock del Oeste“, terminó por dar carta de naturaleza a unos diabólicos años ´70.  Una década heredera de la agitación social que, a mayor abundamiento, comenzaron con el asesinato en blanco y negro perpetrado en Psicosis, y que terminarían con el apuñalamiento, ya en color, de aquel documental maldito llamado Gimme Shelter. No es de extrañar, por tanto, que los siguientes años tuvieran una especial predilección por la violencia.

Curiosamente, 1969 que también el año en que se estrenó El Cowboy de Medianoche, de John Schlesinger, cuya pieza central fue compuesta por el cantante folk Fred Neil. Un bucólico contrapunto al frenesí imperante, y una deliciosa tendencia que acabó premiando con un Óscar a Burt Bacharach por Raindrops Keep Falling On My Head. La canción imposible que nos viene a la cabeza en los días de lluvia y que hizo famosa a la película Butch Cassidy and the Sundance Kid.

LOS AÑOS ´70. ADIOS, CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS.

La sofisticada espiritualidad proveniente del “hippismo” quedó reducida a cenizas en 1970. Las glorias musicales de los años ´60 comenzaron a caer como moscas víctimas de sus abusos y la imagen de un maligno cruce de caminos (aquel terrible lugar donde los demonios campan a sus anchas) se convirtió en el decrépito escenario de la guerra y del odio. Una encrucijada que apuntaba a cuatro manidos puntos cardinales: La crisis del petróleo desencadenada por la guerra en Yom Kipur, los escándalos políticos unidos a la dictadura del dinero auspiciada por Wall Street, la insostenible degeneración medioambiental del planeta y el inicio del fundamentalismo islámico. Un cóctel que aún se sigue agitando.

En la mitad de aquel cruce de caminos había millones de personas queriendo evadirse de todas las agonías regurgitadas por aquel mejunje, y la razón por la que el cine se volvió más cercano, evitando, conscientemente, las ínfulas filosóficas sesenteras. Otro réquiem al pasado interpretado, esta vez, por Francis Lai en Love Story, y de nuevo un Óscar de la Academia. Adiós, camino de baldosas amarillas…

Durante este periodo se dirigieron y compusieron muchas de las más maravillosas películas, discos y bandas sonoras de todos los tiempos, y el bien avenido matrimonio entre la música y el cine ofreció diez años de fastuosa cornucopia creativa. Tiempos, pues, de necesario “panem et circenses”.

El cine bélico; de acción; de terror y la ciencia ficción, coparon las salas, y la acuciante falta de dinero agudizó enormemente el ingenio. Los nuevos artilugios musicales, como sintetizadores o mellotrones, sustituyeron a las prohibitivas orquestas reales, y los artistas no profesionales se impusieron a los viejos maestros. Como consecuencia de esto muchos artistas aprovecharon el tirón de los estrenos de cine para promocionar sus incipientes o maltrechas carreras; caso del ex Beatle Paul McCartney. Un artista global en horas bajas que revivió su presencia en los escenarios gracias a Live and Let Die (1973) Un single más pensado en Paul que en el Bond y un ejemplo de sublimación artística.

La violencia (el “leitmotiv” del ser humano) estaba en todas partes. Historias de barrios deprimidos, de pobreza, de delincuencia, de mafias, de venganzas y de muerte, fueron el delirio del público. Un panorama que, naturalmente, también afectó a la música. El rock se endureció hasta convertirse en una hipérbole tañida. Lo prohibido tentó a los artistas, y ya se hablaba abiertamente de satanismo, homosexualidad, crimen o xenofobia. La sociedad se había vuelto peligrosa y los cineastas pensaron que sería una buena oportunidad para llevar el caos imperante a la gran pantalla: Harry el Sucio (Don Siegel) El Padrino, (Coopola) Deliverance (Boorman) Taxi Driver (Scorsesse) La Naranja Mecánica (Kubrick) Malas Calles (Scorsesse) o Alguien Voló sobre el Nido del Cuco (Forman) fueron películas consistentes que ofrecían retazos de una sociedad esquizofrénica y despreciable. De todas ellas, una de las más aclamadas fue El Padrino, cuya sublime cabecera: The Waltz (Nino Rota) pasó a la historia como la sintonía mafiosa por antonomasia.

En la misma línea agresiva discurriría La Naranja Mecánica. Otra película que continuó el interés por revisión de sinfonías clásicas, en su caso, la 9ª de Beethoven; refrita con un enorme ingenio pop que, sin embargo, el tiempo ha arrojado al cajón de los errores. No cabe duda de que éste método modernizó muchas piezas clásicas trayéndolas, de los pelos, a la actualidad, pero también dio pábulo a un buen puñado de inmisericordes oportunistas. Fue el caso de Luis Cobos, al que yo mismo defino como: el anticristo del “kitsch“.

Bombazos como Apocalypse Now (Coppola) y la vibrante Cabalgata de las Valkirias (Wagner) aportaron otro ejemplo de modernización de lo clásico, esta vez bien hecho. Una tendencia abrazada, a su vez, por el rock progresivo cuyo mayor exponente fueron Emerson, Lake and Palmer. El propio Keith Emerson musicó algunas de las mejores películas de Dario Argento en los años ´80, no sin antes introducir a Mussorgsky o Béla Bartók al público joven.

Kramer contra Kramer. La extraordinaria película de Robert Benton, redimió a Vivaldi y Barry Lyndon, del genial Stanley Kubrick, a Franz Schubert.

Aquellos excesos de solemnidad hallaron descanso en otra recuperación histórica clásica: el “rag time“. Un detalle a la gente de color que vería devuelta una de sus infinitas aportaciones a nuestro desarrollo como “musicum hominem” gracias al éxito alcanzado por la composición de Scout Joplin (1902) en elEl Golpe de George Roy Hill. Otra de esas pimpantes tonadas impresas en nuestro subconsciente colectivo.

Otra música privada, esta vez el tango, encontró acomodo estético en el género dramático. El Último Tango en París, de Bertolucci, y con Gato Babieri como compositor, puso a Sudamérica en los oídos de un público abierto a todo.

Dentro del cine urbano y policíaco emergió un curioso subgénero: La “Blaxploitation“. Largometrajes callejeros centrados en la comunidad afroamericana. Un colectivo cansado de recibir golpes que quiso, por fin, hacerse notar con su propio cine declamatorio. Un género revelador mucho más allá de lo propiamente estético.  Las películas más famosas fueron las dirigidas por Gordon Parks Jr.: Superfly, con un inspirado Curtis Mayfield como compositor, yShaft, cuya canción homónima es, seguramente, la más representativa de todo el movimiento. En 1973, Larry Cohen, estrenó Black Caesar y con él, y un sudoroso James Brown, se dio carpetazo a un género sorprendentemente reivindicativo.

Las excentricidades de la década no terminaron ahí, puesto que en la primera mitad de los ´70, Norman Jewison, estrenó una de las extravagancias más recordadas de todos los tiempos: Jesús Christ Superstar, siendo su aportación el cenit de todos los límites conocidos. Tras su estreno, e involuntariamente, Jewison abrió dos vías nuevas:

La primera: La que iluminó el universo de las óperas rock. Un efímero planeta poblado solo por Ken Russell que, sin saberlo, cambiaría las reglas del juego con la filmación de la ópera rock Tommy, basada en el álbum homónimo del grupo inglés The Who. Unos años después llagaría Quadrophenia, de la misma banda, evidenciando que música y cine pueden tener los mismos canales de expresión.

Otro singular director, Richard O´Brien, rodó la gamberra The Rocky Horror Picture Show, y el genial Brian De Palma, culminó la gesta con la excéntrica El Fantasma del Paraíso. La industria del “rock and roll” llevada al cine en un esperpéntico delirio de ingenuidad estudiada. La historia perfecta de un cuento infantil vivido por mayores.

La segunda vía abierta por Norman Jewison reavivó el espíritu olvidado de los años ´60. Un negro en el papel de Judas podía ser demasiado para muchos, pero muy poco para otros. Una locura que ponía de manifiesto las enormes tendencias xenófobas de la época. La mejor definición de lo que significa “poner el grito en el cielo”. Es muy posible que Jesús Christ Superstar supusiera el primer aval de un blanco a la lucha de los negros, incluso, es muy posible pensar que la “blaxploitation” fue, involuntariamente, cosa de Norman Jewison, pero, sea como fuere, nadie debería tener la titularidad exclusiva de nada sin el permiso de los demás.

La fuerte discriminación racial alcanzó límites tan insoportables que los únicos aliados que el colectivo negro podía tener se redujeron al cine y la música. Una sociedad dominada por los blancos que, afortunadamente, fue más democrática que cualquier institución política al uso y que sí ayudó a cambiar las cosas. Aún resuenan fuertes las proclamas desesperadas del músico Isaac Hayes, cuando en 1973 diría que: “Los negros, por fin, podían levantarse y ser hombres libres porque ya tienen entre ellos a un “Moisés Negro“.

Pese a que los tiempos estaban cambiando, el público requirió de sensaciones algo más prosaicas a las que poder agarrarse para calmar los vaivenes del día a día, y la Naturaleza, sabia y generosa, engendró a George Lucas, Steven Spielberg y John Williams. Los verdaderos revolucionarios del entretenimiento masivo. Los magos del escapismo.

El cine de terror alcanzaría el cenit con Tiburón. Una escalofriante película cuya poderosa banda sonora (de John Williams) pasaría al subconsciente colectivo de toda la Humanidad. El mismo olfato demostraría William Friedkin, dirigiendo El Exorcista, y Mike Oldfield componiendo el inquietante piano que se usó como gancho y que extrajo de su amortizado Tubular Bells. Oldfield pasaría a ser una de las figuras musicales referenciales de los años ´70, revelando años más tarde que jamás le gustó la idea de colaborar en la película de Friedkin: “Odié poner música a aquella comedia“. Diría con soberbia una vez estrenada.

El género fantástico se perfeccionó con La Profecía en 1976, dando por primera vez en la historia contenido satánico a una partitura comercial con Satanis(inversión del Corpus Cristi en latín) y que recibiría un Oscar a la mejor banda sonora del año. La era del demonio premiaba al fin a su sumum pontífices, y su compositor, Jerry Goldsmith, no había hecho más que empezar. Le esperaban aún las famosas composiciones de Star TrekAlienPoltergeist oGremlins. La ciencia ficción coparía las taquillas gracias a Star Wars o Superman, y las laberínticas partituras de John Williams traerían la renovación absoluta de un estilo que se acomodó en la mejor butaca de la industria cinematográfica. Un entretenimiento de lujo y para todos los públicos.

La década de los ´70 comenzó con la mundana estética “pop” de La Naranja Mecánica y terminó en el espacio, a miles de kilómetros de la Tierra, dentro de la Nostromo. La mítica nave de carga espacial que albergó a siete tripulantes y un incómodo octavo pasajero que terminaría convirtiendo a Ellen Ripley (Sigourney Weaver) en una heroína imperecedera.

Fue precisamente en este momento cuando la última sorpresa sobrevendría a todos; la llamada “Serie B” renació de sus cenizas, y con ella los relatos “lovecraftnianos” sobre la locura, los seres sobrenaturales, las puertas interdimensionales y las posesiones infernales. El infamando volvía a atenazar a nuestra especie y los héroes de andar por casa serían el pan y la leche de millones de espectadores que, con vehemencia, forraron cada rincón de sus cuartos con cada nuevo estreno del género.

John Carpenter (el príncipe del terror) dirigió en 1978 La Noche de Halloween y con un exiguo presupuesto fue capaz de recaudar cantidades ingentes de dinero, todo gracias al gancho más primitivo conocido: el miedo. Él mismo elaboró sus propias bandas sonoras, poniéndose a la altura de los compositores más notables, y realizó clásicos del cine “slasher” y “gore” imprescindibles.

LO QUE NADIE SE ESPERABA.

Pronto llegaron los años ´80. Años de fabulosos estrenos (al igual los ´90 los 2000) Nuevas técnicas, nuevos medios y miles de relatos que contar a una gente que, ingenuamente, creía haberlo visto todo. El ingenio, y un sin fin de avances mantuvieron a los espectadores pegados a sus butacas hasta que el mismo remedio provocó también la enfermedad.

Los avances tecnológicos terminaron por romper con las viejas costumbres adquiridas cincuenta años atrás y los usuarios del entretenimiento ansiaron adaptar las industrias audiovisuales a sus nuevas necesidades personales. El mercado no dudó en ofrecer la cabeza de los autores y los avanzados formatos de reproducción de música y video hicieron el resto. La ambición, el dinero y las incontrolables urgencias de los consumidores, obligaron a satisfacer demandas inasumibles de contenidos, obteniendo como resultado que la calidad musical y cinematográfica se acabara resintiendo.

La globalización, unida a la insidiosa competencia que ofrecían las telecomunicaciones, los videojuegos o las redes sociales, facilitaron un espectacular choque cultural que no dio tiempo a predecir correctamente. Ni la industria, ni las leyes, ni los consumidores ni tampoco los artistas, estuvieron preparados para deglutir tantos excesos, y el resultado aún pende de un hilo (algo que en microeconomía se conoce como “la curva de la indiferencia” El superávit y la extrema accesibilidad han provocado un natural desinterés hacia lo artístico. Un panorama de desorden que nadie es capaz de administrar con la coherencia suficiente.

La tradicional lucha entre lo viejo y lo nuevo, otrora ejemplo de equilibrada coexistencia, es hoy un devenir de confusión y futilidad para el que, simplemente, no estábamos preparados. El progreso y el inmovilismo vuelven a ser, hoy, la viva historia de un Mundo que Galileo ya definió en 1616 con tres simples  palabras: “eppur si muove“…y, sin embargo, se mueve.

VAQUERO CABALLO. EL EJEMPLAR FAVORITO.

Orgullo. Es la primera palabra que me viene a la cabeza al recordar los efectos de Vaquero Caballo durante su última actuación en directo. Orgullo como músico coetáneo pero además también como alicantino y amigo personal.

He tenido un difícil privilegio con ellos. Los presencié en directo como trío en sus inicios y ajeno a su evolución creativa, los he vuelto a revisitar recientemente en la sala Ocho y Medio ya en estado de febril madurez. Mi sensación al abrir el concierto fue la de estar presenciando a gente con un fuerte bagaje artístico y que se lo toma muy en serio. Exhibieron una evolución musical nada autocomplaciente y riesgosa que, francamente, funcionó con altura. Pude paladear un rock complejo y magníficamente ensayado, repleto de melodías y convincentemente presentado. La sorpresa fue descubrir que todos los temas que interpretaron guardaban una línea compositiva muy sólida y sin referencias marcadas de ningún artista. Definitivamente una magistral lección de estilo.

La solidez de los bajos y las envolturas mágicas de los teclados crearon lo más complicado; un ambiente en el que se podía respirar unos cuarenta años de música, desde la psicodelia furibunda hasta pasajes de enorme calidad técnica y acierto compositivo. Inspirados riffs de guitarra enrollados en fabulosas armonías, complejos compases de batería que traían a la mente lo mejor de otras décadas. Coqueteos con la bossa, intrincadas síncopas y la contundencia necesaria como para desear mucho más, y así fue. La banda se creció durante la actuación de un modo encomiable. Cada canción subía la apuesta de la anterior y aquello se reflejó en la interacción cada vez más apasionada del público y en varios minutos de aplausos al finalizar el show.

Vaquero Caballo suenan actuales, nada revisionistas y muy vivos. Me atrevería a decir que hacen ese tipo de rock innovador que suena a gloria en cualquier parte del mundo y que, en buenas manos, pudiera eclosionar en modelo cuando no en moda. Sus arreglos suenan tan adecuados y la dinámica es tan homogénea que incluso despertaron una vieja inquietud esotérica que suelo aplicar a lo musical. El acierto de un buen grupo no es tanto el virtuosismo técnico o capacidad de trabajo como su equilibrio intrínseco. La virtud entre los músicos es esa magia inexplicable que les hacen funcionar bien juntos. Si Keith Richards hubiera compuesto para Engelbert Humperdinck, seguramente hoy no cacarearíamos las canciones de los Rolling Stones tal y como las conocemos. La explicación a esta misteriosa sinergia está en el cosmos. Los signos zodiacales (en los que ya nadie cree por culpa de la televidencia) establecen fabulosas coordenadas de interacción entre los miembros de un grupo dado que la música acentúa sus características personales más profundas.

Me llamaréis loco pero sin necesidad de calzarme la capirote y la túnica sideral, apostaría a que Vaquero Caballo han acertado en esta combinación. Les auguro larga y productiva vida pero les aconsejo que eviten las decisiones en luna llena, no traen más que problemas.

LA MALDICIÓN DEL FARAÓN DEL ROCK AND ROLL

La importancia de Jimi Hendrix trasciende a lo insólito. No solamente por su enormidad guitarrística y compositiva o por representar a aquel misterioso club de los ´27 (cuyo miembro fundador, Robert Johnson, fue, además, su valedor musical) El milagro de Hendrix, como ya cantara su amigo Kevin Ayers, comenzó como una bendición pero terminó en maldición. Su vida, errática y azarosa, está plagada de señales, al igual que sus canciones, y esas señales son hoy tan interpretables como las profecías de un faraón que, a su muerte, execra a quienes osan perturbar su descanso.

Hendrix nació un premonitorio 27 de Noviembre de 1942 en Seattle, como si el dato de su muerte estuviera sutilmente incluido en el de su nacimiento, y algo debió intuir de aquello porque se pasó los dos últimos años de su vida cantando “Hear my train a-comin´” (oigo que llega mi tren) Una canción que solo interpretó en directo como su propia “danse macabre”.

Su talento se desarrolló con los ingredientes que conforman el cocktel del que beben los genios: Trauma infantil por la separación de sus padres, incomprensión, deficiente expediente académico para la música y fuerte obsesión autodidacta por expresarse a través de un instrumento musical.

Explicar su monumental torrente creativo, desde una perspectiva sociológica, se me antoja excesivamente simplista, es por esto que recurriré a las pseudociéncias, que van más con el papel alienígena que muchos le atribuían, y con el halo enigmático que impregna toda su historia.

Desde el punto de vista astrológico, “The Jimi Hendrix Experience”, es la banda perfecta: Un signo de fuego lideraba el trio (Hendrix era Sagitario). Uno de agua, Mitch Mitchell (que era Cáncer) plantaba cara al incendio provocado por el signo dominante y, finalmente, otro de tierra, Noel Redding (Capricornio) pintaba el escenario perfecto donde se producirían las hostilidades. La mezcla de estos elementos, unido a sus talentos naturales, dio un vigor transgresivo, telepático e irrepetible a la banda. Lamentablemente,  estas combinaciones son tan atómicas como breves, y la formación no duró mucho. Tras la escapada de Mitch y Noel, Hendrix, introdujo a Buddy Miles, baterísta y Virgo, junto a Billy Cox, bajista y Libra, manteniendo un signo de tierra al bajo pero sustituyendo agua por aire en la batería, consiguiendo, de este modo, aplacar el salvaje enfrentamiento entre fuego y agua en post de desarrollos más largos pero menos iracundos, resultas de una llama mecida por el viento.

La combinación de los elementos, y algo de fantasía, marcan una guía relacional curiosa en lo artístico. Un pequeño mapa de improntas personales al que jugar para evitar ser excesivamente cerebrales y, por ende, aburridos. El ámbito musical es diferente al resto de artes debido a que los músicos se comunican entre ellos a través de sus instrumentos, y estos emplean un lenguaje emocional indeterminado cuyo canalizador es el alma, de la cual, a día de hoy, tan solo conocemos que pesa unos 21 gramos y que es eterna.

Volviendo a Hendrix. El maestro tan solo pudo terminar cuatro álbumes con material inédito antes de ser hallado muerto en Londres. Una muerte envuelta en la más extrañas circunstancias (y aun no esclarecida), que suscita una gran pregunta: ¿Qué pasó tras la desaparición de este monumental mito? cuya respuesta es que, tristemente, el Mundo quedó huérfano del mejor guitarrista del s.XX, dejando aun más desamparados a  sus propios músicos. Aquí comienza la oscura leyenda, y la maldición, del faraón del rock and roll, comenzando por su mánager y posible asesino, Michael Jeffrey, que moría en accidente de avión en 1973 dejando, aparentemente, manuscrita la confesión del presunto crimen.

En cuanto a aquellos músicos que trataron de emularle y profanar su legado, cada uno de ellos sufrió una implacable maldición que los redujo al olvido: Arthur Lee (Love), Randy California (Spirit) o Robin Trower. Pero los que, además, se arriesgaron a replicar su repertorio, corrieron peor suerte como fue el caso del malogrado Steve Ray Vaughan, del que solo se recuperó su inseparable sombrero tras un inquietante accidente de helicóptero en 1990. Sin embargo, la peor parte de todas se la llevaron los músicos de su propia banda.

Mitch Mitchel, que estaba llamado a ser el mejor batería de los años ´70, se difuminaba en una desacertada superbanda de corte hard rock (Ramatam, 1972) participando, tan solo, en su primer disco y siendo víctima de una sonrojante producción a cargo de Tom Dowd (Allman Brothers, Dereck & Dominoes) que parecía no apreciar demasiado al baterista. Tras aquella aventura jamás volvió a participar en ningún proyecto reseñable hasta 2008, año en que muere por complicaciones relacionadas con su adicción al alcohol.

Noel Redding, el díscolo bajista que le coló al genio de Seattle un par de sus anodinas composiciones, abandonó la Experience en 1969 por desavenencias con el líder para dedicarse a dar tumbos por el mundo moviéndose entre folk rutilante (Fat Matress), el proto heavy metal sencillote (Kapt Kopter, Road) o el AOR interesado (Noel Redding Band) hasta su retiro en 1976, eso sí, rodeado de ilustres colaboradores como Randy California (Spirit) o Eric Bell (Thin Lizzy) a los que no supo sacar mucho brillo.

Tanto Redding como Mitchell se vieron obligados a renunciar a los royalties que percibían por las grabaciones realizadas con Jimi Hendrix y, para 1974, ambos se vieron en la necesidad de vender el icónico instrumental de sus días de gloria con la Experience para poder pagarse la hipoteca. Redding murió de cirrosis en 2003, tras un decadente epílogo de estrella arruinada, ofreciendo un triste final para el mágico combo blanco del mago negro.

Por otro lado, la combinación negra de la segunda época de Hendrix, The Band of Gypsies, corrió algo más de suerte, tal vez, por haber paladeado en menor medida el escaso tiempo de vida del maestro que, por otro lado, fue el suficiente como para dejarlos abyectos por el resto de sus vidas.

Billy Cox, su bajista durante apenas un año, publicó un peculiar disco de funk cósmico en 1971, (que hubiera sido una obra notable de no ser porque parece grabado dentro de un armario) y tras aquello se dedicó a homenajear al jefe y a vivir de su leyenda. Actualmente es el único que sobrevive.

Por su parte, Buddy Miles, (batería, compositor y cantante), ya había comenzado una exitosa carrera con Electrtic Flag antes de enrolarse con Jimi Hendrix, y tras el deceso de éste, aun lanzó uno de los discos más redondos de la década (Them Changes) colaborando, incluso, con Carlos Santana en un fabuloso disco en directo. No obstante, y debido a un desaforado consumo de drogas, su popularidad cayó en picado durante las décadas siguientes y, quedando relegado a un circuito de bares, terminó también exprimiendo la teta de la nostalgia hasta su muerte en 2008.

La única explicación a la continuada maldición del faraón negro de la guitarra eléctrica se encuentra en la cepa original, en el primer maldito de todos: Robert Johnson (El guitarrista que vendió su alma al diablo en el cruce de caminos a cambio de su insuperable técnica) Al tratar de emularlo, Hendrix, contrajo su marca, y así sucesivamente todos los que quisieron reemplazarle.

Sus músicos y sus enormes riquezas, como sucede con la corte de los grandes monarcas, fueron enterrados junto a él, quedando todo su legado maldito por siempre, execrando a quien tratase de descifrar el jeroglífico musical que la deidad de la guitarra nos concedió a los mortales, mientras, hay quien dice que Hendirx, junto a toda su comitiva, nos observan, con altivez, desde la ciudad eléctrica de las mujeres, situada en algún lugar del universo, e incluso, hay quien opina que en los días en los que el cielo relampaguea con inusitada fuerza, el faraón, nos recuerda que también los dioses hacen el amor…

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!EL FUTURO ES DE TODOS!

Es natural que el éxito artístico espontáneo poco tenga que ver con el talento. La fórmula para la notoriedad es una ecuación en la que intervienen los siguientes parámetros: estar en el lugar indicado, en el momento justo y con el discurso idóneo. Por tanto, circunstancia e idoneidad son, a la postre, los factores que inducen a conseguir el ansiado favor del azaroso e indolente público. Solo cuando hay talento de sobra y ausencia de todo lo demás se introduce un índice corrector: la longevidad.

Cuando la historia clasifica una época, en su proceso de mitificación, cualquier artista que no hubiera recibido un justo reconocimiento en su momento será convertido en incunable, en objeto de culto o en un modelo icónico del buen gusto. Será transformado, en definitiva, en una reliquia necesaria, pues mucha de la producción artística que quedó como excedente, y que no obtuvo trascendencia en el pasado, será susceptible de convertirse en sensación imprescindible de los tiempos modernos. Esta es la razón por la que el refrán “que hablen de ti aunque sea mal” cobra completo sentido, y es que dejar impronta en un mundo artísticamente cíclico, basado en la reinvención, asegura la admiración de simpatizantes en el futuro o al menos su empatía.

Llegados a este punto, sobreviene una pregunta: ¿Cómo podría conseguir eternidad un producto artístico que no encuentra hueco en el presente? La respuesta, a mi juicio, la da la autenticidad. El único atributo que hace que una obra sobreviva al barrido revisionista del tiempo es este elemento. Una obra artística, convenidamente adaptada a un tiempo, puede producir un beneficio inmediato –es el premio del seguidismo- No obstante, cualquier obra realizada con personalidad que no goce del beneplácito del público en un periodo concreto, sin duda, disfrutará de especial mención en el futuro dado que, en la búsqueda de lo nuevo, el pasado siempre juega un importante papel. Es por eso que, en la actualidad, imitar a artistas auténticos, por más flagrante que sea la copia, asegura también admiración (Es el nuevo tal.., la versión moderna de…, no se hacía nada parecido desde aquél…) Es como si la marca se traspasase transcurrido un determinado espacio de tiempo. Se trata del poder curativo del tiempo que cambia lo “viejo” por lo “autentico” de una forma mágica. Algo que me trae a la mente la imagen de ese amigo al que siempre se le pide que imite a algún personaje porque sus colegas, invariablemente, se desternillan con sus interpretaciones de personajes mutados, con una parte nueva marca de la casa, pero categóricamente fiel al original, valorándose más el punto de complicidad que extrañamente se genera que el fondo del discurso.

Ahora imaginemos la siguiente fábula: A un chico se le apareció un genio que, como no podía ser de otro modo, le concedió un deseo en agradecimiento por liberarlo de su prisión en forma de lámpara. El chico, codiciosamente, le demandó al genio ser rico y famoso, y el genio, como evitando hacer el conjuro mágico, le dio al chico la fórmula del éxito para que lo consiguiera por sí mismo diciéndole con voz gruesa. -“Deberás guardar todo lo que compres, jamás tires nada. Serás rico y famoso, te lo garantizo”. El joven -que situaremos en los sobrios años cincuenta- coleccionó cada cosa que compró y recopiló cada cromo, moneda u objeto inservible que le cayó cerca. Muchos años después, y tras pasar un calvario por la ausencia de ingresos, se vio transformado a los ojos de todo el mundo -dado lo obsesivo de su comportamiento- en un incómodo trastornado mental. Esta situación acabó provocando que un vecino diera el aviso a la policía para que desahuciaran al chico, convertido ya en un anciano. Al personarse los agentes y ser recibidos por aquel viejo loco quedaron de piedra al descubrir la cantidad de reliquias y tesoros que amontonaba en aquella casa. Chucherías de otros tiempos con un valor casi incalculable en la actualidad, y lejos de ser expulsado y multado por su comportamiento antisocial, el anciano recibió las más suculentas ofertas por cada bártulo, enser o baratija que poseía. Morralla de otros tiempos convertida ahora en oro por obra y gracia del minutero. Es así como aquel chico se convirtió en un hombre rico y famoso al fin, cumpliéndose irónicamente su deseo de juventud ya a la vejez.

Esta fábula se resume en que todo lo que pervive en el tiempo se revaloriza y gana profundidad; lo bueno, lo malo, los descartes, incluso lo infame. Es por esto que dejar una impronta en el mundo es importante, a modo de legado para las generaciones que vendrán. Primero porque creer en uno mismo, sin mayores tribulaciones que la necesidad de expresar la verdadera naturaleza interior, es algo que todos debiéramos hacer por un sentido espiritual que, lamentablemente, esta sociedad del recreo ególatra ha anulado, y después, porque cualquier cosa que hagamos hoy, pese a que no sea comprendida o no genere interés, será como contribuir con un mensaje en la botella del tiempo a la espera de un futuro menos injusto. Por este motivo, cuando alguien trate de disuadirte de que lo que haces no tiene interés, podrás responderle con la frase del gran poeta latino Ovidio: “Abeunt studia in mores”

–Lo que se persigue con celo hoy se convierte en costumbre mañana-

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PERO LOS TIEMPOS NO CAMBIARON

Encontrar la inspiración es, en ocasiones, un curioso ejercicio de interpretación infantil. El desarrollo de una idea pasa de lo intrascendente a lo inenarrable en solo cuestión de segundos. Ocasionalmente, la chispa de la creatividad se enciende gracias al clamor silencioso de algo que está sucediendo sutilmente ante nosotros y que no sabemos interpretar por ser víctimas de un déficit de atención, a menudo, bastante entrenable. Aristóteles fue el primero en darse cuenta; “la naturaleza nada hace en vano”, dijo, como culpándola de todo.

Y así, meditando sobre la frase del filósofo, traté de prestar atención a las sustanciales señales que la naturaleza me quiso enviar. Fue entonces cuando sonó a través de los altavoces de mi estudio una versión del clásico de Bob Dylan, “The times they are a changin´”, interpretada por Spirit, la imprescindible banda de Randy California, y entonces, automáticamente, recordé que Bob Dylan la había compuesto en 1964 y que Spirit la versionaba ya en 1976, como reivindicándola doce años después.

Recordé algo que leí sobre el curioso inicio de aquel clásico de la contracultura. Dylan escribió la letra y la dejó sobre una mesa. Un día, un amigo suyo que fue a visitarle, la vio allí, la tomó con sus manos, y tras leerla le dijo: “¿pero hombre, qué es esta mierda?”, a lo que el compositor respondió con distancia: “bueno, ya sabes…es lo que la gente quiere oír…”. Entonces acudí a internet y traduje la letra de aquella concienciada canción protesta hallando este inquietante texto:

-“Venid padres y madres alrededor de la tierra y no critiquéis lo que no podéis entender, vuestros hijos e hijas están fuera de vuestro control, vuestro viejo camino está carcomido, por favor, dejad paso al nuevo si no podéis echar una mano porque los tiempos están cambiando”.

Inmediatamente pensé en los cantautores reivindicativos de aquellos tumultuosos años ´60 y ´70 y me pregunté, ¿qué ha cambiado realmente desde entonces? Tras unos minutos concluí que lo único que había cambiado era la música. Todo lo demás permanecía en una imagen mutada… convenientemente adaptada. Donde antes había dictadores lunáticos con uniforme militar y delirios mesiánicos, ahora hay mercados y tecnócratas igualmente delirantes pero aún más terroríficos. Donde antes había discriminación recrudecida, ahora hay eufemismos hipócritas igualmente injustos. Donde antes había guerra… ahora sigue habiéndola y, la mayor parte de las veces, el reproche a la misma no pasa de un “me gusta” o un vacuo comentario en una red social que con su calado, aparentemente inofensivo, han conseguido que el interés por cualquier cosa dure apenas segundos y se centre exclusivamente un mundo virtual -un lugar donde la gente parece sentirse más que cómoda enfundada en su avatar mentirosillo- El sentimiento de colectividad ha dado paso a una individualidad recalcitrante, al desinterés, a la superficialidad y al “ego trip”, pero -me inquieté seriamente con el tema- ¿Por qué ha sucedido todo esto?, ¿qué es lo que nos ha pasado?

Acompañando a estos dos profundos interrogantes sonaba, esta vez, a través de los altavoces de mi estudio la controvertida y visceral, “The revolution will be not televised”, del poeta urbano y visionario de los años ´70, Gil Scott-Heron. Al escuchar el tema pensé que también debía ser alguna señal de aquella naturaleza aristotélica y me dispuse a traducir la letra de la canción. Su texto fue, como no podía ser de otro modo, igualmente revelador:

-“No habrá titulares en el noticiero de las once, ni tampoco fotos de mujeres liberales con brazos peludos, ni de Jackie Onassis soplándose la nariz, el tema de la canción no será escrito por Jimmy Webb ni por Francis Scott Key ni será cantado por Glen Campbell, Tom Jones, Johnny Cash, Englebert Humperdink o los Rare Earth. La revolución no será televisada… La revolución será en directo”.

Inducido por aquel listado de artistas “mainstream” de los años ´70, pensé en quienes serían los representantes del asunto musical a día de hoy y lo primero que asaltó mi mente fueron los “fake artist”, o artistas de mentira, situados en el Olimpo de la fama por obra y gracia de un dios de color verde: Bisbal, Melendi, Miley Cyrus, Justin Bieber o One Direction… Su música la escuchan los “teenagers” y los asumen como un referente del mundo en que vivimos, siendo además los adalides de la cultura oficial (o la anticontracultura si se me permitela licencia) Dicho en otros términos, “son lo que hay”. Comprendí que debía encender la radio y comprobé, a los pocos minutos, que el hit mundial corría a cargo de DJ Avicii (relevo del absolutamente prescindible David Ghetta) con un “bluegrass” empalagoso acompañado por un absurdo bombo de fondo que parecía estar justificando hasta el hambre en el Mundo (el bombo del millón de dólares, pensé…) La canción, de título “Hey, brother”, se acompañaba de una letra bobalicona tan intrascendente que, naturalmente, estaba en perfecta sintonía con la música.

Con todo aquello en mi cabeza imaginé que el problema estaba en la baja calidad musical y, lo que es peor, en el bajísimo nivel de exigencia del escuchante, eso, o que la teoría del multiuniverso de Hugh Everett se podía demostrar con la industria discográfica de este modo: El “Gran Hermano” falsea el gusto mundial, lo manipula en una realidad que solo existe en un universo virtual dentro de otro real que, indefectiblemente, acaba tragando con todo lo que se plantea en aquel falso universo plantilla. Mientras algunos esperamos que esos dos universos choquen y se lo lleven todo por delante.

En aquel momento me vino a la memoria un divertido “gag” en el que un tipo trataba de convencer al dueño de una casa de empeño de que la rata que sostenía en su mano era, en realidad, un visón por el que debía pagarle una fortuna. Aquello me condujo a pensar que durante los años ´60 se quemaban los discos de los Beatles por resultar inadecuados al moralista “statu quo” judeo-cristiano. Igualmente en los años ´70 se prendió fuego a los álbumes de rock duro y heavy metal por encontrarlos satánicos, además de peligrosos para la salud mental cuando, en realidad, no hacían otra cosa que criticar una sociedad absolutamente cavernícola y profundamente injusta, siendo, incluso, llevados a juicio muchos músicos por inducir a disturbios, suicidios y demás disparates conspirativos contra el sistema. El asunto se resolvió con aquellas ridículas pegatinas, “parental advisory”, que otorgaban pedigrí malote a cualquiera que usara un taco, quedando el verdadero mensaje ya desvirtuado.

A finales de los años ´70, a su vez, ardieron muchos álbumes de la imperante “disco-music” como una airada reacción -antidisco- que intuía el inminente descerebramiento musical de los artistas y usuarios de música, no obstante, fue un golpe baldío a un mundo que comenzaba a pensar ya solo en cifras, balances y cuentas de gestión. Aquel acto insólito tuvo lugar el 12 de Julio de 1979 y se conoció como la “Disco Demolition Night”.

Alguien dijo que a los productores musicales ya solo les interesaba mantener el “beat” de un batería, sin más. Un bombo era lo único que interesaba para mantener al escuchante adicto y no un regimiento de músicos que con sus devaneos creativos, adicciones y prepotencias, acabarían por arruinarlo todo. Nace así la “disco music” y más tarde el, “house”, “dance” y “techno”. El músico artesano perdía la batalla por la imposibilidad de luchar contra ese monstruo que es un mercado codicioso, intrigante e insaciable, y si no que se lo pregunten al Quijote mestizo, al enano de Minneapolis, al “sexy motherfucker”, al artista antes conocido como… Prince.

Recordé que durante aquellos felices años ´80, mientras Ronald Reagan y Margaret Tatcher ponían los cimientos para la mayor crisis de nuestra era. La de 2008. Se fundaron instituciones para la rehabilitación de enfermos del rock. No la rehabilitación de rockeros adictos a sustancias, si no la de chicos y chicas que habían escuchado música rock y que, tras la infección, se sometían -por mediación de unos padres llenos de los mismos demonios que trataban de combatir- a un exorcismo inducido en una institución mental, donde se mantenían ocupados en actividades sencillas de desinfección como la de cantarle al mismo Dios de las plagas, las inundaciones y las enfermizas pruebas de fe.

Tristemente, la música rap, punk y reggae -últimos bastiones de la contracultura y la consciencia con un enorme papel en la historia- han terminado en una suerte de circo “mise en scene” del que ya no se espera gran cosa, dejando todo el asunto en manos de la industria del entretenimiento más turbadora que ha existido jamás.

Finalmente, tras unir todas las señales que, tan naturalmente, se me habían presentado, me fue posible concluir que lo que necesitamos es un nuevo Dylan, o un nuevo Morrison, cuyo grito iniciático en una actualizada celebración del rey lagarto; “¡wake up!”, devuelva la consciencia a los jóvenes. En definitiva, necesitamos nuevos Judas que traicionen a falsos líderes y provoquen que los tiempos cambien, porque la revolución ha sido devorada, masticada y escupida, como un trozo de carne seca, por un sistema que nos ha convertido en zombis ávidos de entretenimiento constante, y aburridos hasta el tuétano de todo lo que cueste el más mínimo esfuerzo intelectual.

El ejemplo más terrible de este hastío febril es que, pese a que en estos días una noticia da la vuelta al mundo en segundos, lo único que recordamos de ellas son aburridas veleidades de gente casi desnaturalizada, estupideces de patética ternura que ahondan en la pérfida cara oscura del ser humano, por otra parte, cada vez más diabólica, (¿hola k hase?) y en el desasosegante amarillismo de toda la vida.

Un hambre voraz por ser constantemente entretenido, la fe ciega en mensajes manidos pretendidamente grandilocuentes y vociferados por oportunistas dickensianos -la era del “coaching”, el nuevo crecepelos infalible- junto con la necesidad egomaníaca de las personas por un instante de popularidad a cualquier precio, acaba provocando que uno se sienta un extra a caballo entre dos proféticas películas: “Mad Max II”, de George Miller y “Brazil”, de Terry Gilliam, curiosamente estrenadas aquella década prodigiosa en la que se comenzó a fraguar el germen de nuestra situación actual.

Justo ahora, y más que nunca, requerimos que alguien componga “The times they are a changin´”, y  la deje escrita sobre una mesa para que al llegar a manos de algún amigo del necesario compositor se vuelva a repetir aquel fundamental diálogo:

–¿Pero hombre, qué es esta mierda?

–Bueno, ya sabes…es lo que la gente quiere oír…

KEVIN AYERS –LA MALDICIÓN CON FINAL FELIZ-

Durante los últimos años ´60 y la primera mitad de los ´70 tuvo lugar la eclosión de un movimiento musical insólito en Inglaterra, un estilo basado en la mezcla de pop psicodélico, rock progresivo, jazz y vanguardia. Este irrepetible movimiento se denominó “Escena de Canterbury” o “Rock de Canterbury”, y se concentró en una serie de músicos oriundos de aquella mágica zona de Gran Bretaña.

A diferencia de sus coetáneos, los músicos que desarrollaron este subgénero musical, desenvolvieron conceptos enormemente amplios, llenos de misteriosos matices, densos desarrollos instrumentales, evocadoras envolturas de teclados, letras poéticas y, en conjunto, un deleite musical de primer orden y efímera vida. Algunos de sus representantes fueron, entre otros muchos, Mike Oldfield, Caravan, Camel, Robert Wyatt o el excelso Kevin Ayers.

Kevin comienza su carrera musical grabando dos discos con la mítica formación Soft Machine entre 1967 y 1968, aportando a la banda; psicodelia, letras humorísticas, su inconfundible voz de barítono, una atractiva percha y algunos potentes bajos. Para el tercer disco, sus compañeros deciden continuar desarrollándose en terrenos más jazzísticos, y Ayers abandona la formación para comenzar una fabulosa carrera en solitario. De aquellos tiempos retuvo un aprendizaje sólido como “frontman”, una gira abriendo para el inefable Jimi Hendrix y un montón de facturas que sus managers pretendían que pagara con drogas, pues éste fue el único pago que percibió de sus conciertos.

En 1969 firma un contrato con Harvest -discográfica que ya había lanzado el primer álbum de Pink Floyd- y con la que registra sus cuatro primeros y más experimentales discos. Ayers se rodea de insignes músicos de vanguardia y los reúne en “The Whole World”, su chiflada banda de acompañamiento. Antiguos colaboradores de la Soft Machine como Mike Ratledge, un jovencísimo Mike Oldfield, la poetisa y amante de Jim Morrison, Nico, un arreglista de vanguardia, David Bedford, e incluso Elton John, que le acompañó soberanamente al piano en muchas de sus composiciones. Durante este periodo,  además,  registra un corte con el malogrado Syd Barret en el clásico “Religious Experience (Singing a Song In The Morning)”, el último antes de que éste se pulverizara el cerebro a base de ácido lisérgico y abandonara absolutamente la realidad hasta el día de su muerte en 2006.

Durante la primera parte de su carrera, Ayers, desarrolla un estilo muy personal, por momentos inclasificable, y consigue fuerte notoriedad en europa gracias a joyas con el encanto de “May I?”, bizarradas campestres como “Oh, My”, el sensacional homenaje al rock and roll 50´s de “Stranger In Blue Suede Shoes” o la profética “Shouting In a Bucket Blues”, canción que, a la postre, resumiría su paso por la vida y que interpretó siempre en directo como quien muestra el DNI para identificarse. Todo ello provoca que se consolide como un artista inquieto, como una referencia para artistas y público -incluyendo los de nuestros tiempos- y como un músico de culto imprescindible, único…auténtico.

En 1974 cambia de discográfica y firma por Islands, un sello especializado en rock progresivo. Ese mismo año comienza una fértil relación profesional con el espectacular guitarrista irlandés Ollie Hashall -a quién más de uno consideró el mejor guitarrista del mundo- un vínculo musical y amistoso que durará veinte años y que volvió a Ayers y Hashall inseparables.

Islands pretende vender a Kevin como a un guaperas con talento, produciéndole dos de sus discos más fundamentales. “The Confessions of Doctor Dream and Other Stories” (1974) y “Sweet Deceiver” (1975), invirtiendo fuertes sumas de dinero en su producción, sin ahorrar en promoción, músicos de estudio –la lista es interminable- y demás excentricidades. Con ellos, Kevin Ayers, alcanza el cénit de su trayectoria musical. Son discos elaborados, mimados y rebosantes de genialidad, muestran a un artista más accesible, más rockero, más adaptado a las fórmulas de la época pero, además, inquieto y juguetón en las composiciones, compitiendo en genialidad creativa con cualquier afamado artista del momento.

El 1 de Junio de 1974, realiza un concierto extraordinariamente bien publicitado, junto a otros “raritos” de su generación; John Cale, Nico y Brian Eno, en el Rainbow Theatre de Londres. Este directo fue legendario por el hecho de que Ayers, un conquistador irrefrenable, fue sorprendido por John Cale con su mujer en la cama el día antes de la actuación. La audaz portada del vinilo muestra a ambos músicos mirándose frente a frente en una curiosa actitud que da a entender qué clase de amistad tenían. John Cale habló sobre este hecho en la canción “guts” (agallas) en el disco “Slow Dazze”, además de despacharse a gusto aquella noche con la versión más desgarradora y sentida del “Heartbreak Hotel” que se haya hecho nunca. Pese a todo, Ayers y Cale, continuaron siendo amigos, colaboradores y compañeros de borrachera durante toda su vida. Algunas de sus grandes canciones de ésta época son el cañonazo “The Up Song”, ideal para dedicársela a la chica a la que amas esperando que vuelva contigo, la preciosa “Toujurs La Voyage” con Elton John, “Sweet Deciver” -de corte tremendamente actual- o la inquietante “Circular Letter”, también con un soberbio Elton John al piano.

En 1976 vuelve a su antigua compañía discográfica (Harvest) y comienza un lento declive musical debido a un fuerte desengaño en su experiencia con el negocio musical. Hastiado de todo, decide retirarse a Deià (Mallorca) -alentado por Robert Wyatt- a una preciosa casa de aquel diminuto pueblo encantado, y vivir a orillas del Mediterráneo, disfrutando del sol, la gastronomía, la pesca, las mujeres, su maldición y, sobretodo, del buen vino. Allí vivió y crió a sus dos hijas, compuso sus discos en un pequeño estudio con sus amigos españoles e ingleses y compartió la vivencia con su leal amigo Ollie Hashall hasta 1990.

Sus primeros tres discos de retiro, “Yes, We Have No Mañanas” (1976), “Rainbow Takeaway” (1978) y  “That´s What You Get, Baby” (1980), son fabulosos. Canciones como “Falling In Love Again”, “The Owl”, “Blame It To Love”, “Where Do I Go From Here” o “Where Do The Stars End”, muestran a un Ayers relajado, melancólico y soñador, al que ha sentado muy bien el Mediterráneo, y que ha abandonado la experimentación para mostrar un catálogo de canciones melódicas, suaves y sentimentales, siempre con su personal estilo. En adelante, Kevin, decide no pensar más, se dedica a drogarse, beber y vivir su decadencia sin presiones, tan pocas, que permite que Julián Ruiz –aquel señor a quién todos recuerdan por vestir con las cortinas de su casa, y que venía de producir a Tino Casal y Danza Invisible- le realice un álbum en 1983, “Jack Diamond And Queen Of Pain”, -del cual el propio Ayers decía no recordar haber grabado, en parte debido a sus borracheras, en parte debido al sonrojante resultado-. Durante los siguientes años, Kevin, actúa esporádicamente con músicos mallorquines, que lo adoran y rescatan intermitentemente de su retiro voluntario, y se dedica a pasar de todo.

Vuelve en 1988 con “Falling Up”, del cual destaca la deliciosa “Am I Really a Marcel”, y aún realiza un álbum más, “Still Life With Guitar”, tras el cual queda devastado por la muerte de su íntimo camarada, Ollie Hashall, por sobredosis de heroína el mismo año de su publicación, 1992. Ollie fue un guitarrista, pianista y cantante descomunal, capaz de haber hecho cualquier cosa, pero que decidió entregarse completamente a músico de acompañamiento de Kevin. Se retiraron juntos a Deià y, durante ese periodo en España, grabó el tremendo “Veneno en la piel” con Radio Futura, acompañándoles también en la gira promocional del disco. Murió en Madrid, en la famosa calle de la Amargura, como si hubiera querido dejar ese epitafio a muchos músicos de su azarosa generación. Después de aquello, Kevin, quedó deshecho y abandonó la producción musical hasta 2007 -exceptuando un sentido homenaje a su colega en el año de su muerte- Es en este año cuando publica su último disco, el más que decente “The Unfairgound”, en el que se despelleja vivo entre canción y canción, con constantes referencias a su tumultuosa vida y todo lo que fue perdiendo por el camino; amigos, amores, salud… algo que se testimonia en la sentida “Wide Awake”.

Seis años después, la noche del 17 de Febrero de 2013, con 68 años y viviendo ya en el sur de Francia, Kevin Ayers se va a dormir, a soñar canciones nuevas, a planear volver a Mallorca para el verano, pero al día siguiente… ya no se levanta. Su hija, Galen Ayers, psicóloga y artista, metió las cenizas de su padre en una preciosa vasija y lo llevó de vuelta a Deià -donde fue feliz- paseándolo junto a un buen puñado de amigos y gente que le quería; Bob Geldoff, Mike Oldfield, John Cale y una interminable procesión de músicos, poetas, fans y curiosos, que cantaron sus alegres canciones mientras lo conducían por las calles del pueblo camino del cementerio.

El “hippy” de oro, el doctor sueño, el incombustible e indolente hedonista, el magnético seductor de cabellos rubios y profunda voz, el hombre que se preguntaba melancólicamente dónde terminaban las estrellas, descansa ahora junto a su inseparable amigo y compañero Ollie Hashall -enterrado también en el cementerio de Deià- para dejarles cantar juntos “May I?” bajo los luceros, pidiendo educadamente permiso para sentarse en las puertas del cielo a seguir tocando, bebiendo y soñando por siempre, haciendo realidad aquello que el propio Ayers vaticinó en una de sus más personales canciones…

“lovers come and lovers go, but friends are hard to find, I can count all mine in one finger” (Shouting In a Bucket Blues –Kevin Ayers-)

KNOCKING ON HELL´S DOOR. DYLAN HEART

Tomándome un café hace algunos días, distraído en los vaivenes del bar donde me encontraba, acabé por interceptar una conversación entre dos chicos que, emocionados, reivindicaban la autoría del clásico “Knockin´ On Heaven´s Door” al errabundo cantante Axl Rose de Guns and Roses. Aquel comentario hizo pensar en lo ajenas que muchas canciones de Bob Dylan le son a su propio autor. Tuve la sensación de que, ciertamente, las dejaba sin terminar y que tal vez lo hiciera más consciente de lo que nos quiso hacer creer. Muchos de sus clásicos parecen las hijas de un padre ausente, de un progenitor desprendido que desea que otro se encargue de ellas.

Con la taza de café ya vacía concluí que seguramente hubiera un motivo explícito detrás de aquel extraño comportamiento; y la fascinante idea de que un autor como Dylan se quisiera deshacer de sus propias composiciones me trajo a la cabeza al actor Micky Rourke interpretando a Johnny Favourite en la película “El Corazón del Ángel” (Angel Heart) de 1987.

Me reconozco entre los que en algún momento de su vida han pensado que “All Along the Watchtower” era un tema de Jimi Hendrix, “Like a Rolling Stone” de Rolling Stones, “Mr. Tambourine Man” de The Byrds, “Highway 61 Revisited” de Johnny Winter, “I Shall Be Released” de The Band o “If Not For You” de George Harrison; así como “Country Pie”, “My Back Pages” o “Father of Night” de The Nice, Roger Mc. Guinn o Manfred Mann, respectivamente, y sin embargo soy consciente del enorme peso músico/social que significó -y significa- la trilogía formada por los discos; Bring It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y el celebérrimo Blonde on Blonde (1966), firmados todos ellos por un mesiánico Bob Dylan que, tan solo un año después de la publicación de éste último, desaparecería de la vida pública para recluirse en una granja de Woodstock (Nueva York). Allí, y junto a su familia, viviría austeramente, alejado de la movediza escena musical americana de los ´60, y deshaciéndose de su propio repertorio en huidizos discos country de autocomplaciente decadencia. Usó como excusa para el exilio haber sufrido un accidente de tráfico en Julio de 1966 y se quitó de en medio asegurando “haber visto la luz”. Un misterioso ardid que le evitaría, en lo sucesivo, cualquier halo de notoriedad a través de su música o su persona.

Fue justo a partir de aquel momento cuando comenzó a componer más diamantes en bruto. Manjares que otros extraerían, como cervezas de un cubo helado en una fiesta, para regocijo del público y las listas de éxitos. Una oscura e hiperbólica elipse que le convertiría en una suerte de imitador de su propio repertorio y en cuyo eje central se dibujaría la extraña figura de Robert Allen Zimmerman, alias Bob Dylan.

La trama adquirió interés cuando recordé una turbadora entrevista concedida por el propio músico hace ya algunos años. En ella afirmaba, con evidente congoja, que a día de entonces seguía pagando la enorme deuda derivada de un contrato suscrito con “el comandante en jefe de un mundo que no podemos ver”, con cláusulas tan antiguas como las que firmó el primero de los hombres. De ahí que un delirio me condujera al Fausto de Goethe que, a su vez, me hizo desembocar de nuevo en Angel Heart: La película en la que Alan Parker narra la recurrente historia de la venta del alma al diablo por artistas ávidos de lujuria. Enseguida columbré los inquietantes paralelismos entre Johnny Favourite (alter ego de Harry Angel en la película) y Robert Zimmerman (alter ego de Bob Dylan en la realidad).

Quizás Dylan también hubiera permutado su alma a cambio de la fama y la fortuna; y quizás también él, desde la atalaya de esa gloria ya disfrutada, hubiera tratado de eludir el pacto sin éxito. Como ocurriera con Favourite, Dylan, también habría sido descubierto por el implacable Luois Cypher (Lucifer), y en castigo a su esquizofrénica mise en escène, el demonio, le habría obligado a recordar su antigua deuda haciéndole sufrir un dramático descenso a los infiernos.

Para escapar del diablo, Johnny Favourite, se convirtió en Harry Angel: Un vulgar detective de poca monta que se debatiría agónicamente entre el evangelismo, el vudú y la apostasía en busca de refugio. No muy distinto a lo de Dylan, que desapareció del mundo (que es lo que suponía recluirse en su granja de Woodstock) convirtiéndose en un amnésico anónimo al que ya se conocía como a un “Judas” y cuyos devaneos con todas las religiones convertirían en un huidizo moroso. -El tipo de persona que tanto agrada al maligno y a quién suponen un estímulo extra-.

La traición de Harry Angel a todas sus amistades forma parte del oscuro encanto del personaje siendo su “alter ego”, Johnny Favourite, quién perpetrara las vilezas. Robert Zimmerman, por su parte, también decepcionó a sus admiradores, a sus líderes religiosos, e incluso a sus más generosos colaboradores musicales: The Band, estando detrás de todas las felonías su enmascarada segunda personalidad: Bob Dylan.

Durante toda su vida, Bob Dylan, ha tratado de deshacer el trato con Louis Cypher, atormentado, como todos sus antecesores, por el alto precio a pagar por algo tan vacuo y provisorio como son la fama y la fortuna. Al comprobar que su intento de burla al demonio había fallado recurrió al último arbitrio de los condenados: solicitar el amparo de otras deidades. Pensó que convirtiéndose al catolicismo y actuando ante el Papa podría acceder al indulto de su alma condenada declarándose, por fin, salvado.

-Sabéis que estamos viviendo los últimos días. Llegó a predicar durante la gira de su elocuente álbum Saved en 1979 y, tras citar la Biblia, añadió: -Echad un vistazo a Medio Oriente. Os avisé en “The Times They Are-a-Changin´”. Dije que la respuesta estaba flotando en el aire, ahora os digo que Jesús está de vuelta-. Concluyendo aquel sermón diciendo sentirse rescatado por la gloria de Dios, redimido, y lleno de gracia divina al grito de mil aleluyas que no evitarían que el nauseabundo olor a azufre del Infierno aún le envolviera la pituitaria.

Seguramente, tal y como sucede en el imprescindible film de Alan Parker, Bob Dylan no consiga nunca zafarse del sinalagmático acuerdo que suscribió con Louis Cypher, y que, todavía a día de hoy, sigue indeleblemente vivo. Incluso es posible que el propio Louis acabe por convocarle para ofrecer un último concierto. Un recital íntimo que ocurrirá en una amplia sala, donde un deleitado Cypher le esperará solo, sentado en una confortable butaca de terciopelo desde la que, acariciando la empuñadura de su elegante bastón de plata, se preparará para escuchar a su más escurridizo socio entonar, durante toda la eternidad, el estribillo de aquella canción en la que decía sentirse como llamando a las puertas, esta vez, del Infierno.

 

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