LA MALDICIÓN DEL FARAÓN DEL ROCK AND ROLL

La importancia de Jimi Hendrix trasciende a lo insólito. No solamente por su enormidad guitarrística y compositiva o por representar a aquel misterioso club de los ´27 (cuyo miembro fundador, Robert Johnson, fue, además, su valedor musical) El milagro de Hendrix, como ya cantara su amigo Kevin Ayers, comenzó como una bendición pero terminó en maldición. Su vida, errática y azarosa, está plagada de señales, al igual que sus canciones, y esas señales son hoy tan interpretables como las profecías de un faraón que, a su muerte, execra a quienes osan perturbar su descanso.

Hendrix nació un premonitorio 27 de Noviembre de 1942 en Seattle, como si el dato de su muerte estuviera sutilmente incluido en el de su nacimiento, y algo debió intuir de aquello porque se pasó los dos últimos años de su vida cantando “Hear my train a-comin´” (oigo que llega mi tren) Una canción que solo interpretó en directo como su propia “danse macabre”.

Su talento se desarrolló con los ingredientes que conforman el cocktel del que beben los genios: Trauma infantil por la separación de sus padres, incomprensión, deficiente expediente académico para la música y fuerte obsesión autodidacta por expresarse a través de un instrumento musical.

Explicar su monumental torrente creativo, desde una perspectiva sociológica, se me antoja excesivamente simplista, es por esto que recurriré a las pseudociéncias, que van más con el papel alienígena que muchos le atribuían, y con el halo enigmático que impregna toda su historia.

Desde el punto de vista astrológico, “The Jimi Hendrix Experience”, es la banda perfecta: Un signo de fuego lideraba el trio (Hendrix era Sagitario). Uno de agua, Mitch Mitchell (que era Cáncer) plantaba cara al incendio provocado por el signo dominante y, finalmente, otro de tierra, Noel Redding (Capricornio) pintaba el escenario perfecto donde se producirían las hostilidades. La mezcla de estos elementos, unido a sus talentos naturales, dio un vigor transgresivo, telepático e irrepetible a la banda. Lamentablemente,  estas combinaciones son tan atómicas como breves, y la formación no duró mucho. Tras la escapada de Mitch y Noel, Hendrix, introdujo a Buddy Miles, baterísta y Virgo, junto a Billy Cox, bajista y Libra, manteniendo un signo de tierra al bajo pero sustituyendo agua por aire en la batería, consiguiendo, de este modo, aplacar el salvaje enfrentamiento entre fuego y agua en post de desarrollos más largos pero menos iracundos, resultas de una llama mecida por el viento.

La combinación de los elementos, y algo de fantasía, marcan una guía relacional curiosa en lo artístico. Un pequeño mapa de improntas personales al que jugar para evitar ser excesivamente cerebrales y, por ende, aburridos. El ámbito musical es diferente al resto de artes debido a que los músicos se comunican entre ellos a través de sus instrumentos, y estos emplean un lenguaje emocional indeterminado cuyo canalizador es el alma, de la cual, a día de hoy, tan solo conocemos que pesa unos 21 gramos y que es eterna.

Volviendo a Hendrix. El maestro tan solo pudo terminar cuatro álbumes con material inédito antes de ser hallado muerto en Londres. Una muerte envuelta en la más extrañas circunstancias (y aun no esclarecida), que suscita una gran pregunta: ¿Qué pasó tras la desaparición de este monumental mito? cuya respuesta es que, tristemente, el Mundo quedó huérfano del mejor guitarrista del s.XX, dejando aun más desamparados a  sus propios músicos. Aquí comienza la oscura leyenda, y la maldición, del faraón del rock and roll, comenzando por su mánager y posible asesino, Michael Jeffrey, que moría en accidente de avión en 1973 dejando, aparentemente, manuscrita la confesión del presunto crimen.

En cuanto a aquellos músicos que trataron de emularle y profanar su legado, cada uno de ellos sufrió una implacable maldición que los redujo al olvido: Arthur Lee (Love), Randy California (Spirit) o Robin Trower. Pero los que, además, se arriesgaron a replicar su repertorio, corrieron peor suerte como fue el caso del malogrado Steve Ray Vaughan, del que solo se recuperó su inseparable sombrero tras un inquietante accidente de helicóptero en 1990. Sin embargo, la peor parte de todas se la llevaron los músicos de su propia banda.

Mitch Mitchel, que estaba llamado a ser el mejor batería de los años ´70, se difuminaba en una desacertada superbanda de corte hard rock (Ramatam, 1972) participando, tan solo, en su primer disco y siendo víctima de una sonrojante producción a cargo de Tom Dowd (Allman Brothers, Dereck & Dominoes) que parecía no apreciar demasiado al baterista. Tras aquella aventura jamás volvió a participar en ningún proyecto reseñable hasta 2008, año en que muere por complicaciones relacionadas con su adicción al alcohol.

Noel Redding, el díscolo bajista que le coló al genio de Seattle un par de sus anodinas composiciones, abandonó la Experience en 1969 por desavenencias con el líder para dedicarse a dar tumbos por el mundo moviéndose entre folk rutilante (Fat Matress), el proto heavy metal sencillote (Kapt Kopter, Road) o el AOR interesado (Noel Redding Band) hasta su retiro en 1976, eso sí, rodeado de ilustres colaboradores como Randy California (Spirit) o Eric Bell (Thin Lizzy) a los que no supo sacar mucho brillo.

Tanto Redding como Mitchell se vieron obligados a renunciar a los royalties que percibían por las grabaciones realizadas con Jimi Hendrix y, para 1974, ambos se vieron en la necesidad de vender el icónico instrumental de sus días de gloria con la Experience para poder pagarse la hipoteca. Redding murió de cirrosis en 2003, tras un decadente epílogo de estrella arruinada, ofreciendo un triste final para el mágico combo blanco del mago negro.

Por otro lado, la combinación negra de la segunda época de Hendrix, The Band of Gypsies, corrió algo más de suerte, tal vez, por haber paladeado en menor medida el escaso tiempo de vida del maestro que, por otro lado, fue el suficiente como para dejarlos abyectos por el resto de sus vidas.

Billy Cox, su bajista durante apenas un año, publicó un peculiar disco de funk cósmico en 1971, (que hubiera sido una obra notable de no ser porque parece grabado dentro de un armario) y tras aquello se dedicó a homenajear al jefe y a vivir de su leyenda. Actualmente es el único que sobrevive.

Por su parte, Buddy Miles, (batería, compositor y cantante), ya había comenzado una exitosa carrera con Electrtic Flag antes de enrolarse con Jimi Hendrix, y tras el deceso de éste, aun lanzó uno de los discos más redondos de la década (Them Changes) colaborando, incluso, con Carlos Santana en un fabuloso disco en directo. No obstante, y debido a un desaforado consumo de drogas, su popularidad cayó en picado durante las décadas siguientes y, quedando relegado a un circuito de bares, terminó también exprimiendo la teta de la nostalgia hasta su muerte en 2008.

La única explicación a la continuada maldición del faraón negro de la guitarra eléctrica se encuentra en la cepa original, en el primer maldito de todos: Robert Johnson (El guitarrista que vendió su alma al diablo en el cruce de caminos a cambio de su insuperable técnica) Al tratar de emularlo, Hendrix, contrajo su marca, y así sucesivamente todos los que quisieron reemplazarle.

Sus músicos y sus enormes riquezas, como sucede con la corte de los grandes monarcas, fueron enterrados junto a él, quedando todo su legado maldito por siempre, execrando a quien tratase de descifrar el jeroglífico musical que la deidad de la guitarra nos concedió a los mortales, mientras, hay quien dice que Hendirx, junto a toda su comitiva, nos observan, con altivez, desde la ciudad eléctrica de las mujeres, situada en algún lugar del universo, e incluso, hay quien opina que en los días en los que el cielo relampaguea con inusitada fuerza, el faraón, nos recuerda que también los dioses hacen el amor…

imag4es

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Cocco
    Jun 26, 2015 @ 14:55:48

    Bonito final…

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