RUIDO BLANCO

Llevo más de cinco minutos esperando en la cola de la caja de este supermercado y esto no parece que vaya a avanzar en los próximos cinco siguientes. ¡Un total de diez minutos desde que he entrado aquí! ­Se supone que alguien con los estudios mínimos debe velar porque estas situaciones no se den. Estoy perdiendo la paciencia y cada maldita persona que puebla este espacio me da asco. La luz artificial me está poniendo enfermo y ni siquiera huele mal. ¡No huele a nada! Es como estar en el último pasillo del último piso del edificio más recóndito del planeta – Pensé sabiendo que aquello acababa de empezar.

Era media tarde del lunes y para ahorrar tiempo debía ir al supermercado de al lado del trabajo para comprar detergente. Los lunes se hacían realmente duros cualquier semana del año pero solían ser aún peores si tenía que obligarme a ir a algún lugar que estuviera poblado de personas. Todos los lugares infestados de gente a media tarde son una agonía y el peor de todos es, sin duda, un supermercado.

Desde donde estoy encuadro perfectamente al guardia de seguridad como si fuera un adorno mugriento de bienvenida. Me encantaría que ese cretino se pudiera ver desde donde yo estoy. Se iba a llevar el disgusto de su vida. Con la pinta de jugador de tragaperras impotente que tiene y esa barriga de fracasado que le cuelga. Es como si no se hubiera mirado a un espejo en su vida. Apuesto a que si los niñatos que revolotean por los licores quisieran robar todas las botellas de alcohol podrían hacerlo sin esfuerzo porque este tío no iba a mover un dedo. Me lo imagino con la cabeza incrustada en la montaña de panetones de la puerta al tratar de detener a los chavales como un perro fofo tras un balón de fútbol. ¡Hay que ser imbécil! Pero aun peor es el tipo que lleva al niño metido en el carro de la compra. Con la cara de tonto que tiene a ese crío le espera un infierno en la pubertad. Estoy seguro de que su mujer le pone bien los cuernos… Eso es seguro. Mientras el atontado está aquí con el crío, ahí andará la otra en su casa dale que te pego con el vecino. El mismo que coincide siempre con ella  en el ascensor. Mientras el desgraciado está viendo el fútbol con su banderín de mierda llorando penaltis. ¡Uy! !Ay! Y su mujer está en casa del otro gimiendo sin descanso las mismas onomatopeyas. ¡Es que se ve nada más mirarle! Si todo me diera igual iría y se lo diría en la cara.

No era necesario vivir más tiempo aquella situación. Me sentí valiente y traté de salir de allí cuanto antes.

-Perdone señorita. -Dije en tono amable a la cajera encaramándome desde la cola. ¿Es que no van a abrir la otra caja, en esta tenemos para un buen rato, no le parece?

La cajera me ignoró y siguió despachando los artículos que extraía de una cesta de plástico que llevaba una pareja como si los sacase de la chistera de un mago. Al poco reaccionó, alzó la mirada hacía la zona de los cosméticos que se encontraba enfrente, y dejó un instante de aplastar mecánicamente unas rígidas botellas de tónica sobre el lector de productos. Se ausentó treinta segundos para preguntar de mala gana por su compañera al oriundo encargado de seguridad, quien, a su vez, tardó otros tantos en reaccionar y poner en marcha su particular dispositivo de búsqueda. Tiempo suficiente como para que la pareja de usuarios premium de tónica Schweppes consideraran aquello una falta grave.

– ¡Señorita! Cacareó con tono serio el cliente frotándose la nuca. Un tipo dolorosamente calvo, de unos cincuenta años, y premium también de Ralph Lauren. – Estas bolsas que venden ustedes son ínfimas. ¡No cabe nada! Fíjese, apenas nos entra la leche y dos cosas más y ya se han llenado.

– Apunte, Apunte. Apostilló a continuación la mujer que le acompañaba. Una señora de aspecto engañosamente frágil  y más joven que su él. – !Déjeselo apuntado a su encargado! Dijo mientras trataba de encajar pretendidamente mal un paquete de huevos dentro de un hueco inexistente de una de las dichosas bolsas. – ¡A buen precio las cobran ustedes luego, eh!. !A buen precio! Recalcó la mujer desahogando una conclusión que parecía estar allí presente en la mente de todos.

Sin apenas darnos cuenta, una nueva cajera llegó y se instaló en la caja de al lado. La chica parecía extasiada por la enorme cantidad de público presente en la cola. Se la veía casi actuar. Entró en situación como una actriz de teatro, parecía haber cambiado las tablas del escenario por las cajas registradoras.

Refunfuñé con ansiedad ante el panorama que me estaba tocando vivir. !Encima se quejan! Me detuve en observar al hombre cincuentón de las tónicas. Era un paleto venido a más. Lo imaginé en nochebuena, dándole la brasa a toda la familia con sus recetas de éxito. Debía ser de los que se piensan que el mundo es una enorme barra de bar llena de copas servidas solo para él. Menudo cretino. Su acompañante, además, era ya una mala pécora. De esas que se quejan por deporte. Seguro que también le pone los cuernos – Presentí en mi refugio mental.

– Pasen por orden de cola, por favor. Interrumpió la cajera recién llegada empleando el tono de una azafata de vuelo.

Durante unos segundos de confusión nos reubicamos todos en las dos cajas de un modo que habría dado una tesis a un sociólogo y en revuelo observé que el sujeto que pasaba ya su compra por la cinta era luis. Un viejo amigo del instituto. En aquellos años lo llamábamos el “monohuevo”, y verlo de nuevo me resultó inquietante. A simple vista era un personaje de un cómic de Mortadelo que había cobrado vida. Unos horrorosos zapatos italianos de color blanco que adelantaban unos pantalones con más de mil lavados. Un enorme cinturón de hebilla que encerraba como podía una camisa abigarrada. Un pelo con truco en las entradas y una cara, tan abotargada y bronceada en pleno Diciembre, que hacían que confiar en él fuera una imprudencia suicida. Su aspecto, en definitiva, era delirante… Alienígena… Extraterrestre… Era un replicante.

Por otra parte, su compra tampoco defraudó. Vino del malo, un sin fin de mierda repelentemente anunciada en televisión. Gomina Giorgi, queso Camembert y media docena de congelados de marca blanca. Desde ese momento, el “monohuevo”, era también el rey de la serie media intergaláctica.

El contacto fue imprudente y, como no podía ser de otro modo, en el momento peor. Pagó su compra mientras yo lo ojeaba tan de refilón que podría habérseme desprendido la retina. Parecía que se marchaba pero se volteó por algún motivo inexplicable y nuestras miradas se encontraron. Error mío.

-¡Ismael!, ¡canalla! Gritó con el cuello torcido sobre su tronco y a un volumen afín a su compra y aspecto… Desproporcionado. Le respondí tratando de ocultar la profunda vergüenza que estaba sintiendo y esperó por mí a que pagara como un cobrador del frac que ha perdido la piedad por la dignidad ajena.

Su nombre era Luis Romero, era de Murcia, y debía hacer más de diez años que no nos veíamos. Durante la siguiente media hora no dejó de ponerme al día de los asuntos más intrascendentes, como si en su condición de alienígena tuviera la necesidad de transmitir experiencias a otro ser de su especie.

Presté la atención más básica que puedo conseguir sin ser maleducado y durante la conversación recordé el mito de su mote. Con quince años, Luis, fue un día al baño durante un recreo y salió de él gritando que le faltaba un testículo ante el estupor de un centenar de personas. Después se supo que se había comido un buen pedazo de cannabis que algún malote le dio diciéndole que era chocolate Valor. Se le fue tanto la olla que tuvo la sensación de que le menguaban los genitales mientras orinaba. Lo peor de todo fue que, tiempo después, supimos que su abuela le practicó una lavativa casera y estuvo ausente del instituto varias semanas. El mote de “el monohuevo” aún resuena en las paredes de aquel centro junto con generaciones de carcajadas.

– !Tío! Dijo Luis cogiéndome del hombro con fuerza y marcando su acento murciano. ¿Tú sabes algo de la gente? Por lo menos más de diez años que no los veo, el año pasado vi a Carlos, el que curra en el aeropuerto. ¿Tú qué estás haciendo ahora, a qué te dedicas? Tienes pinta de casado ¿Te has casado ya?

– Trabajo en un estudio de arquitectura. Le respondí en tono triunfalista. – Me casé con una chica de mi pueblo, Mónica, y vivimos juntos en el centro desde hace cinco años. De la gente no sé nada yo tampoco. ¿A tí cómo te va?

– !A mi muy bien! Trabajo de comercial en una empresa de calzado aquí cerca. Estoy soltero. Yo paso de casarme y de rollos de esos, ¿tu sabes la de tías que te puedes ligar en las redes sociales, tío? Hay miles desesperadas por conocer a alguien y las hay de todo tipo, hasta casadas que están ya aburridas de todo y quieren que alguien les recuerde lo que es tener veinte años otra vez. Tú ya me entiendes, ¿no? – Me contó con la sinceridad que emplearía un tonto.

Luis detalló cada chica que había conocido en una decena de redes sociales durante años de lívido desatada. Sus nombres, sus medidas e incluso la lencería que usaban cuando conseguía llevárselas a la cama. Mientras él me hablaba, yo me fijé distraídamente en un señor mayor situado cerca de nosotros. El hombre recibía instrucciones precisas de su mujer en un círculo de bolsas llenas de compra. Ella le hablaba alto, y era evidente que, debido a su avanzada edad, el señor tenía las capacidades justas de entendimiento y la movilidad de un reptil decrépito. Parecía que hubieran olvidado algo y para hacer la operación más ligera, fue la mujer -aparentemente más ágil- la que regresó a la jungla de artículos a rescatar el conveniente producto, dejando al abuelo encargado de las bolsas. El viejo puso todos sus sentidos en alerta de un modo casi circense. Se encogió de hombros, hinchó el pecho, y adoptó porte de soldado de infantería retirado. Parecía que fuera a desfilar en aquel mismo momento si  alguien le entregaba un fusil. Algo que no evitó que se la apareciera la Virgen a un mendigo que merodeaba en la puerta del establecimiento.

– ¡Eh, oiga, que le roban! – Grité apartando a Luis que se giró como dando un paso de baile. Los dos nos apresuramos a detener al ladrón que ya emprendía la huida mientras el anciano miraba a cualquier sitio menos donde debía. El chorizo se escurrió entre los vehículos aparcados frente al establecimiento y en segundos ya se había esfumado. Luis saltó detrás de él y le perdí la vista enseguida. El revuelo en la puerta del supermercado era notable. Comentarios, indignación, solidaridad apresurada. La humanidad de un minuto. Mientras tanto yo me dirigí hacia el anciano y traté de tranquilizarle. El hombre parecía temer más el momento en que su mujer irrumpiera en escena que el hecho de que le hubieran robado la compra.

– ¡Sinvergüenzas! !Ratas!! -Gritaba el viejo con el semblante lleno de odio y la mirada ahogada en la inherente frustración. Entretanto, en el suelo, y como consecuencia de estrépito organizado, distinguí una cartera. Era la de Luis. Lo supe porque una mujer me lo dijo señalándola con el dedo. Se le había debido escurrir del bolsillo al emprender la persecución con el ladrón. La tomé con mis manos del suelo, estaba abierta y pese a que no fue mi intención, pude ver como la foto de una mujer sobresalía de entre los bultos que había dentro de la billetera. Sentí un pequeño escalofrío en la espina dorsal que contuve con hermetismo y que se desvaneció justo cuando un reaparecido Luis la agarró bruscamente de mis manos cerrándola de un golpe.

– ¡Pensé que me la había robado el mendigo, qué alivio, tío! – Dijo exhalando todo el aire que traía en los pulmones.

Aunque confuso, me concentré en consolar al pobre hombre que estaba recibiendo una espectacular bronca por parte de su mujer. La señora había aparecido de entre el tumulto blandiendo un fuet con una mano. Si hubiera habido una cámara filmando ese momento, detrás de ella, hubiera estado el gran Luis Berlanga.

Pasado el elemental revuelo todo volvió a la normalidad. Luis y yo nos despedimos con pretendida emotividad que hizo más creíble el calor del momento. La adrenalina que aún recorría las arterias de mi corazón se licuó en la rutina del regreso a casa. Estúpidos cruzándose a toda velocidad en las rotondas, un millón de vueltas a la manzana buscando aparcamiento y el repugnante sonido de las maquinas excavadoras que empapaba mi barrio por la gentileza desprendida de Telefónica.

Estaba deseando ver a Mónica. La quiero por muchas cosas, pero por encima de todo, por su inagotable empatía. Tuve que subir andando los cuatro pisos que llevan a nuestra residencia porque el ascensor seguía averiado. Fue como volver a presenciar la escena del robo en el supermercado, al menos en lo tocante a la tensión arterial. Abrí la puerta y saludé mecánicamente como hacían los maridos cliché de los años cincuenta. Al segundo supe que se encontraba en la cocina, como casi siempre, escuchando la radio, limpiando, ordenando cosas o preparándose un sin fin de tupperwares con los que se acabaría el hambre en El Tobo. Le di un beso corto y me interesé por su día perezosamente. Mónica cogió un paño de cocina que había sobre la repisa, me miró como si el gesto se le hubiera mimetizado con la tela arrugada de la bayeta y me dijo – La gente da asco. Con la misma desgana que imprimí yo al preguntarle.

– !A que sí! Le respondí arrebatado por el conjuro mágico de sus palabras.

Ese era el mejor momento de cada día. Mónica y yo nos drenamos el veneno acumulado bajo la piel de nuestras propias frustraciones cada día justo antes de sentarnos a ver la tele. Un juego que había empezado como un recurso, siguió como un vicio, y continuó como una necesidad.

– ¿Sabes a quién he visto hoy en el supermercado? ¿Te acuerdas de que una vez te conté la historia de un imbécil al que llamábamos el “monohuevo” en clase? Pues me lo he encontrado en la cola del supermercado esta tarde. !Menudo imbécil! Va vestido como un garrulo y dice que no para de ligar y de tirarse tías por las redes sociales. Solteras y casadas aburridas – Le dije haciendo aspavientos con las manos, y sin poder acabar la frase sentí un pequeño escalofrío en la espina dorsal que contuve con hermetismo y que se desvaneció justo cuando Mónica me agarró bruscamente de las manos cerrándomelas de un golpe.

– Hoy no tengo ganas de criticar a nadie, Ismael. ¿Has comprado el detergente? Me respondió contundente con una mirada que no reconocía. La sensación, que aun me recorría la espina, me subió a la cabeza y me hizo sentir mareado. Ella se dio la vuelta, dejó aquel paño sobre la repisa, y se marchó de la cocina sin esperar mi respuesta. Me dejó solo, con la radio, mientras el locutor pregonaba sobre las mentiras de un político a punto de ser imputado en un delito grave. Las máquinas, que aun rugían en la calle, levantaron el tono y ya solo se oía un ruido incómodo. Monótono. Indolente. Un ruido blanco como el que hace una lluvia amorfa cayendo sobre un tejado de lámina. El ruido que provocaba el recuerdo de la foto de Mónica en la billetera de Luis.

EL ÁRBOL MÁGICO

No se hablaba de otra cosa en el pueblo y, naturalmente,  la noticia me llegó de inmediato, como si saber de ella fuera imprescindible para seguir respirando el aire de aquel lugar. Salí a la puerta de casa y lo comprobé con mis propios ojos pues desde la entrada  solía verse perfectamente, de hecho, aquel roble, solía poder verse desde casi cualquier parte. Estaba allí arriba, en lo más alto, coronando la segunda montaña más elevada que la vista podía alcanzar. Aquel árbol era uno de esos caprichos raros de la naturaleza, como las piedras con rostro humano o las nubes de formas mudables, y según desde donde se mirara su aspecto también se volvía antojadizo. Yo solía recordarlo como un enorme y hojoso luchador de  sumo que se sostenía sobre dos espectaculares raíces arqueadas que dividían el sendero natural del monte.

 
Los viejos contaban que si se pasaba por debajo de sus raices siendo niño y se pedía un deseo no tangible, éste, se acabaría cumpliendo de adulto, y es cierto que durante los siguientes años aquella tradición se continuó hasta el punto de ser cientos de niños, venidos incluso de otros pueblos, los que pasaran por debajo de aquel descomunal roble. Un fenómeno que duró hasta que, tan solo hace unos días y durante un extraño temporal veraniego, un rayo -el único que tocó tierra en toda la comunidad en más de cuatro décadas- fulminó aquel mítico tótem de los deseos quedando el lugar yermo y, para sorpresa de todos, ni tan siquiera las cenizas se pudieron recuperar.

 
La gente del pueblo comentaba que sus raices se habían cargado de tanta energía que atrajeron a la centella de forma natural, algunos, los más fantásticos, se atravían a comentar que ese rayo había transportado los anhelos condensados durante años, como si aquel roble fuera un pozo que al llenarse liberara un jugo pacientemente macerado en el tiempo.

 
Esta mañana, antes de volver a la ciudad, me reencontré con un viejo amigo, su semblante feliz y jubiloso me llenó de alegría y conversamos animadamente de todo durante un buen rato. Acabada la formalidad rigurosa y antes de que me despidiera me dijo que la enfermedad que sufría su hermano desde niño estaba remitiendo milagrosamente y no se sabía el motivo. Me sorprendí tanto que, inmediatamente, le pregunté en voz baja y en tono divertido si eso era lo que había pedido al roble, a lo que me respondió una emocionada y reconfortante afirmación.
Tal vez los deseos de todos los niños que pasaron por debajo de aquel árbol mágico se empiecen a hacer realidad o, tal vez, que desapareciera ese viejo roble sea el modo de devolver  a la despreocupada niñez a muchos hombres adultos adustos por la pesada carga de la madurez. Tal vez no signifique nada y el ciclo natural de las cosas sea solamente eso, un ciclo impenitente al que observar desde lejos, pero lo que yo ya sé hoy es que, una vez que recordé mi deseo en mi vuelta a la ciudad, recuperé por unos instantes la felicidad de aquellos años y lo dí por cumplido.

LAS PALABRAS PERDIDAS (PARTE 1)

Me desperté de madrugada y un puñado de pensamientos se me agolparon en la memoria, fagocitando el poco alimento que mi consciencia les ofrecía. Tomé una ducha pero el agua caliente fue incapaz de desprenderlos, eran mucho más espesos que la viscosa grasa que una pesadilla corriente deja incrustada tras un sueño estropeado.

Traté de no prestarme demasiada atención mientras me interpretaba a mí mismo ante el espejo del vestíbulo, vestido de actor sin ganas, sin vis ni reparto, intérprete de papeles que sabe grandes.

No pude evitar que aquel acúfeno me intimidara al abrir la puerta de casa, su murmullo era aún más alto que mis propios pensamientos, más todavía que el  amenazador sonido del tráfico al cruzar la calle, y aún mucho más que el pálpito de mi corazón resonando a estridentes campanadas aunque, es verdad, que solo era un murmullo, pero uno tan poderoso que era capaz de convertir grandes espacios en pequeñas ratoneras, y tan estridente que me hizo olvidarme de aquellas palabras… esas que me encantaba usar cuando, al despertar por la mañana, mi consciencia aún era mía, y pese a que en un vago recuerdo todavía las intuía, para cuando me senté frente al volante del coche, las sentí tan inaccesibles que ya solo las podía imaginar enredarse torpemente en mis recuerdos y ahogarse en finos alaridos bajo toneladas de escombros.

Mientras me dirigía al trabajo cobré consciencia de todo lo que necesitaba decirme desde que desperté de madrugada, hacía ya un par de horas y miles de años, y juro que me hubiera conmovido, de no ser porque estaba totalmente aterrorizado…

FELIZ CUMPLEAÑOS

De todas las chicas que poblaban el mundo, existía una en particular que había decidido que no volvería a cumplir años. Todo el mundo trataba de averiguar el motivo por el cual había dejado de hacerle ilusión ese día, sin embargo, cuando la veían sentada sola en la puerta de su casa y le preguntaban, ella solo guardaba silencio y agachaba la cabeza.

Los años pasaron y la chica creció y se hizo mayor, pero seguía sin querer cumplir años. Cada vez que alguien trataba de saber el por qué, ella desviaba la mirada hacia el final de la calle y permanecía inmóvil, como siempre, sentada en su portal.

Un día, un chico que solía pasar por delante de su casa, se cautivó con su imagen y con mucha inquietud le preguntó a un vecino cuál era el motivo de su aflicción. Al conocerlo se conmovió tan profundamente por ella que se sentó a su lado y le dijo:

– He sabido que no quieres cumplir más años y que hay algo que empaña tu corazón, me encantaría poder devolverte la felicidad, si quisieras hablarme de lo que te pasa, yo trataré de ayudarte.

Ella le miró, su seguridad y su arrojo la hicieron sonreír.

– No quiero cumplir años porque alguien ya no se acuerda de mí –le respondió taciturna.

– ¿Cómo es posible eso? – dijo incrédulo el chico. No puedo creer que haya alguien en este mundo que pudiera hacer algo así, he pasado durante años por delante de tu puerta y siempre he querido pasar unos minutos a tu lado, hoy, por fin, me he armado de valor y he sentido la necesidad de preocuparme… Deja que te ayude, no estés triste, te lo suplico.

La chica cogió suavemente las manos del muchacho y le contó su historia.

– Hace años me enamoré de un chico al que amé tanto que podía sentir el olor de cualquier flor, ver la intensidad de cualquier color y paladear el sabor de cualquier manjar sin siquiera conocerlo. Nuestro amor era tan intenso que decidimos estar juntos para siempre y emprendimos un viaje de varios días en barco hacia otras tierras en busca de un lugar donde pudiéramos estar los dos solos, no obstante, al poco de comenzar nuestro crucero, el destino quiso que una terrible tormenta nos sorprendiera e hiciera naufragar la embarcación el mismo día que yo cumplía años. Él cayó al mar y no tardó en desaparecer entre las revueltas aguas. Yo quedé sujeta a un pedazo de madera, abandonada a mi suerte en mitad del temporal, y desolada por el dolor, tanto, que la agonía con la que grité terminó por abrir el cielo, y de él descendió un haz de luz blanca que me puso a salvo en tierra firme. Ese mismo rayo auxiliador también sacó a mi amado de las profundidades del Océano, pero no lo dejó junto a mí en la playa, lo sostuvo en el aire mientras una voz queda y sin emisor me hizo saber que, a cambio de devolverle la vida, él ya no me recordaría nunca más… Me derrumbé sobre mis rodillas y lloré amarga, no deseaba vivir, sentí que me desmayaba cuando la misma voz añadió que solo volvería a recordarme, si el día de mi cumpleaños él me encontraba y adivinaba mi nombre, desde entonces salgo cada día a la puerta de mi casa y espero a que aparezca para contarle esta historia, deseando que eso suceda.

El chico quedó sin habla y cabizbajo. No trató de disimular la lágrima que resbalaba por su mejilla y permaneció en silencio apretando las manos de la chica, que le observaba desvelada a pocos centímetros. Él levantó la vista y con una mirada repuesta le dijo:

– Feliz cumpleaños, Carmen…

DÍAS DEL FUTURO-PASADO (FINAL)

Era cerca de media noche. El Sr. Papaluc había acomodado la mesa camilla de su comedor con una pequeña lámpara bajo la cual se iluminaban su rostro y el de Mauro, imbuidos en el libro de historia. El Siglo de Oro español había dado al mundo lo mejor y lo peor del género humano, no obstante, resultaba complicado encajar categóricamente a Mauro sin conocer realmente la clase de persona que era. Su teléfono móvil sonó en medio de la solemnidad del momento. –Es mi mujer, debe de estar preocupada, voy a responder –dijo mientras se retiraba a otra estancia de la casa para tener intimidad. Papaluc le observó un instante y continuó leyendo las páginas del libro con detenimiento. Desde el pasillo, el político charlaba con su mujer en voz baja, lamentando no haber regresado aún a su hogar y prometiéndole acudir a la mayor brevedad, terminó la conversación, colgó y entró de nuevo en el comedor pidiéndole disculpas a Papaluc por la justificable ausencia, éste, alzó la mirada y se dirigió a él en tono inquisitivo. –Mauro. ¿Es usted un político honrado? Mauro se sorprendió por la pregunta, aunque como político supiera zafarse con gracia de aseveraciones similares, se aclaró la garganta y trató de no sentirse demasiado afectado por la incómoda retórica que desprendía la pregunta. –Verá usted, Sr. Papaluc, ¿qué consideramos honradez?, porque, ¿quién puede, a día de hoy, decir que en algún momento de su vida no ha hecho algo que los demás pudieran considerar, ¿Cómo decirlo?, abyecto… Papaluc le interrumpió. –Es usted un corrupto, ¿verdad?, es importante que lo reconozca si quiere conocer su futuro, necesito saber quién es usted. La cara de Mauro ensombreció, se deshizo del aire que le quedaba en los pulmones y que pretendía emplear en un puñado de manidos eufemismos. –Sr. Papaluc –dijo sentándose frente a él y cruzando las piernas relajadamente-. Estoy donde estoy por ser un corrupto, en efecto, he medrado en mi carrera política y he malogrado a mis adversarios políticos e incluso a mis compañeros de partido. Soy la persona que necesitan en el poder otras personas con más categoría política y económica, alguien como yo, simplemente, les viene bien. Soy un manipulador, así es, y una persona insidiosa, además de tener una ambición superlativa. Comencé siendo un simple chofer, ¿sabe usted?, un aparcacoches cualquiera cuando, un día, descubrí que gracias a mis chismorreos, calumnias y deslealtades, me granjeaba parabienes y amistades elevadas. Poco a poco fui acumulando una enorme cantidad de cargos dentro del partido gracias a mis indignidades; vocal, secretario, tesorero, vicepresidente…y hasta la fecha, en la que mi candidatura a la presidencia es ya un hecho. Está usted en lo cierto, no soy una persona limpia, Sr. Papaluc, supongo que por esto estoy hoy aquí con usted, porque siento que hay algo inevitable en todo esto.

Mauro sintió como si se hubiera quitado un peso de encima, respiro entrecortadamente, conmovido por haber contado algo que jamás hubiera confesado ante ningún tribunal bajo el más categórico juramento o ante algún familiar de la mayor confianza, ante nadie. Papaluc le miraba impávido desde su sillón, una confesión de esa profundidad le había aclarado mucho las ideas, giró el libro y señalando una página le dijo pesadamente. –Creo que usted va a correr la misma suerte que Fernando de Valenzuela, Mauro. Éste agarró el libro con las dos manos y se lo llevó al regazo, mientras lo leía, Papaluc, se alzó de la butaca y comenzó a hablar en voz alta.

Fernando de Valenzuela fue uno de los personajes más nefastos del s.XVII. Comenzó su carrera con el cargo de caballerizo, algo así como un aparcacoches de la época, sin embargo, su ambición e ingenio para manipular le hicieron ganarse la confianza de muchos altos cargos de la corte. Se le conoció como “el duende de palacio” por sus chismorreos y falacias. Esto le acercó a la segunda mujer de Felipe IV, Mariana de Austria, quién le apadrinó y agasajó con títulos a cambio de sus patrañas. Vivió su apogeo a causa de un accidente de caza, cuando el heredero al trono, un joven Carlos II, le disparó por accidente hiriéndole, provocando la condescendencia de la reina que le nombró inmediatamente Grande de España. La nobleza del país consideró esto una afrenta y terminó siendo desterrado a Filipinas. En 1689 se le sacaría del destierro permitiéndole viajar a México en los últimos años de su vida. – ¡Dios mío! –interrumpió Mauro-, ¿y vivió mucho tiempo en México? Papaluc le miró con gravedad. –No llegó a vivir en México, Mauro, al poco de llegar un caballo le propinó una fuerte coz en la cabeza y lo mató, ¿es irónico verdad? Comenzó a ganarse la vida con los caballos y ese mismo animal se la arrebató.

Mauro parecía resignado, hundido en aquel sillón, impertérrito. –Tal vez si no me presentara a las elecciones –dijo como quién da una respuesta al azar, sin saber-. Tal vez así podría evitar este final, ¿no le parece? –Podría intentarlo –respondió Papaluc empleando el mismo tono de incertidumbre-. Pero ya le comenté antes que no es posible deshacer su destino, Mauro, usted está condenado a vivir ese rol eternamente, hasta que este mundo termine y todos desaparezcamos. Cada siglo que avancemos, repetirá los patrones de otro del pasado, usted iba a hacer a la humanidad avanzar pero, aunque sus acciones provocarán reacciones en las personas, ese personaje canallesco que le ha tocado interpretar será su avatar irresoluble para siempre. Mauro cerró el libro que sostenía sobre sus piernas, lo dejó sobre la mesa camilla y se levantó pausadamente, cogió su americana del sillón y con ademán de dignidad se la acomodó al cuerpo, al instante, dispuso su mano a unos centímetros del Sr. Papaluc para estrechársela en gesto de despedida. –No sé lo que voy a hacer, Sr. Papaluc –dijo Mauro entristecido-. Me siento un tanto agotado y mi mujer me espera en casa, ha sido bueno venir a verle y ha sido usted muy amable conmigo, no lo olvidaré jamás. Ahora, si me disculpa, me voy a retirar y, si usted lo tiene a bien, me gustaría volver a verle en un par de días, mañana tengo “meeting” y estaré ausente de la ciudad pero, si no es molestia, volveré a verle pasado mañana para continuar charlando del asunto, ¿le parece? Papaluc estrechó la mano del político sin decir nada, ambos lo hicieron con fuerza, con el arrojo de quienes han sentido cercanía y condescendencia a partes iguales. Mauro se marchó y antes de irse miró a Papaluc mientras descendía por las escaleras del decrépito edificio, su mirada encerraba un pánico insólito, era una de esas miradas que una cámara fotográfica no es capaz de captar, como la de un fantasma, en aquel momento, el Sr. Papaluc supo que no se volverían a ver nunca más.

Eran más de las ocho y media de la mañana del día siguiente y Mauro continuaba postrado en la enorme cama de matrimonio de su casa, la habitación se había llenado de una luz tibia que se filtraba por dos ventanales amplios situados a la izquierda del lecho. Estaba convencido de que en pocos minutos su teléfono móvil sonaría, sin embargo, alguien llamó a la puerta del cuarto inesperadamente y, sin aguardar a que Mauro dijera nada, ésta se entreabrió dejando ver a un hombre alto, impecablemente vestido y con problemas para comprender el límite de gomina que el cabello puede soportar sin convertirse en gelatina. –Tu mujer nos llamó esta mañana temprano muy preocupada, Mauro, estamos intranquilos por tu estado –dijo abriendo la puerta del todo, permitiendo que se configuraran tras de sí otras dos personas de mucho menor tamaño e igualmente bien vestidas. Nos ha contado que estás deprimido –continuó- y que, bueno, has estado visitando a un psicólogo sin consultarnos nada. –Supongo que también habréis hablado con él –intervino con sopor Mauro. – ¡Desde luego! –afirmó con enfado el hombre engominado-. Verás Mauro, tienes mucha tarea que hacer y esta mañana salimos hacía un “meeting” muy importante que no puedes saltarte, no es momento de que lo eches todo a perder, ¿me entiendes?, no estás tú solo en esto, todos hemos trabajado en tu candidatura y no la vas a arruinar ahora con tus bobadas psicóticas.

Los tres hombres se pusieron a los pies de la cama de Mauro formando una improvisada barricada. Mauro trató de hablar, pero de nuevo volvió a tomar la palabra el más alto de los tres hombres con una actitud amenazante -Mauro, tú no estás en condiciones de decir nada, ¿comprendes? Ahora mismo vas a levantarte de la cama, vas a darte una ducha y a afrontar tus responsabilidades como político y como ser humano, es algo que vas a hacer por ti pero también por todos nosotros. Mauro no abrió la boca, se deslizó por el borde de la cama con el porte serio y se metió en el baño que se encontraba dentro de la misma habitación, tomó una ducha y se vistió con un elegante traje de color oscuro. El hombre engominado se acercó a él, le colocó la corbata alrededor del cuello de la camisa y comenzó a realizarle delicadamente el nudo. –No sé muy bien quién fuiste tú en otra vida, Mauro, lo que sí tengo claro es que yo fui alguien que no permite que nadie le impida llegar a lo más alto, ¿me has entendido? –le susurró al oído mientras le anudaba la corbata hasta casi cortarle la respiración. Mauro asintió las palabras de su compañero con un movimiento servil de cabeza y resignación. Los cuatro se dirigieron a la puerta principal y salieron de la casa cerrando la puerta tras de sí.

Había empezado a llover y resultaba curioso porque el día había comenzado soleado, aquella lluvia era de lo más incómoda, la gente se refugiaba intranquila en soportales, porterías y bares, esperando a que escampara. Dentro de una pequeña tasca de un barrio, las personas aprovechaban para tomar un refresco o dar un bocado, era cerca de la una de la tarde y daba la sensación de que la asociación de hosteleros de la ciudad hubiera bailado la danza de la lluvia con un enorme sentido de la oportunidad. En el barullo que formaba la parroquia se erigía la voz del presentador de las noticias en la pantalla de un televisor colocado al fondo de la barra. –El que fuera candidato a la presidencia pronunciará unas palabras antes de acceder a tomar posesión y ser investido presidente del gobierno –se abría paso la voz del locutor entre las personas que se agolpaban en la repisa de la diminuta taberna, en tanto la pantalla del tele mostraba a un individuo alto, de porte elegante y el pelo completamente engominado.

– !Madre mía!, ¿otra vez éstos? –exclamó un parroquiano dejando caer una servilleta usada al suelo. – ¿pero quién es el de ahora? –apuntó alguien desde otro punto del mostrador. –No sé, supongo que, al final, acaban siendo todos los mismos –respondió el anciano camarero mientras acomodaba la espuma de la cerveza de un vaso con la espátula. – ¿Qué fue del anterior? –lanzó al aire de nuevo el camarero. – ¿El anterior? –respondió alguien que contaba monedas sueltas sobre la repisa. Aquel tal Mauro, ¿verdad? Pobre demonio, a aquel tipo lo pillaron bien con las manos en la masa, las elecciones que ganó hace ocho o diez años estuvieron llenas de irregularidades, compra de votos, tránsfugas, en fin, lo de siempre. A él le llegaron a llamar “la serpiente del congreso”, al parecer era una persona muy sibilina. Cuando se supo de aquello por la prensa al tipo lo exiliaron en México, ¿no os acordáis? – ¡Si, claro! –respondió una persona que tenía al lado y que había dejado apresuradamente el trago de cerveza que estaba sorbiendo para hablar-. No duró ni un día, ¿verdad? Nada más llegar a México lo atropelló un coche y lo mató. ¿Qué ironía? – ¿Ironía por qué? –intervino el camarero mientras limpiaba el pequeño charco de cerveza que acababa de dejar el cliente. –Pues porque, al parecer, este sujeto había comenzado aparcando coches antes de llenarse los bolsillos en política. El caso es que, antes de que lo eligieran para la presidencia, cuando aún era candidato, se comentaba que había caído en una fuerte depresión, decía que había vivido otras vidas y que era, ¿cómo era aquello?, “ponzoña histórica”, al parecer su partido lo puso recto en seguida para que cumpliera, ya me entendéis. La parroquia comenzó a reír con estrépito. – ¡Este, al menos, lo tenía claro!, !vaya que sí! –Dijo alguien con evidente sorna en el tono, -y continuó reflexionando- el Gobierno o quien fuera debería hacer una Ley que evitara que proliferaran tanto estos desgraciados, ¿no creéis? –Creo que llevamos haciendo este tipo de leyes desde el principio de los tiempos -remarcó iracundo el camarero sosteniendo los dos puños sobre la barra-. Y míranos, aquí seguimos, exactamente igual, no hemos aprendido nada, una y otra vez lo mismo y, encima, después de aquel tipo, el tal Mauro Báñez aquel, entra otro del mismo partido que ya no oculta a nadie que es un una víbora desalmada. Entran, destrozan el país y hacemos cuatro o cinco leyes para corregir los desmanes que no duran ni cincuenta años. Terminan los siglos todos igual, casi hemos aprendido algo y otra vez, llega el mismo tipo a hacer de las suyas, es algo increíble…Entretanto, un señor mayor, de tez enmohecida y ojos claros, que se encontraba sentado en una de las esquinas del bar escuchando a los demás hablar, alzó la mirada hacía ellos y les dijo proféticamente. –Yo solo les puedo decir una cosa, señores… todo esto, lamentablemente, ya se veía venir.

Súbitamente dejó de llover, el camarero cambió el canal para dar paso a los deportes y los parroquianos se fueron marchando poco a poco, dejando el bar solo, vacío…

DÍAS DEL FUTURO-PASADO (PARTE II)

El candidato salió de la consulta del psiquiatra lleno de terror. Su cabeza se infestó de dudas y, por un instante, se sintió muy mareado, recostó su espalda sobre la pared de ladrillo del portal y su rostro palideció, poco a poco se deslizó pausada y pesadamente hasta dejarse caer al suelo. Un millar de ideas disparatadas cruzaron su mente, ¿estaba condenado a vivir la misma suerte que en sus vidas pasadas? Tenía la sensación de que así era y sintió un fuerte vacío en su estómago, aquel pensamiento lo estaba devastando por dentro y necesitaba saber más.

Se recompuso levantándose bruscamente, alisó su americana con las manos y extrajo un pañuelo blanco de ella con el que enjugó el sudor que le caía a borbotones de la frente. Decidió que debía salir de allí a toda prisa pero apenas dio dos pasos huidizos y se giró bruscamente hacia la consulta de nuevo. Entró al portal y subió atropelladamente las escaleras, sujetándose en la barandilla y la pared con ambas manos e impulsándose con desesperación, se encaramó a la puerta del consultorio y tocó con el puño repetidas veces. La puerta se abrió súbitamente al poco tiempo y, al ver la cara del psiquiatra, no pudo contener el impulso de estrangularlo con la mano que había quedado suspendida entre el marco de la puerta y la cara de éste. Le apretó del cuello como movido por un resorte y lo empujó contra un mueble que presidía la entrada, el impacto provocó que algunas figuras de porcelana y un par de marcos con fotografías cayeran al suelo provocando un fuerte estrépito. -¿Qué puedo hacer?, ¿dígame qué es lo que puedo hacer? –Gritó desgañitándose el político. Si he sido todas esas cosas que usted me ha dicho que fui en el pasado, ¡estoy condenado en mi futuro como político!, debo saber qué es lo que me espera, ayúdeme usted, se lo suplico.

Escúcheme –respondió el psiquiatra tratando de zafarse-. ¿Está usted loco? ¿Cómo quiere que yo sepa nada de lo que está hablando?, usted simplemente ha sido inducido a un hipnosis, puede que las cosas que ha dicho aquí esta tarde sean producto de su imaginación, ¿Quién lo sabe?, tranquilícese, estos métodos no son fiables, seguramente yo ya no puedo ayudarle más. – ¿Cómo qué no? – espetó el político volviendo a apretarle el cuello. – puede volver a hipnotizarme y continuar la terapia.

-Caballero, ¡está usted histérico! –Librándose al fin de su estrangulador-. Me será imposible inducirle de nuevo a una hipnosis y, aunque lo consiguiera, está usted tan sugestionado que seguramente imaginará haber sido Sísifo o el mismo Drácula. Le recomiendo que se vaya a casa y descanse, olvídese de esto, no cabe duda de que la terapia ha sido errática, márchese y descanse, vuelva la semana que viene y cambiaremos la terapia para tratar su depresión. Hágame caso.

El político se sintió aún más confundido, los brazos le pesaban, su cerebro había dejado de enviar señales a sus manos, momento que el doctor aprovechó para quitárselo de encima definitivamente y buscar refugio tras una puerta. El político parecía ido, fuera de sí, ya no se encontraba en aquella sala más que su cuerpo. Sus pupilas volvieron a dilatarse cuando el psiquiatra le cogió del hombro con delicadeza e insistió en que se marchara. -Simplemente ha tenido un ataque de histeria  provocado por el estrés de la campaña –le dijo-, le voy a dar un valium y en cuanto llegue a su casa lo tomará y descansará toda la noche. No se preocupe más, y ahora, por favor, váyase.

El doctor le empujó sutilmente hacia la puerta y cerró de golpe dejándole fuera. El político volvió a alisarse la americana, a enjugar su sudor con el pañuelo de su bolsillo y trató de peinarse con los dedos torpemente, descendió las escaleras despacio, casi renqueando y una vez en la calle cerró los ojos y respiró hondo. Aguantó el aire en los pulmones todo lo que pudo, como esperando que la bocanada le renovara el espíritu, comenzó a expulsar el aire y al abrir los ojos observó un bar abierto justo enfrente de él, decidió que necesitaba beber algo fuerte y después se iría a casa a tratar de olvidarse de aquello. Caminó hacia la terraza del bar y comenzó a sentir alivio imaginándose tomando un vermú muy largo mientras fumaba un cigarro a pleno pulmón, llegó a pensar que, realmente, la idea de ir al psiquiatra había sido absurda, -¿depresión? –Pensó- si yo estoy igual de angustiado desde que nací, lo único que tengo que hacer es aceptarlo… aceptarlo y beberme una copa rebosante de vermut. Comenzó a sentirse mejor, seguro de que el trago que iba a tomar era el bálsamo de Fierabrás, dirigió su mano hacia el bolsillo de la chaqueta, sacó de él un cigarrillo de una cajetilla casi entera y se dispuso a encenderlo distraídamente mientras caminaba, decidido, hacia una de las mesas del bar cuando, de pronto, levantó la mirada y vio abalanzarse contra él a una chica, el choque fue aparatoso, volaron vasos con bebida por todas partes que se estrellaron contra su pecho y el suelo sonoramente. La camarera del bar, una chica morena con pelo de “pin up” y de baja estatura, había colisionado con él en un despiste mutuo.

-¡Dios mío!, ¡no!, perdone…lo siento mucho – exclamó ella con evidente preocupación.  –Tranquila, no pasa nada, esto se seca y queda como nuevo –respondió él manteniendo el tipo. -Mi abuelo dice que en una de mis anteriores vidas fui el gólem –dijo ella con humor. El político enterró la leve sonrisa que le había provocado la distracción del momento sobre un nuevo centenar de dudas, la miró mientras recordaba la sesión de hipnosis y volvía a él la angustia infinita que le había desolado tanto hacía apenas diez minutos. -¿El gólem?,¿fuiste el gólem en otra vida?, ¿cómo sabes eso? –le dijo sosteniéndole la bandeja con las bebidas derramadas.

La chica esbozó una sonrisa, acabó de recoger los cascos de las botellas del suelo y le habló mirándole a los ojos. –Mi abuelo lo sabe todo, es una persona increíble. De joven viajó a algún lugar de la India, hace tantos años que debería ser el hombre más viejo del Mundo. Cuando regresó de allí contaba cosas muy extrañas sobre que las personas nos repetimos a lo largo de la historia por algún tipo de fallo en la naturaleza, no sé, supongo que en aquel lugar terminó un poco loco, a mi no me importa, para mi es alguien muy especial.

El político cogió la bandeja con las bebidas y la dejó, delicadamente, sobre una mesa, se volvió hacia la chica y la apartó un poco del lugar para poder hablarle reservadamente. – Escúchame –dijo empleando su oratoria más convincente-. Es muy importante que hable con tu abuelo. Mi nombre es Mauro Báñez, me habrás visto por la tele, soy… -¡El candidato a la presidencia! –interrumpió la chica con una amplia sonrisa. –Exacto – confirmó el político-. ¿Podrías darme su dirección o su número de teléfono?, se trata de algo importante. -¡Claro! –contesto melodiosamente ella. Le va a encantar que le pregunte, mi abuelo habla todo el tiempo y, como le digo, lo sabe todo. Sáquelo por la tele, le vendrá genial, está un poco solo desde que mi abuela nos dejó hace dos años.

La chica escribió la dirección en la libreta de las comandas, arrancó la hoja y gesticulo elocuentemente la mejor forma de llegar al lugar desde el bar. Mauro cogió el trozo de papel y lo guardó en su americana, aún empapada en refrescos, se despidieron y emprendió apresuradamente el camino a casa del anciano.

Las luminosas avenidas dieron paso a pequeños cruces y estas a calles más sinuosas y a aceras más incómodas. Papaluc, como conocían al abuelo de la camarera familiarmente, vivía en un barrio oscuro, en una casa de tres alturas desvencijada; la clásica residencia que uno echa de menos cuando es demolida para construir aún más espantosos apartamentos para familias de clase media-baja. Las ventanas se encontraban cerradas y el portal carecía de telefonillo. Mauro aporreó la puerta durante minutos sin recibir respuesta de sus habitantes, por el aspecto, en aquella residencia, hacía años que lo único que moraba eran cartas sin abrir de bancos ya extintos y publicidad de restaurantes chinos. Al cabo de veinte minutos, Mauro, se sintió desesperar, se sentó en el portal y sacó un cigarrillo del bolsillo de su americana, fue a encenderlo cuando oteó a una señora muy mayor cruzar la calle con un carro de la compra que hacía juego con su batín de color púrpura. Pensó que fumar debía ser parecido a encenderle una vela a algún santo itinerante porque ya había provocado dos milagros aquella tarde. La señora se dirigió al portal y extrajo un ovillo de llaves que sonaba como una tragaperras vomitando monedas. La señora cruzó su mirada unos instantes con Mauro y volvió a tratar de recordar cual de las seis mil llaves que forjaban el manojo era la que abría. Mauro apagó el cigarrillo con el pie y se dispuso a levantarse para ayudarla, caballerosamente, cuando la señora se dirigió a él. – ¡Le parecerá bonito apagar ese cigarrillo en mi portal, ¿verdad? –Dijo con una voz que parecía ser marca registrada en las personas de edad-. ¡No me gusta usted nada, Mauro!, ¡es usted un corrupto y un cantamañanas!, podrá engañar a los demás pero a mí no me engaña, usted está donde está por ser un astuto embustero, un intrigante y un malintencionado. Señora –respondió él haciendo uso de una voz que parecía ser marca registrada de los políticos-. Estoy en su portal porque he venido a visitar a un amigo mío, al Sr. Papaluc. -¡Ese! –Se giró la señora con la autoridad que le daban cien años sobre el mundo- Ese es otro charlatán y otro cantamañanas, ¡como usted! Si quiere que le deje subir va a tener que recoger esa colilla inmediatamente y no espere que le vote en las próximas elecciones, ¿me entiende? Terminada la amenaza, la vieja aguardó a que el político cogiera el cigarrillo aún humeante del suelo, sacara su elegante pañuelo de seda del bolsillo y lo envolviera en él, con perversa galantería, para volver a guardárselo en el bolsillo de su chaqueta. Conforme con la situación y con gesto de victoria, la señora abrió la puerta tras un forcejeo apoteósico, ambos entraron en el recibidor de la finca y Mauro se encaramo primero en la escalera para subir al tercer y último piso, donde se encontraba la residencia del Sr. Papaluc, no sin antes escuchar a la vieja gruñirle un muy audible e inevitable, “grosero”, desde la puerta del recibidor.

Se plantó delante de la puerta de madera descolorida y tocó aguerridamente durante un minuto, aguardó un par más tratando de esconder las manchas de líquido que aún adornaban su chaqueta cuando una voz ronca emergió de dentro de la casa -¿Quién es? –Sr. Papaluc, me llamo Mauro, soy un amigo de su nieta, ella me dio su dirección, necesito hablar con usted a cerca de su viaje a la India, a cerca de la reencarnación, por favor, abra la puerta, le aseguro que es urgente. Se hizo un silencio en el rellano, solo interrumpido por el sonido inquietante del manojo de llaves de la señora del portal tratando de acceder a su vivienda. La enorme mirilla circular que presidía la puerta se abrió violentamente, mostrando la cara de un señor de ojos claros de mucha edad. -¿Mi viaje a la India?, ¿la reencarnación? –dijo aquel rostro enmohecido-. Es usted el político de la tele, ¿no?, no será esto una guasa para su campaña, mire que yo hace años que no voto y no tengo ganas de que me lleven a Benidorm, ya lo he hecho todo en la vida. –Caballero –respondió Mauro-. Creo que soy la reencarnación de alguna persona nociva y seguramente sea el presidente dentro de pocos meses. La mirilla volvió a cerrarse con la misma violencia con la que se había abierto, a lo que siguió el sonido de un centenar de pestillos que le recordaron a una traca que culminaron en la figura del Sr. Papaluc con el rostro serio y abalanzándose sobre él para meterlo en la casa apresuradamente.

El pasillo era angosto y tosco, lo adornaban algunos cuadros sin valor pictórico, el Sr. Papaluc guíó a Mauro hasta un salón mínimo con dos butacas de apariencia cómoda y una mesa camilla que, a todas luces, ocultaba un peligroso brasero en su interior. Ambos tomaron asiento y Papaluc tuvo la deferencia de encender una lámpara que iluminó la estancia lo suficiente como para sentir un grado de calidez pretérito. Mauro se explicó, lo hizo con ánimo, paso a paso, cada detalle que su psiquiatra le había dado de su sesión de hipnotismo aquella misma tarde, entrelazó su relato con los “flashes” de memoria que consiguía recordar; la dilgencia, verse atado a un caballo, la bastilla, la guillotina, los barracones sucios y los oficiales nazis… el Sr. Papaluc sirvió dos copas de licor vertidas de una botella opaca, su pulso temblaba tanto que derramó parte del líquido sobre el tapete descolorido de la mesa camilla, trató de llenar aún más las copas mientras Mauro relataba el casual encuentro con su nieta en el bar y le escuchaba desahogarse diciendo que, tal vez, todo sea producto de una depresión que arrastraba durante años aunque tenía la sensación de que nada era casual en todo el asunto. –Seguramente piense usted que estoy loco pero, cuando su nieta me habló de que usted le dijo que en otra vida había sido un gólem, pensé que no perdía nada en venir a contarle esto después del terrible día que he tenido –dijo esto pensando que el anciano no había escuchado nada de lo que le había dicho y sintiendo cierto alivio por haberlo podido contar a alguien anónimo que no desvirtuaría su carrera política.

Pasaron unos minutos hasta que el Sr. Papaluc miró, por fin, a la cara a Mauro -verá usted –dijo llevándose el trago a la boca-. Esto que le voy a contar puede ser absolutamente falso o incluso puede no ser más que una patraña de corrillo pero, estando en la India en los años ´40, conocí a una persona que me afectó como nadie en toda mi vida. Se le conocía como “el loco”. Aquella persona no hubiera tenido ningún valor de no haber sido porque, durante 20 años, vaticinó los destinos de un gran número de personas, siendo yo testigo de sus sorprendentes predicciones. Para aquel hombre, el planeta Tierra no era más que una especie de embrión primigenio, algo así como un mundo fallido sin desarrollar completamente y los seres humanos somos el producto de ese error esencial. Sostenía que existen múltiples dimensiones, otras dimensiones donde la evolución no se ha estancado como en este, donde no existen las guerras, donde nuestras capacidades son completas y donde se ha desarrollado naturalmente la vida. Esta dimensión que habitamos, en cambio, fue la primera, un defecto… una prueba, un borrador de las demás. En esta dimensión nos vemos condenados, por un fallo de la naturaleza, a reiterar constantemente los mismos patrones, como un disco viejo que se raya y repite constantemente la misma frase una y otra vez. No es posible enmendar ya ese fallo y hemos sido relegados a una fase primitiva del progreso a un devenir incesante de la misma fase de la evolución humana.

Mauro ni siquiera probó el licor, sus manos estaban inertes sobre sus piernas y había dejado de prestarle atención a sus pensamientos. -No entiendo qué sentido tiene que yo haya sido una persona infame en el pasado y lo siga siendo eternamente, ¿qué sentido tiene eso? –dijo con incredulidad. Ese es el sentido, caballero –apostilló el anciano-. La naturaleza basa su evolución en arquetipos, tipos de personas que realizarán cosas concretas en un momento de su vida para que, el resto, hilvane la evolución de la conciencia, las sociedades, la filosofía, el sentido de la vida… el problema es que la naturaleza falla en ese punto, no consigue pasar de esa fase, es como si la evolución del Hombre se estuviera atornillando en una rosca con los hilos limados en un punto, y el devenir es, por tanto, una y otra vez el mismo, repitiéndose los mismos patrones evolutivos una y otra vez. Usted debió ser un villano solo una vez en la historia, ese era su rol, su cometido original que informaría su gen con los parámetros necesarios para que las generaciones futuras almacenaran ese legado como algo con lo que desarrollaría la perfección pero, usted, lo está siendo infinitamente, en diferentes lugares y en diferentes cuerpos pero siempre será el mismo tipo de persona una y otra vez. Para usted estaba prevista una evolución, su paso por la villanía, por lo nocivo, solo se debería haber dado en una ocasión y después de esa fase tendría que haber desarrollado su genética, su consciencia universal, debiera haber aprendido naturalmente de ello. Esta información se almacena en nuestros genes pero –tragó lo que quedaba de licor- ese punto de evolución no funciona en nuestro mundo, somos el producto de un error de la naturaleza y estamos condenados a una extinción segura, sin remisión, porque el planeta no está preparado para sostenernos de este modo eternamente. Ya debiéramos haber superado varias fases, nuestros genes debieran contener ya el desprecio a la guerra, a la muerte, a la humillación, al rencor, al odio y, sin embargo, lo siguen reproduciendo en las diferentes fases de la historia exactamente igual.

Mauro  quedó desolado, no sabía qué responder, se sentía débil y cansado. Aquello estaba siendo demasiado para un día, sintió ganas de saltar por la ventana, si ésta hubiera estado abierta, pensó que ya había tenido suficiente y que debía marcharse de allí en seguida. Debieran de ser las ocho o las nueve de la noche, su mujer y sus hijos le esperaban, pensó que si aquella noche dormía, al día siguiente todo le daría igual, continuaría con la campaña política, viajaría al siguiente “meeting”, iría a cenar con su equipo, ¿qué más daba?, había llegado alto, no tenía que buscar ninguna explicación a nada, solo vivir su vida y dejarlo estar. Se levantó del sillón y se dirigió hacia la puerta con desaire. El Sr. Papaluc lo detuvo justo en el umbral del salón. –Comprendo que usted piense ahora que el loco soy yo pero, antes de irse permítame decirle una cosa más, “el loco” tenía un método con el que descifraba los destinos de las personas. Empleaba técnicas de hipnosis pero cuando fallaban debido a la sugestión, empleaba un pequeño truco, tal vez quiera conocerlo, después, márchese y haga lo que le parezca mejor porque, si hay algo cierto en toda esta historia es que ni usted ni yo vamos a cambiar nuestros destinos.

Continuaron por el reducido pasillo hasta llegar a un trastero, el viejo abrió la puerta y del desorden que había en su interior extrajo un libro, era un viejo libro de historia, uno normal y corriente, nada de piel humana, de viejos pergaminos o de manuscritos incunables. – Por lo que usted me ha comentado antes –recalcó el Sr. Papaluc-. Ha vivido tres reencarnaciones, una en el siglo XX, la más reciente, otra en el s.XIX y la última en el XVIII. Seguirá viviendo reencarnaciones hacia atrás en la historia debido al fallo del que le hablaba antes y siempre con el mismo rol. Su siguiente vida será la de un personaje nefasto del siglo XVII. Está usted asumiendo un arquetipo basado en la ponzoña histórica, un personaje que, en condiciones normales, hubiera hecho evolucionar la genética de las personas hace ya muchos siglos pero que está usted condenado a seguir repitiendo siglo a siglo hasta el principio de los tiempos. Dado que es usted un político español en la actualidad, deberá repasar la historia del siglo XVII de este país para saber qué persona fue usted en aquella época, de este modo conocerá el destino que le espera.

DÍAS DEL FUTURO-PASADO

-Túmbese sobre el diván –dijo el psiquiatra con suavidad. Siéntase cómodo y respire hondo. Ahora mire el péndulo y relájese…tiene sueño…mucho sueño, pronto estará profundamente dormido. En este momento voy a contar del uno al cinco y al llegar a este número, usted, me dirá lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. Dígame, ¿dónde se encuentra?

-Estoy en el Oeste americano, viajo en una diligencia. – Respondió calmo el paciente. Me dirijo al Sur, a algún lugar de Texas.

-Vaya, ¿es usted un pistolero o algo así? –dijo con cierto tono de sorpresa el psiquiatra.

-No, en la lona de mi caravana hay un cartel.

-¿Y qué hay escrito en él?

PROFESOR MORGAN Y SU CRECEPELOS INFALIBLE.

-Bueno, parece que es usted un famoso empresario, ¿verdad? –Reafirmó el tono de asombro el doctor.

– Llevo el carruaje lleno de frascos que no dejan de tintinear, visto elegantemente, luzco un tupido bigote, gafas redondas, bombín y hablo con divertido acento inglés.

-¿Y qué más sucede?

-Alguien protesta frente a la diligencia, equivoqué la ruta, creo que ya había pasado por aquí antes. La gente del pueblo me reconoce y me increpa violentamente.

-¿Y bien?

-Me han subido a un caballo, atado y amordazado. Alguien va a disparar un arma…el caballo galopará hacia las profundidades del desierto donde moriré de hambre y de sed, ¡NECESITO AYUDA! –Respondió inquieto el paciente.

-Está bien –hizo una pausa el doctor. Quiero que ahora se relaje, respire hondo y comience a sentirse descansado de nuevo. Voy a volver a contar hasta cinco, entonces, me volverá a decir usted lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. Adelante, ¿dónde está ahora?

-Estoy en la selva – Comenzó de nuevo el paciente ya más aliviado.

-¿Sabría decir dónde? – El psiquiatra se acomodó en su sillón de piel de color negro y contempló con interés al paciente.

-No lo sé. Llevo una elegante casaca, voy maquillado y uso una imponente peluca de tirabuzones. Camino por una calle de piedra ayudandome ligeramente de un bastón.

-¿Parece que sea usted un terrateniente, no es cierto?

– Lo soy, sí. Estoy hablando en francés con un grupo de gente, pero algo va mal –dijo con estrépito y estremeciéndose sobre el diván.

-¿Qué va mal? Explíquese –contestó el psiquiatra inclinándose desde su confortable butaca de piel.

-Me zarandean, rasgan mis vestiduras y me llevan cogido a pulso entre varios hombres.

-¿Dónde le llevan?

-“!La bastille, la bastille!”, no dejan de gritar esas palabras, van a cortarme la cabeza y a exhibirla ante una masa ingente de personas hacinadas bajo una enorme guillotina. Hay otros como yo a los que también están ajusticiando y sangre por todas partes. El verdugo va a dejar caer la cuchilla, ¡AYUDA, POR FAVOR!

El psiquiatra secó el sudor que emanaba de la frente de su paciente, lo recostó de nuevo sobre el diván y le susurró al oído en un tono sutil:

-De acuerdo, relájese, descanse…todo va bien…

– Ahora quiero que respire hondo -continuó. Voy a volver a contar hasta cinco, cuando llegue a ese número, me dirá, una vez más, lo que ve. Uno, dos, tres, cuatro…CINCO. ¿Dígame lo que ve ahora?

-Estoy en un barracón muy sucio y oscuro, hay gente malnutrida tumbada en camastros, hace frío, llevo un traje de rayas y soy el único que calza zapatos.

-¿Qué más ve? –Dijo el doctor volviéndose a acomodar sobre su sillón.

-Estoy hablando alemán, llevo una “Cruz de David” tejida en el pecho de mi chaqueta. Hay oficiales nazis hablando conmigo, uno me entrega un paquete de cigarrillos y me ahueca  la mejilla cariñosamente. Soy “Kappo” en el campo de concentración de Dachau en la Alemania nazi de 1945, lo veo en un calendario que hay sobre un escritorio.

-De acuerdo –volvió a inclinarse el doctor. Ahora, ¿qué más ve?

-La guerra ha terminado, no quedan oficiales en el campo, las verjas están abiertas, trato de escapar.

-¿Lo consigue?

-¡No!, he sido detenido por un puñado de judíos de mi barracón. Me gritan.

-¿Qué es lo que le están gritando? –Se interesó vehementemente el psiquiatra.

– “Verräter”, “Schnecke verräter”. Eso me dicen. Tengo miedo. –Respondió con la voz temblorosa el paciente.

-“Gusano traidor” –musitó el doctor inclinándose sobre el diván.

-Uno de ellos me está estrangulando…me escupe a la cara mientras me dice que le mire a los ojos…!no puedo respirar, AYUDA, POR FAVOR!

El psiquiatra enjugó de nuevo el sudor de su cliente, lo recostó sobre el diván y se aseguró de que se calmara.

-Muy bien –dijo reclinándose sobre el sillón una vez más. Ahora quiero que se relaje y respire hondo. Contaré hasta cinco por última vez y despertará, cuando lo haga, no recordará nada de lo sucedido y se sentirá tranquilo y descansado. Una, dos, tres, cuatro…CINCO. ¡Despierte!.

-¿Cómo se siente? –Dijo el psiquiatra apoyando sus manos sobre la libreta donde había estado anotando la sesión.

-Como si me hubieran violado o dado una paliza. ¡Virgen Santa! ¿Qué me ha hecho usted? –Respondió el paciente con el rostro apergaminado.

-Le he inducido a la hipnosis. Me ha contado quién fue en sus vidas pasadas.

-¡Wow! Eso es fascinante, doctor ¿y quién fui en el pasado? –Se interesó el paciente.

-Caballero –respondió severamente el psiquiatra. Eso no importa ahora. !Lo importante es quién va a ser usted en el futuro!

-¿A qué se refiere, doctor?, ¿está hablando de las próximas elecciones generales?, ¿acaso hay algo que deba saber sobre mi candidatura?

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